viernes, 8 de octubre de 2010

EL PENSAMIENTO MARTIANO EN EL BLOG TrincheraCubana.net

José Martí: cima del pensamiento político cubano

Tomado de alpha66.org

Por Gerardo Mart
www.desdecuba.com 

Durante la etapa colonial el pensamiento político cubano evolucionó desde los reclamos enarbolados por Félix de Arrate a mediados del siglo XVIII, hasta la idea de la república moderna de José Martí. Los que le precedieron al apóstol, con excepción del padre Varela, protagonizaron una constante lucha por libertades políticas, económicas y culturales con el fin de lograr, bien la equiparación entre peninsulares y criollos, bien la condición de provincia española, bien la autonomía; pero casi siempre desde y para la clase social que representaban, y siempre también, en detrimento del resto de las clases y sectores que coexistían en la Isla.

Si las naciones emergen de complejos procesos de acercamiento social, cultural y económico, mediante los cuales, comunidades de orígenes diferentes van adquiriendo conciencia de pertenencia e identidad común, era lógico que tan contradictorio esfuerzo en la Isla –igualdad con los de arriba y desigualdades hacia los de abajo– no podía conducir sino a una historia de violencia. Una de las más evidentes pruebas de esa contradicción la escenificó una figura tan brillante como José Antonio Saco, quien, imbuido de las ideas de la modernidad, elevó el concepto de patria desde el territorio limitado de las primeras villas hasta el de patria-nación; pero en su concepción, los oriundos de África, que en aquel momento constituían aproximadamente la mitad de la población, no formaban parte de esa patria. Así lo expresó en una oportunidad: “La nacionalidad cubana de que yo hablé, y de la única que debe ocuparse todo hombre sensato, es la formada por la raza blanca”.

La exclusión no se limitó a los originarios de África, que ocupaban el último lugar de una pirámide descendiente que iba desde diferencias entre los propios hacendados, pasando por la clase media, los campesinos blancos, los artesanos, y los colonos chinos. Una diferenciación social que recibió el primer fuerte impacto con la Guerra de 1868 donde, a pesar de las diferencias coincidieron en un propósito común, desde los negros esclavos con su agenda abolicionista hasta los blancos hacendados con su agenda independentista en busca de la libertad, unida a los derechos y a la igualdad de participación en los asuntos nacionales. Una guerra que sacudió pero que no pudo eliminar las raíces de la exclusión y la injusticia.

José Julián Martí Pérez, político, historiador, literato, orador, periodista, maestro, el más informado de su época, retomó ese largo e inconcluso proceso de conformación de la nación cubana para conducirla hasta una república moderna, camino que comenzaba por lograr la independencia de España; un complejo y trascendental reto al que lo sometió la historia, y que él aceptó.

La personalidad

Hijo de padre militar y de madre de limitada instrucción, el encuentro con don Rafael Mendive, director de la Escuela de Varones de La Habana, les propició un mutuo conocimiento. El profesor tuvo el elevado mérito de descubrir el talento de quien devendría figura cimera de la política en Cuba y de esculpir un hombre con mayúscula. Por su parte, Martí entró en contacto con lo más valioso del torrente de ideas políticas y culturales que se habían conformado en la colonia desde su surgimiento. Desde allí, comenzó una incansable obra que quedó trunca con su caída en combate.

Para comprender su accionar hay al menos dos elementos que no pueden dejarse de lado: Primero el amor como virtud, que era para Martí “la única ley de la autoridad”, sentir que expresó así: “en la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que reciba cada mejilla de hombre”. Esa virtud, devenida fuerza magnética nos recuerda las palabras de San Pablo: el amor: todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta, y que Martí definió así: “En mí, el amor a la patria sólo tiene un límite; y es el temor de que imagine nadie que por mi interés me valgo de ella, ni siquiera por el interés de ganar fama…”; convicción que le permitió proclamar una guerra sin odios para no levantar barreras infranqueables en la conformación de la unidad nacional. Segundo, su pensamiento, esencialmente intuitivo, cuyo propósito, según Jorge Mañach, fue siempre definir. Sus ideas, que “no se nos dan nunca sustanciadas o razonadas, sino sólo declaradas con vehemente certidumbre” y para confirmarlo cita a Martí: “Hay ideas que yo elaboro, y compagino, y urdo, y acabo, y son las más pobres de las que pasan como mías. Otras vienen hechas, acabadas de suyo, sin intervención alguna de mi mente, y se salen sin mi permiso, sin preparación y sin anuncio, de mis labios”. Ideas sopesadas que Mañach denominó “armonismo martiano”.

Una simbiosis de amor, intuición, pasión, magnetismo, armonía y profundidad sin la cual era imposible enfrentar, en las condiciones de Cuba, la obra de organizar una guerra, “fatalmente necesaria” como él la calificaba, para desde ella, arribar a una sociedad de paz, armonía y justicia.

La República

Desde esa formación, esencialmente humanista, Martí proyecta la fundación de la república, que en su ideario es forma y estación de destino, a diferencia de la guerra y del partido, concebidos como eslabones mediadores para arribar a ella. Así, la república, que había tenido su primera manifestación en Guáimaro, asume en Martí su más alta definición: alma democrática de la nación.

Para Martí, el concepto de patria, que Saco había elevado hasta la patria-nación, era: “comunidad de intereses, unidad de tradiciones, unidad de fines, dulcísima y consoladora de amores y esperanzas”; mientras el de república, contenido en sus discursos, cartas y documentos, era: estado de igualdad de derecho de todo el que haya nacido en Cuba; espacio de libertad para la expresión del pensamiento; de muchos pequeños propietarios; de justicia social, que implicaba el amor y el perdón mutuo de una y otra raza, edificada sin mano ajena ni tiranía, para que cada cubano sea hombre político enteramente libre. Definiciones que remata con ese ideal devenido puro formalismo: yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre.

La política

A partir de esos conceptos Martí establece una relación genética y lógica entre partido, independencia y república. En un estudio crítico acerca de los errores de la Guerra Grande, realizado en 1880, se pregunta: ¿Qué pasó? ¿Qué está pasando?, de cuyo análisis resulta un sistema de principios que se pueden sintetizar así: el papel de la política y su carácter democrático y participativo; la revolución como forma de la evolución; la necesidad de tener en cuenta todos los componentes en el análisis; la unión de los diversos factores; y el tiempo en la política, es decir, hacer en cada momento lo que en cada momento es necesario. En ese estudio político están los cimientos de la teoría de la revolución, que incluye la guerra necesaria y el papel del partido como institución organizadora. Para demostrar lo antes dicho basta con citar la lectura realizada en Nueva York el 24 de enero de 1880:

“Debe hacerse en cada momento, lo que en cada momento es necesario. No debe perderse el tiempo en intentar lo que hay fundamento harto para creer que no ha de ser logrado… Aplazar no es nunca decidir, –sobre todo cuando ya, ni palpitantes memorias, ni laboriosos rencores, ni materiales y cercanas catástrofes, permiten nuevo plazo. Adivinar es un deber de los que pretenden dirigir. Para ir delante de los demás se necesita ver más que ellos”. “Los que intentan resolver un problema, –no pueden prescindir de ninguno de sus datos. Ni es posible dar solución a la honda revuelta de un país en que se mueven diversos factores, sin ponerlos de acuerdo de antemano, o hallar un resultado que concuerde con la aspiración y utilidad del mayor número”.

El Partido

El análisis de los errores en la guerra pasada y el conocimiento de la política y de los partidos, en España y América, lo conducen en los 12 años transcurridos entre 1880 y 1892, a fundar un partido como institución organizadora, controladora y creadora de una conciencia encaminada a sustituir la espontaneidad y la inmediatez. Idea que expresó a Gómez en 1882: “…sólo aspiro a que formando un cuerpo visible y apretado aparezcan unidas por un mismo deseo grave y juicioso de dar a Cuba libertad verdadera y durable, todos aquellos abnegados y fuertes, capaces de reprimir su impaciencia en tanto que no tenga modo de remediar en Cuba con una victoria probable los males de una guerra rápida, unánime y grandiosa”. Y cinco años después, ante la proximidad de la guerra, le dice nuevamente a Gómez: se carece de “un plan que lo una y un programa político que lo tranquilice”

En las Resoluciones de noviembre de 1891, consideradas como el prólogo a las Bases del PRC, plantea que la organización revolucionaria no ha de trabajar por el predominio, actual o venidero, de clase alguna; sino por la agrupación, conforme métodos democráticos, de todas las fuerzas vivas de la patria; por la hermandad y acción común de los cubanos residentes en el extranjero; y por la creación de una república justa y abierta…para el bien de todos.” 1

Para la fundación del partido, Martí se apoyó en los clubes que se habían formado durante la Guerra de los Diez Años, pero a diferencia de estas asociaciones primarias, el partido contaba con funciones económicas, educacionales y financieras, además de una estructura militar secreta y una red entre toda la oficialidad para elegir a su jefe. Aquí Martí tenía muy presente el recuerdo del Plan de 1884, donde Gómez lo disponía todo sin otra consulta que la de Maceo, por ello, ahora, en el partido y en la guerra tenían que ir los gérmenes de la futura república democrática.

La Guerra

Por su formación y su conducta, Martí fue siempre un enemigo declarado del empleo de la violencia. En mayo de 1883 en el artículo Karl Marx ha muerto, a la vez que reconoce los méritos del fundador del marxismo, señala lo que considera sus limitaciones: “… Karl Marx estudió los modos de asentar al mundo sobre nuevas bases, y despertó los dormidos, y les enseñó el modo de echar a tierra los puntales rotos. Pero anduvo de prisa, y un tanto a la sombra, sin ver que no nacen viables, ni de seno de pueblo en la historia, ni de seno de la mujer en el hogar, los hijos que no han tenido gestación natural y laboriosa… Suenan músicas; resuenan coros, pero se nota que no son los de la paz”.

Luego, en 1892 expresó: “Y no es el caso preguntarse si la guerra es apetecible o no, puesto que ninguna alma piadosa la puede apetecer, sino ordenarla de modo que con ella venga la paz republicana, y después de ella no sean justificables ni necesarios los trastornos a que han tenido que acudir…”2. Desde ese credo de amor al hombre se vio obligado a asumir, por la terquedad de España, el uso de la violencia; conceptos que quedaron perfectamente definidos en el Manifiesto de Montecristi firmado por él y por Gómez.

Martí no era ajeno a los peligros que acechaban su empresa, entre ellos, el más tenaz, lo era, sin dudas, el del caudillismo. Basado en sus estudios de la historia de Cuba y de América, puso todo su empeño en lograr con la educación política a través del partido y desde la guerra un cambio en la mentalidad de la mayoría de los jefes militares. Esa es la razón por la que se separa del Plan Gómez-Maceo y por la que le escribe al generalísimo: “…Pero hay algo que está por encima de toda la simpatía personal que usted pueda inspirarme, y hasta de toda razón de oportunidad aparente: y es mi determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta…”

A pesar de 15 años de esfuerzo, los males que dieron al traste con la Guerra Grande asomaron nuevamente. En el Diario de Campaña, 14 días antes de su muerte Martí anotó: “…Maceo tiene otro pensamiento de gobierno, una junta de los generales con mando, por sus representantes, –y una Secretaría General: –la patria, pues, y todos los oficios de ella, que crea y anima al ejército, como secretaría del ejército”.

A pesar de ello el pensamiento martiano permaneció vivo. En la constitución de Jimaguayú se plasmaron sus ideas esenciales. “De aquella asamblea constituyente –expresó Emilio Roig de Leuchsenring– salió en plena guerra, una república civil democrática y fueron repudiados todo gobierno militar y toda dictadura”. De igual forma ocurrió en la constituyente de la Yaya, donde se impuso la tendencia democrática y civilista. Una tradición que fue entorpecida posteriormente por la ocupación norteamericana y la imposición de la Enmienda Platt.

Como presentimiento de que su labor no diera el resultado que emanaba de su prédica de entrega y de amor, expresó el 10 de octubre de 1890: “El político de razón es vencido, en los tiempos de acción, por el político de acción; vencido y despreciado, o usado como mero instrumento y cómplice, a menos que, a la hora de montar, no se eche la razón al frente, y monte. ¡La razón si quiere guiar tiene que entrar en la caballería! Y morir, para que la respeten los que saben morir”. Una experiencia que nos alerta sobre el obstáculo que representan las imperfecciones humanas y nos indica que los cambios sociales comienzan por el cambio al interior de los seres humanos, sobre todo de los que pretenden protagonizar esos cambios.

Conclusiones

Pasado más de un siglo de su caída en combate la república con todos y para el bien de todos, por la que murió el Maestro, continúa pendiente. Una vez fracasado el modelo de socialismo totalitario, excluyente por naturaleza, el pensamiento martiano, síntesis de amor, virtud y civismo, constituye un buen punto de partida para edificar una nación y una república donde la dignidad plena del hombre devenga realidad.

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1. Resoluciones tomadas por la emigración cubana de Tampa y Cayo Hueso en noviembre de 1891. MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TIII, p.23.

2. MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TIII, p. 65
 
REGIMEN
DE SANGRE
(Disponible para el día  12 de julio)
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martes, 5 de octubre de 2010

JOSÉ MARTÍ EN WIKIPEDIA

José Martí

De Wikipedia, la enciclopedia libre
José Julián Martí Pérez
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El Apóstol
Nacimiento 28 de enero de 1853
La Habana, Cuba
Fallecimiento 19 de mayo de 1895
Dos Ríos, Cuba
Ocupación Escritor, filósofo, poeta, político y militar.
Cónyuge Carmen Zayas-Bazán
Hijos José Francisco Martí y Zayas-Bazán, El Ismaelillo
Para el futbolista, véase José Luis Martí Soler.
José Julián Martí y Pérez (La Habana, Cuba, 28 de enero de 1853 – Dos Ríos, Cuba, 19 de mayo de 1895) fue un político, pensador, periodista, filósofo, poeta y masón cubano, creador del Partido Revolucionario Cubano y organizador de la Guerra del 95 o Guerra Necesaria. Perteneció al movimiento literario del modernismo.

Contenido

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[editar] Carrera política

Monumento a José Martí en Ciudad de México (DF).
Monumento a José Martí en la ciudad de Cienfuegos (Cuba).
Monumento a José Martí en el Central Park de Nueva York.
Monumento a José Martí en Ybor City (Tampa, Florida).
Monumento a Martí en Cádiz (España).

[editar] Estudios y primera deportación

José Julián Martí Pérez nació en la calle Paula No. 41, La Habana, el 28 de enero de 1853, en el seno de una familia española.
En 1866 se matricula en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana. Ingresa también en la clase de Dibujo Elemental en la Escuela Profesional de Pintura y Escultura de La Habana, más conocida como San Alejandro.
El 4 de octubre de 1869, al pasar una escuadra del Primer Batallón de Voluntarios por la calle Industrias No. 122, donde residían los Valdés Domínguez, de la vivienda se oyen risas y los voluntarios toman esto como una provocación. Regresan en la noche y someten la casa a un minucioso registro. Entre la correspondencia encuentran una carta dirigida a Carlos de Castro y Castro, compañero del colegio que, por haberse alistado como voluntario en el ejército español para combatir a los independentistas, calificaban de apóstata.
Por tal razón, el 21 de octubre de 1869 Martí ingresa en la Cárcel Nacional acusado de traición por escribir esa carta, junto a su amigo Fermín Valdés Domínguez. El 4 de marzo de 1870, Martí fue condenado a seis años de prisión, pena posteriormente conmutada por el destierro a Isla de Pinos (actual Isla de la Juventud), al suroeste de la principal isla cubana. Llega allí el 13 de octubre. El 18 de diciembre sale hacia La Habana y el 15 de enero de 1871, por gestiones realizadas por sus padres, logró ser deportado a España. Allá comienza a cursar estudios en las universidades de Madrid y Zaragoza, donde se gradúa de Licenciado en Derecho Civil y en Filosofía y Letras.
De España se traslada a París por breve tiempo. Pasa por Nueva York y llega a Veracruz el 8 de febrero de 1875, donde se reúne con su familia. En México entabla relaciones con Manuel Mercado y conoce a Carmen Zayas Bazán, la cubana de Camaguey que posteriormente sería su esposa.
Del 2 de enero al 24 de febrero de 1877 estuvo de incógnito en La Habana como Julián Pérez. Al llegar a Guatemala trabaja en la Escuela Normal Central como catedrático de Literatura y de Historia de la Filosofía. Retorna a México, para contraer matrimonio con Carmen el 20 de diciembre de 1877. Regresa a Guatemala a inicios de 1878.

[editar] Segunda deportación

Concluida la guerra llamada «De los 10 años» en 1878 vuelve a Cuba, el 31 de agosto, para radicarse en La Habana, y el 22 de noviembre nace José Francisco, su único hijo. Comenzó sus labores conspirativas figurando entre los fundadores del Club Central Revolucionario Cubano, del cual fue elegido vicepresidente el 18 de marzo de 1879. Posteriormente el Comité Revolucionario Cubano, radicado en Nueva York bajo la presidencia del Mayor General Calixto García, lo nombró subdelegado en la isla.
En el bufete de su amigo Don Nicolás Azcárate conoce a Juan Gualberto Gómez. Entre el 24 y el 26 de agosto de 1879 se produce un nuevo levantamiento en las cercanías de Santiago de Cuba. El 17 de septiembre Martí es detenido y deportado nuevamente a España, el 25 de septiembre de 1879, por sus vínculos con la conocida como Guerra Chiquita, liderada por el citado general García. Al llegar a Nueva York, se establece en la casa de huéspedes de Manuel Mantilla y su esposa, Carmen Miyares.

[editar] El Partido Revolucionario Cubano

Martí logró llevarse consigo a su esposa e hijo el 3 de marzo de 1880. Permanecen juntos hasta el 21 de octubre, en que Carmen y José Francisco regresan a Cuba. Una semana después resultó electo vocal del Comité Revolucionario Cubano, del cual asumió la presidencia al sustituir a García, quien había partido hacia Cuba para incorporarse a la fallida Guerra Chiquita.
Entre 1880 y 1890 Martí alcanzaría renombre en la América a través de artículos y crónicas que enviaba desde Nueva York a importantes periódicos: La Opinión Nacional, de Caracas; La Nación, de Buenos Aires y El Partido Liberal, de México. Posteriormente decide buscar mejor acomodo en Venezuela, a donde llega el 20 de enero de 1881. Fundó la Revista Venezolana, de la que pudo editar sólo dos números.
A mediados de 1882 reinició la labor de reorganizar a los revolucionarios (los partidarios de la independencia total de Cuba de la metrópoli española), comunicándoselo mediante cartas a Máximo Gómez Báez y Antonio Maceo. El 2 de octubre de 1884 se reúne por vez primera con ambos líderes y comienza a colaborar en un plan insurreccional diseñado y dirigido por los generales Gómez y Maceo. Luego se separó del movimiento por estar en desacuerdo con los métodos de dirección empleados y las consecuencias que tendrían sobre la futura república cubana, según manifestó.
El 30 de noviembre de 1887 fundó una Comisión Ejecutiva, de la cual fue elegido presidente, encargada de dirigir las actividades organizativas de los revolucionarios. En enero de 1892 redactó las Bases y los Estatutos del Partido Revolucionario Cubano. El 8 de abril de 1892 resultó electo Delegado de esa organización, cuya constitución fue proclamada dos días después, el 10 de abril de 1892. El 14 de ese mes fundó el periódico Patria, órgano oficial del Partido.

[editar] El Plan Fernandina

En los años 1893 y 1894 recorrió varios países de América y ciudades de Estados Unidos, uniendo a los principales jefes de la Guerra del 68 entre sí y con los más jóvenes, y acopiando recursos para la nueva contienda. Desde mediados de 1894 aceleró los preparativos del Plan Fernandina, con el cual pretendía promover una guerra corta, sin grandes desgastes para los cubanos. El 8 de diciembre de 1894 redactó y firmó, conjuntamente con los coroneles Mayía Rodríguez (en representación de Máximo Gómez) y Enrique Collazo (en representación de los patriotas de la Isla), el plan de alzamiento en Cuba. El Plan Fernandina fue descubierto e incautadas las naves con las cuales se iba a ejecutar. A pesar del gran revés que ello significó, Martí decidió seguir adelante con los planes de pronunciamientos armados en la Isla, en lo que fue apoyado por todos los principales jefes de las guerras anteriores.

[editar] Camino a la Guerra

El 29 de enero de 1895, junto con Mayía y Collazo, firmó la orden de alzamiento y la envió a Juan Gualberto Gómez para su ejecución. Partió de inmediato de Nueva York a Montecristi, en República Dominicana, donde lo esperaba Gómez, con quien firmó el 25 de marzo de 1895 un documento conocido como Manifiesto de Montecristi, programa de la nueva guerra. Ambos líderes llegan a Cuba el 11 de abril de 1895, por Playitas de Cajobabo, Baracoa, al noroeste de la antigua provincia de Oriente.
Tres días después del desembarco, hicieron contacto con las fuerzas del Comandante Félix Ruenes. El 15 de abril de 1895 los jefes allí reunidos bajo la dirección de Gómez, acordaron conferir a Martí el grado de Mayor General por sus méritos y servicios prestados.
El 28 de abril de 1895, en el campamento de Vuelta Corta, en Guantánamo (extremo este de la provincia de Oriente), junto con Gómez firmó la circular «Política de guerra». Envió mensajes a los jefes indicándoles que debían enviar un representante a una asamblea de delegados para elegir un gobierno en breve tiempo. El 5 de mayo de 1895 tuvo lugar la reunión de La Mejorana con Gómez y Maceo, donde se discutió la estrategia a seguir. El 14 de mayo de 1895 firmó la «Circular a los jefes y oficiales del Ejército Libertador», último de los documentos organizativos de la guerra, la que elaboró también con Máximo Gómez.
El 19 de mayo de 1895 una columna española se desplegó en la zona de Dos Ríos, cerca de Palma Soriano, donde acampaban los cubanos. Martí marchaba entre Gómez y el Mayor General Bartolomé Masó. Al llegar al lugar de la acción, Gómez le indicó detenerse y permanecer en el lugar acordado. No obstante, en el transcurso del combate, se separó del grueso de las fuerzas cubanas, acompañado solamente por su ayudante Ángel de la Guardia. Martí cabalgó, sin saberlo, hacia un grupo de españoles ocultos en la maleza y fue alcanzado por tres disparos que le provocaron heridas mortales. Su cadáver no pudo ser rescatado por los mambises (soldados cubanos). Tras varios entierros, fue finalmente sepultado el día 27, en el nicho número 134 de la galería sur del Cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba.

[editar] Visión política

Su visión política incluía lo que hoy se conoce por latinoamericanismo. Además, su obra política y de propaganda muestra estas tres prioridades: la unidad de todos los cubanos como nación en el proyecto cívico republicano de postguerra; la terminación del dominio colonial español; y evitar una expansión estadounidense. Es casi unánime la información sobre su gran capacidad de trabajo y frugalidad, lo que, siendo evidente, junto a su palabra persuasiva, le valió reconocimiento por la mayoría de sus compatriotas.

[editar] Enfermedades

Memorial de José Marti.
La salud de José Martí no era buena. Estudios recientes realizados han mostrado que padecía sarcoidosis, diagnosticada en España a los 18 años. Probablemente a partir de esta enfermedad padeció afectaciones oculares, del sistema nervioso, problemas cardíacos y fiebre. También se ha investigado que padecía un sarcocele (tumor de testículo, de tipo quístico), con abundancia de líquido alrededor del tumor. Para aliviar sus dolores los médicos puncionaban el tumor con periodicidad. Finalmente fue operado por el Dr. Francisco Monte de Oca, que le realizó una exéresis total del testículo, extirpando el tumor.

[editar] Obra literaria

En el campo de la poesía sus obras más conocidas son Ismaelillo (1882), Versos sencillos (1891), Versos libres y Flores del destierro. Sus ensayos más populares son El presidio político en Cuba (1871) y Nuestra América (1891), cabe también destacar su obra epistolar, por lo general bien apreciada literaria y conceptualmente.
Fue precursor del modernismo, junto a Manuel González Prada (Perú), Rubén Darío (Nicaragua), Julián del Casal (Cuba), Manuel Gutiérrez Nájera (México), Manuel de Jesús Galván (República Dominicana), Enrique Gómez Carrillo (Guatemala), José Santos Chocano (Perú) y José Asunción Silva (Colombia), entre otros. Es todavía tema de debate entre los especialistas su importancia relativa en el modernismo.

[editar] Influencia de Martí

Su influencia en los cubanos es grande. En general es considerado por sus compatriotas como el principal modelador de la nacionalidad cubana tal como la conocemos hoy. Su prestigio se refleja en los títulos que popularmente se le conceden. «El apóstol de la independencia» y «el maestro» son los mas usados.

[editar] Véase también

[editar] Bibliografía adicional

[editar] Sobre Martí

  • Abel, Christopher & Nissa Torrents, eds. José Martí, Revolutionary Democrat. Durham: Duke University Press, 1986.
  • Agramonte y Pichardo, Roberto Daniel: Martí y su concepción del mundo. Río Piedras: Universidad de Puerto Rico, 1971.
  • Belnap, Jeffrey Grant & Raul Fernández: José Martí's "Our America": from National to Hemispheric Cultural Studies. Durham: Duke University Press, 1998.
  • Coleman, Alexander: "Martí y Martínez Estrada: Historia de una simbiosis espiritual". Revista Iberoamericana 92-93, Vol 41 (1975): 629-645.
  • Cruz, Jacqueline: "'Esclava vencedora': La mujer en la obra literaria de José Martí". Hispania 75.1 (March 1992): 30-37.
  • Franco, Jean: Historia de la literatura hispanoamericana. Barcelona: Seix Barral, 1979; véase "La tradición y el cambio: José Martí y Manuel González Prada", pp. 139-157.
  • González, Aníbal: "Journalism and the self: the Modernist Chronicles." En Journalism and the Development of Spanish American Narrative. Cambridge: Cambridge University Press, 1993: pp. 83-100.
  • González, Manuel Pedro: "Semblanza de José Martí". Hispania 36 (1953): 43-51.
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  • Henríquez Ureña, Max: Panorama histórico de la literatura cubana 1492-1952. 2 tomos. New York: Las Américas, 1963; el capítulo XXXVII del segundo tomo se dedica a José Martí II: 210-231.
  • Hodelín Tablada, Ricardo: Enfermedades de José Martí. Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2007. ISBN 978-959-11-0550-9.
  • Delgado Correa, Wilkie: José Marti y la Medicina. Editora Política,La Habana, 2000.
  • Henríquez Ureña, Pedro: Historia de la cultura en la América hispánica. México: FCE, 1979: 118-124.
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  • Molina de Galindo, Isis: "El presidio político en Cuba de José Martí. Intento de un análisis estilístico". Revista Iberoamericana 54 (1962): 311-336.
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  • — "'Nuestra América' de José Martí". En Del ensayo hispanoamericano del siglo XIX. Quito: Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1988.
  • Schulman, Ivan A.: "José Martí". Latin American Writers. 3 Vols. Ed. Solé/Abreu. NY: Charles Scribner's Sons, 1989, I: 311-319.
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  • Ward, Thomas: "La historia nacional como intertexto universal en las ideas de Sarmiento, Martí y González Prada". Literatura como intertextualidad. IX Simposio Internacional de Literatura. Ed. Juana Alcira Arancibia. Buenos Aires: Editorial Vinciguerra, 1993.
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  • Ward, Thomas: “Martí y Blaine: entre la colonialidad tenebrosa y la emancipación inalcanzable”. Cuban Studies 38 (2007): 100-124.
  • Ward, Thomas: “From Sarmiento to Martí and Hostos: Extricating the Nation from Coloniality”. European Review of Latin American and Caribbean Studies 83 (October 2007): 83-104.
  • Vitier, Cintio: Temas martianos (Segunda serie). La Habana: Centro de Estudios Martianos, 1982.
  • Siracusa, Jordi: "Adiós, Habana, adiós", 2005; introducción de Eusebio Leal Spengler.

[editar] Sobre su prosa

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[editar] Sobre su poesía

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  • Schulman, Ivan A. y Manuel Pedro González: Martí, Darío y el modernismo. Madrid: Editorial Gredos, 1969.

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sábado, 2 de octubre de 2010

Manifiesto de Montecristi El Partido Revolucionario Cubano TOMADO DE: http://www.analitica.com/bitblio/jmarti/montecristi.asp

Manifiesto de Montecristi
El Partido Revolucionario Cubano
A Cuba
Este documento es conocido como Manifiesto de Montecristi por el lugar de la República Dominicana donde fue redactado y firmado.
La revolución de independencia, iniciada en Yara después de preparación gloriosa y cruenta, ha entrado en Cuba en un nuevo período de guerra, en virtud del orden y acuerdos del Partido Revolucionario en el extranjero y en la Isla, y de la ejemplar congregación en él de todos los elementos consagrados al saneamiento y emancipación del país, para bien de América y del mundo; y los representantes electos de la revolución que hoy se confirma, reconocen y acatan su deber —sin usurpar el acento y las declaraciones solo propias de la majestad de la república constituida— de repetir ante la patria, que no se ha de ensangrentar sin razón, ni sin justa esperanza de triunfo los propósitos precisos, hijos del juicio y ajenos a la venganza, con que se ha compuesto, y llegará a su victoria racional, la guerra inextinguible que hoy lleva a los combates, en conmovedora y prudente democracia, los elementos todos de la sociedad de Cuba.
La guerra no es, en el concepto sereno de los que aún hoy la representan, y de la revolución pública y responsable que los eligió el insano triunfo de un partido cubano sobre otro, o la humilía siquiera de un grupo equivocado de cubanos; sino la demostración solemne de la voluntad de un país harto probado en la guerra anterior para lanzarse a la ligera en un conflicto solo terminable por la victoria o el sepulcro, sin causas bastante profundas para sobreponerse a las cobardías humanas y a sus varios disfraces, y sin determinación tan respetable —por ir firmada por la muerte— que debe imponer silencio a aquellos cubanos menos venturosos que no se sienten poseídos de igual fe en las capacidades de su pueblo ni de valor igual con que emanciparlo de su servidumbre.
La guerra no es la tentativa caprichosa de una independencia más temible que útil, que solo tendrían derecho a demorar o condenar los que mostrasen la virtud y el propósito de conducirla a otra más viable y segura, y que no debe en verdad apetecer un pueblo que no la pueda sustentar; sino el producto disciplinado de la resolución de hombres enteros que en el reposo de la experiencia se han decidido a encarar otra vez los peligros que conocen, y de la congregación cordial de los cubanos de más diverso origen, convencidos de que en la conquista de la libertad se adquieren mejor que en el abyecto abatimiento las virtudes necesarias para mantenerla.
La guerra no es contra el español, que, en el seguro de sus hijos y en el acatamiento a la patria que se ganen podrá gozar respetado, y aun amado, de la libertad que solo arrollará a los que le salgan, imprevisores, al camino. Ni del desorden, ajeno a la moderación probada del espíritu de Cuba, será cuna la guerra; ni de la tiranía. —Los que la fomentaron, y pueden aún llevar su voz, declaran en nombre de ella ante la patria su limpieza de todo odio, — su indulgencia fraternal para con los cubanos tímidos o equivocados, su radical respeto al decoro del hombre, nervio del combate y cimiento de la república, —su certidumbre de la aptitud de la guerra para ordenarse de modo que contenga la redención que la inspira, la relación en que un pueblo debe vivir con los demás, y la realidad que la guerra es, —y su terminable voluntad de respetar, y hacer que se respete, al español neutral y honrado, en la guerra y después de ella, y de ser piadosa con el arrepentimiento, e inflexible solo, con el vicio, el crimen y la inhumanidad. —En la guerra que se ha reanudado en Cuba no ve la revolución las causas del júbilo que pudiera embargar al heroísmo irreflexivo, sino las responsabilidades que deben preocupar a los fundadores de pueblos.
Éntre Cuba en la guerra con la plena seguridad, inaceptable solo a los cubanos sedentarios y parciales, de la competencia de sus hijos para obtener el triunfo, por la energía de la revolución pensadora y magnánima, y de la capacidad de los cubanos, cultivada en diez años primeros de fusión sublime, y en las prácticas modernas del gobierno y el trabajo, para salvar la patria desde su raíz de los desacomodos y tanteos, necesarios al principio del siglo, sin comunicaciones y sin preparación en las repúblicas feudales o teóricas de Hispanoamérica. Punible ignorancia o alevosía fuera desconocer las causas a menudo gloriosas y ya generalmente redimidas, de los trastornos americanos, venidos del error de ajustar a moldes extranjeros; de dogma incierto o mera relación a su lugar de origen, la realidad ingenua de los países que conocían solo de las libertades el ansia que las conquista, y la soberanía que se gana por pelear por ellas. La concentración de la cultura meramente literaria en las capitales; el erróneo apego de las repúblicas a las costumbres señoriales de la colonia; la creación de caudillos rivales consiguiente al trato receloso e imperfecto de las comarcas apartadas; la condición rudimentaria de la única industria, agrícola o ganadera; y el abandono y desdén de la fecunda raza indígena en las disputas de credo o localidad que esas causas de los trastornos en los pueblos de América mantenían —no son, de ningún modo los problemas de la sociedad cubana—. Cuba vuelve a la guerra con un pueblo democrático, y culto, conocedor celoso de su derecho y del ajeno; o de cultura mucho mayor, en lo más humilde de él, que las masas llaneras o indias con que, a la voz de los héroes primados de la emancipación, se mudaron de hatos en naciones las silenciosas colonias de América; y en el crucero del mundo, al servicio de la guerra, y a la fundación de la nacionalidad le vienen a Cuba, del trabajo creador y conservador en los pueblos más hábiles del orbe, y del propio esfuerzo en la persecución y miseria del país, los hijos lúcidos, magnates o siervos, que de la época primera de acomodo, ya vencida, entre los componentes heterogéneos de la nación cubana, salieron a preparar, o en la misma Isla continuaron preparando, con su propio perfeccionamiento, el de la nacionalidad a que concurren hoy con la firmeza de sus personas laboriosas, y el seguro de su educación republicana. El civismo de sus guerreros; el cultivo y benignidad de sus artesanos; el empleo real y moderno de un número vasto de sus inteligencias y riquezas; la peculiar moderación del campesino sazonado en el destierro y en la guerra; el trato íntimo y diario, y rápida e inevitable unificación de las diversas secciones del país; la admiración reciproca de las virtudes iguales entre los cuba, nos que de las diferencias de la esclavitud pasaron a la hermandad del sacrificio; y la benevolencia y aptitud crecientes del liberto, superiores a los raros ejemplos de su desvío o encono —aseguran a Cuba, sin ilícita ilusión, un porvenir en que las condiciones de asiento,. y del trabajo inmediato de un pueblo feraz en la república justa, excederán a las de disociación y parcialidad provenientes de la pereza o arrogancia que la. guerra a veces cría, del rencor ofensivo de una minoría de amos caída de sus privilegios; de la censurable premura con que una minoría aún invisible de libertos descontentos pudiera aspirar, con violación funesta del albedrío y naturaleza humanos, al respeto social que, sola y seguramente ha de venirles de la igualdad probada en las virtudes y talentos; y de la súbita desposesión, en gran parte de los pobladores letrados de las ciudades, de la suntuosidad o abundancia relativa que hoy les viene de las gabelas inmorales y fáciles de la colonia, y de los oficios que habrán de desaparecer con la libertad. —Un pueblo libre, en el trabajo abierto a todos, enclavado a las bocas del universo rico e industrial, sustituirá sin obstáculo, y con ventaja, después de una guerra inspirada en la más pura abnegación, y mantenida conforme a ella, al pueblo avergonzado donde el bienestar solo se obtiene a cambio de la complicidad expresa o tácita con la tiranía de los extranjeros menesterosos que los desangran y corrompen. No dudan de Cuba, ni de sus aptitudes para obtener y gobernar su independencia, los que en el heroísmo de la muerte y en el de la fundación callada de la patria, ven resplandecer de continuo, en grandes y en pequeños, las dotes de concordia y sensatez solo inadvertibles para los que, fuera del alma real de su país, lo juzgan, en el arrogante concepto de sí propios, sin más poder de rebeldía y creación que el que asoma tímidamente en la servidumbre de sus quehaceres coloniales.
De otro temor quisiera acaso valerse hoy, so pretexto de prudencia, la cobardía: el temor insensato; y jamás en Cuba justificado, a la raza negra. La revolución, con su carga de mártires, y de guerreros subordinados y generosos, desmiente indignada, como desmiente la larga prueba de la emigración y de la tregua en la isla, la tacha de amenaza de la raza negra con que se quisiese inicuamente levantar, por los beneficiarios del régimen de España, el miedo a la revolución. Cubanos hay ya en Cuba de uno y otro color, olvidados para siempre —con la guerra emancipadora y el trabajo donde unidos se gradúan— del odio en que los pudo dividir la esclavitud. La novedad y aspereza de las relaciones sociales, consiguientes a la mudanza súbita del hombre ajeno en propio, son menores que la sincera estimación del cubano blanco por el alma igual, la afanosa cultura, el fervor de hombre libre, y el amable carácter de su compatriota negro. Y si a la raza lo naciesen demagogos inmundos, o almas ávidas cuya impaciencia propia azuzase la de su color, o en quienes se convirtiera en injusticia con los demás la piedad por los suyos, —con su agradecimiento y su cordura, y su amor a la patria, con su convicción de la necesidad de desautorizar por la prueba patente de la inteligencia y la virtud del cubano negro la opinión que da reine de su incapacidad para ellas, y con la posesión de todo lo real del derecho humano, y el consuelo y la fuerza de la estimación [de] cuanto en los cubanos blancos hay de justo y generoso, la misma raza extirparía en Cuba el peligro negro, sin que tuviera que alzarse a él una sola mano blanca. la revolución lo sabe, y lo proclama: la emigración lo proclama también. Allí no tiene el cubano negro escuelas de ira, como no tuvo en la guerra una sola culpa de ensoberbecimiento indebido o de insubordinación. En sus hombros anduvo segura la república a que no atentó jamás. solo los que odian al negro ven en el negro odio; y los que con semejante miedo injusto traficasen, para sujetar, con inapetecible oficio, las manos que pudieran erguirse a expulsar de la tierra cubana al ocupante corruptor.
En los habitantes españoles de Cuba, en vez de la deshonrosa ira de la primera guerra, espera hallar la revolución, que ni lisonjea ni teme, tan afectuosa neutralidad o tan veraz ayuda, que por ellas vendrán a ser la guerra más breve, sus desastres menores, y más fácil y amiga la paz en que han de vivir juntos padres e hijos. Los cubanos empezamos la guerra, y los cubanos y los españoles la terminaremos. No nos maltraten, y no se les maltratará. Respeten, y se la respetará. Al acero responda el acero, y la amistad a la amistad. En el pecho antillano no hay odio; y el cubano saluda en la muerte al español a quien la crueldad del ejercicio forzoso arrancó de su casa y su terruño para venir a asesinar en pechos de hombres la libertad que él mismo ansía. Más que saludarlo en la muerte, quisiera la revolución acogerlo en vida; y la república será tranquilo hogar para cuantos españoles de trabajo y honor gocen en ella de la libertad y bienes que no han de hallar aún por largo tiempo en la lentitud, desidia, y vicios políticos de la tierra propia. Éste es el corazón de Cuba, y así será la guerra. ¿Qué enemigos españoles tendrá verdaderamente la revolución? ¿Será el ejército, republicano en mucha parte, que ha aprendido a respetar nuestro valor, como nosotros respetamos el suyo, y más sienten impulsos a veces de unírsenos que de combatirnos? ¿Serán los quintos, educados ya en las ideas de humanidad, contrarias a derramar sangre de sus semejantes en provecho de un cetro inútil o una patria codiciosa, los quintos segados en la flor de su juventud para venir a defender, contra un pueblo que los acogería alegre como ciudadanos libres, un trono mal sujeto, sobre la nación vendida por sus guías, con la complicidad de su privilegios y sus logros? ¿Será la masa, hoy humana y culta, de artesanos y dependientes, a quienes, so pretexto de patria, arrastró ayer a la ferocidad y al crimen el interés de los españoles acaudalados que hoy, con lo más de sus fortunas salvas en España, muestran menos celo que aquél con que ensangrentaron la tierra de su riqueza cuando los sorprendió en ella la guerra con toda su fortuna? ¿0 serán los fundadores de familias y de industrias cubanas, fatigados ya del fraude de España y de su desgobierno, y como el cubano vejados y oprimidos, los que, ingratos e imprudentes, sin miramiento por la paz de sus casas y la conservación de una riqueza que el régimen de España amenaza más que la revolución, se revuelvan contra la tierra que de tristes rústicos los ha hecho esposos felices, y dueños de una prole capaz de morir sin odio por asegurar al padre sangriento un suelo libre al fin de la discordia permanente entre el criollo y el peninsular; donde la honrada fortuna pueda mantenerse sin cohecho y desarrollarse sin zozobra, y el hijo no vea entre el beso de sus labios y la mano de su padre la sombra aborrecida del opresor? ¿Qué suerte elegirán los españoles: la guerra sin tregua, confesa o disimulada, que amenaza y perturba las relaciones siempre inquietas y violentas del país, o la paz definitiva, que jamás se conseguirá en Cuba sino con la independencia? ¿Enconarán y ensangrentarán los españoles arraigados en Cuba la guerra en que puedan quedar vencidos? ¿Ni con qué derecho nos odiarán los españoles, si los cubanos no los odiamos? La revolución emplea sin miedo este lenguaje porque el decreto de emancipar de una vez a Cuba de la ineptitud y corrupción irremediables del gobierno de España, y abrirla franca para todos los hombres al mundo nuevo, es tan terminante como la voluntad de mirar como a cubanos, sin tibio corazón ni amargas memorias, a los españoles que por su pasión de libertad ayuden a conquistarla en Cuba, y a los que con su respeto a la guerra de hoy rescaten la sangre que en la de ayer manó a sus golpes del pecho de sus hijos.
En las formas que se dé la revolución, conocedora de su desinterés, no hallará sin duda pretexto de reproche la vigilante cobardía, que en los errores formales del país naciente, o en su poca suma visible de república, pudiese procurar razón con que negarle la sangre que le adeuda. No tendrá el patriotismo puro causa de temor por la dignidad y suerte futura de la patria. - La dificultad de las guerras de independencia en América, y las de sus primeras nacionalidades, ha estado, más que en la discordia de sus héroes y en la emulación y recelo inherentes al hombre, en la falta oportuna de forma que a la vez contenga el espíritu de redención que, con apoyo de ímpetus menores, promueve y nutre la guerra - y las prácticas necesarias a la guerra, y que ésta debe desembarazar y sostener. En la guerra inicial se ha de hallar el país maneras tales de gobierno que a un tiempo satisfagan la inteligencia madura y suspicaz de sus hijos cultos, y las condiciones requeridas para la ayuda y respeto de los demás pueblos -y permitan - en vez de entrabar -el desarrollo pleno y término rápido de la guerra fatalmente necesaria a la felicidad pública. Desde sus raíces se ha de constituir la patria con formas viables, y de si propia nacidas, de modo que un gobierno sin realidad ni sanción no la conduzca a las parcialidades o a la tiranía. - Sin atentar, con desordenado concepto de su deber, al uso de las facultades íntegras de constitución, con que se ordenen y acomoden, en su responsabilidad peculiar ante el mundo contemporáneo, liberal e impaciente, los elementos expertos y novicios, por igual movidos de ímpetu ejecutivo y pureza ideal, que con nobleza idéntica, y el título inexpugnable de su sangre, se lanzan tras el alma y gula de los primeros héroes, a abrir a la humanidad una república trabajadora; solo es licito al Partido Revolucionario Cubano declarar su fe en que la revolución ha de hallar formas que le aseguren, en la unidad y vigor indispensables a una guerra culta, el entusiasmo de los cubanos, la confianza de los españoles y la amistad del mundo. Conocer y fijar la realidad; componer en molde natural, la realidad de las ideas que producen o apagan los hechos, y la de los hechos que nacen de las ideas; ordenar la revolución del decoro, el sacrificio y la cultura que [de] modo que no quede el decoro de un solo hombre lastimado, ni el sacrificio -parezca inútil a un solo cubano, ni la revolución inferior a la cultura del país, no a la extranjeriza y desautorizada cultura que se enajena el respeto de los hombres viriles por la ineficacia de sus resultados y el contraste lastimoso entre la poquedad real y la arrogancia de sus estériles poseedores, sino al profundo conocimiento de la labor del hombre en el rescate y sostén de su dignidad: –ésos son los deberes, y los intentos, de la revolución. Ella se regirá de modo que la guerra pujante y capaz dé pronto casa firme a la nueva república.
La guerra sana y vigorosa desde el nacer con que hoy reanuda Cuba, con todas las ventajas de su experiencia, y la victoria asegurada a las determinaciones finales, el esfuerzo excelso, jamás recordado sin unción, de sus inmarcesibles héroes, no es solo hoy el piadoso anhelo de dar vida plena al pueblo que, bajo la inmoralidad y ocupación crecientes de un amo inepto, desmigaja o pierde su fuerza superior en la patria sofocada o en los destierros esparcidos. Ni es la guerra el insuficiente prurito de conquistar a Cuba con el sacrificio tentador, la independencia política, que sin derecho pediría a los cubanos su brazo si con ella no fuese la esperanza de crear una patria más a la libertad del pensamiento, la equidad de las costumbres, y la paz del trabajo. La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo. Honra y conmueve pensar que cuando cae en tierra de Cuba un guerrero de la independencia, abandonado tal vez por los pueblos incautos o indiferentes a quienes se inmola, cae por el bien mayor del hombre, la confirmación de la república moral en América, y la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo. ¡Apenas podría creerse que con semejantes mártires, y tal porvenir, hubiera cubanos que atasen a Cuba a la monarquía podrida y aldeana de España, y a su miseria inerte y viciosa! —A la revolución cumplirá mañana el deber de explicar de nuevo al país y a las naciones las causas locales, y de idea e interés universal, con que para el adelanto y servicio de la humanidad reanuda el pueblo emancipador de Yara y de Guáimaro una guerra digna del respeto de sus enemigos y al apoyo de los pueblos, por su rígido concepto del derecho del hombre, y su aborrecimiento de la venganza estéril y la devastación inútil. Hoy, al proclamar desde el umbral de la tierra veneranda el espíritu y doctrinas que produjeron y alientan la guerra entera y humanitaria en que se une aún más el pueblo de Cuba, invencible e indivisible, séanos lícito invocar, como guía y ayuda de nuestro pueblo, a los magnánimos fundadores, cuya labor renueva el país agradecido —y al honor, que ha de impedir a los cubanos herir, de palabra o de obra, a los que mueren por ellos—. Y al declarar así en nombre de la patria, y deponer ante ella y ante su libre facultad de constitución, la obra idéntica de dos generaciones, suscriben juntos la declaración, por la responsabilidad común de su representación, y en muestra de la unidad y solidez de la revolución cubana, el Delegado del Partido Revolucionario Cubano, creado para ordenar y auxiliar la guerra actual, y el General en jefe electo en él por todos los miembros activos del Ejército Libertador,
José Martí
M. Gómez
Montecristi, 25 de marzo de 1895.
Martí pone una nota al margen que dice: «Al cajista: acento en la é: É».


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