lunes, 15 de febrero de 2016


Martí ¿Comunista?

José Martí jamás fue o podía haber sido socialista, o mucho menos, comunista. Su crítica directa a las pretensiones socialistas está claramente expuesta.
José Martí
José Martí
Lo que hay hoy en Cuba, sus instigadores nos han dicho, comenzó en el acometimiento de un cuartel en Oriente. La responsabilidad intelectual de la monstruosidad que derivó de aquel ataque al Moncada, se la han atribuido a José Martí. ¿Cuánta verdad correlacionar podrá ver en dicha afirmación?
La revolución castrista está sustentada sobre una base de mentiras. Cuba es el único caso en el mundo, donde el comunismo alcanzó el poder negando insistentemente, su esencia marxista. La necesidad metodológica, para insertar en praxis el socialismo “científico” de Marx y Engels, institucionalizó el embuste. Esto se agudizó, sin dudas, dado las directivas excéntricas del capataz de la versión criolla: nacionalismo falso, antinorteamericanismo despiadado y anticapitalismo hipócrita. La falsificación de los datos, de la historia y de los hechos, ha sido parte del modus operandi del castrismo. En nada han escatimado al mentir los comunistas cubanos. Era de suponer que la figura insigne de Cuba no escaparía la embestida trolera.
José Martí jamás fue o podía haber sido socialista, o mucho menos, comunista. Su crítica directa a las pretensiones socialistas está claramente expuesta. Más aún, el Maestro rechazó estructuralmente las premisas imperiosas que sustentan la teoría de su contemporáneo, Karl Marx. Martí creía en la concordia de las clases sociales, no en una pretendida lucha. La economía y las relaciones de producción eran, para el autor del Manifiesto Comunista, el factor determinante en la vida del hombre. Esta conceptualización era absurda para el Apóstol. En el rico léxico escrito de Martí, la palabra “economía” sólo se encuentra catorce veces. Esto representa una diferencia dramática con el uso de la palabra “libertad”, que aparece en trescientos cuarenta y seis instantes.
De no haber estado informado sobre el socialismo, no se le puede achacar a Martí. Había en 1886, treinta y cuatro publicaciones socialistas (cinco de ellas eran diarios) en los EE UU. El Maestro era un lector prolífico y responsable. Ya en la tierra de Lincoln había también, desde 1852, un partido comunista que había sido fundado por un alemán llamado, Joseph Weydemeyer. Lo que más le chocaba al Apóstol de los esquemas socialistas (en todos sus variantes) se sintetiza en cuatro puntos: (1) la demagogia enmascarada de su liderazgo, utilizando diatribas hipócritas para engatusar a los pobres y alcanzar el poder político; (2) el precio social y cultural de subordinar al individuo a un colectivo; (3) la fomentación de un Estado cíclope, burocrático e invasor; (4) y el atropello a la libertad para implantar esas ideas “confusas”.
Su “antinorteamericanismo” es otra de las tergiversaciones del castrismo y su intelectualidad cortesana. El llamar a los EE UU, la “… sociedad más libre y grande en la Tierra”, descalificaría a Martí de semejante calificativo. La crítica selectiva de aspectos de una sociedad, en una época particular, no equivale a sentir desdén por ella. El Apóstol entendía que la democracia estadounidense era un fenómeno imperfecto pero perfectible. El crecimiento económico impresionante que el capitalismo y la Revolución Industrial evidenció en el siglo XIX en su mejor ensayo, los EE UU, trajo como era de suponer, problemas de adaptación social, dado la magnitud del proceso. Martí observó eso y sugirió avenidas de un mejoramiento sistémico, pero nunca abogó, ni siquiera implícitamente, por su desmantelamiento y sustitución con el delirio socialista. Esto es aún más escandaloso cuando los que hacen esas aseveraciones falsas de intentar conectar a Martí con el marxismo, ocultan aserciones que plasman la admiración del Maestro por los EE UU, su sistema político y económico y su repudio por el socialismo.
La obra de Martí lo defiende grandilocuentemente contra el paralelismo infame que vincula el ideario martiano con el proyecto comunista. El castrocomunismo no logrará extender la difamación a la figura insigne de Cuba, más allá de su estadía conminada en el poder. ¡Que pesadilla! Tantos años de vilipendio.
TOMADO DE: http://www.martinoticias.com/content/era-marti-comunista/114310.html

martes, 12 de mayo de 2015

Opiniones / Orlando González Esteva

¿Quién mató a José Martí?

El autor identifica a la responsable y la exime de culpa...
La tumba de José Martí en el Cementerio de Santa Ifigenia, en la ciudad de Santiago de Cuba.
La tumba de José Martí en el Cementerio de Santa Ifigenia, en la ciudad de Santiago de Cuba.
La empatía de José Martí abarcaba las criaturas más diversas, no importa a qué reino pertenecieran, el animal, el vegetal e incluso el inanimado, y es asunto de una delicadeza tal que suele pasar inadvertido a sus admiradores y exégetas, amigos de lo solemne y sesudo, y más aficionados a la historia, los estudios literarios, los avatares de orden familiar y erótico, la hagiografía y, ahora, la iconoclasia, que a la necesidad de conocerlo allí donde el individuo no tiene que rendir cuentas a nadie y muestra u oculta su persona menos comprometida.

Hay un Martí soslayado que de haber nacido en un país más sensible a ciertas conquistas del espíritu hubiera gozado de una estimación cuyo origen no sólo estaría en su condición de héroe, mártir o apóstol, en las que, de tanto machacar, se ha llegado a producir hartazgo, sino en otra condición más sencilla y quién sabe si útil: su condición de maestro; maestro en el sentido más noble de la palabra, donde la sabiduría, más que provenir de un cúmulo hipertrofiado de información que se luce, llega a parecer innata, destilación sencilla de todo lo que al ser humano, en su manifestación más alta, le es dado ofrendar.

La muerte de José Martí en el campo de batalla sugiere una disposición a matar.  Le rodeaba gente que, llegada la hora, no había tenido ni tendría escrúpulos en hacerlo.  Él mismo, al dirigirse al encuentro con el enemigo, portaba revólver. La ferocidad de los sentimientos que le inspiraban los abusos perpetrados por las autoridades españolas destacadas en Cuba no está en tela de juicio. Pero ¿hubiera podido Martí matar a alguien? Y de hacerlo, ¿hubiera podido vivir con la conciencia tranquila? ¿Qué hubiera sentido este hombre, capaz de identificarse con la agonía de una flor al instante de ser arrancada del suelo y mascada por un caballo, ante la mirada de un moribundo o el cadáver de un hombre baleados por él?

Frans de Waal, autor de “La edad de la empatía”, libro que hubiera entusiasmado a Martí, vislumbra el inicio de una época regida por este sentimiento que comparten con el hombre otros animales, entre ellos, el chimpancé, el lobo y la orca. Si el biólogo holandés no se equivocara habría que extender la calidad de precursor de Martí a ámbitos muchos más universales que el estrictamente literario.

La preocupación de Martí por el bien común no discriminaba. Su “red social” era más amplia que cualquiera de las actuales: Y si mato una mosca, me pongo a discutir con mi conciencia si he tenido el derecho de matarla, anota en uno de sus cuadernos --es decir, allí donde otros no tenían acceso--, como intentando dilucidar esa incapacidad suya para infligir daño, aunque sólo se tratara de un insecto; incapacidad que lo priva de arrancar una planta porque a punto ya de hacerlo descubre en ella, o en lo que será de ella apenas la arranque, una compañera de infortunio: No la he de arrancar. Yo que muero de vivir sin raíces, no le quitaré las suyas. Quédese aquí para que consuele a otros, como me ha consolado a mí. La compasión por el reino vegetal y su identificación con él son tales que escucha quejarse a un árbol y advierte que esas quejas son parientas de las suyas, hijas de anhelos exactos: Me da angustia oír el crujido de las ramas sujetas a su tronco, porque así cruje a menudo mi alma sujeta a mi cuerpo.

Todo estaba vivo para Martí, y mucho, por estarlo, le inspiraba piedad. El pudor de que lo sorprendieran tan frágil en lo íntimo, tan extraño a la mayoría de quienes se movían a su alrededor, le aconsejaba hablar de sí mismo en tercera persona: Aquella alma que lo veía todo pleno de espíritu; espíritu en las paredes mudas, en las casas solitarias; que se apresuraba a consolar hasta las casas vacías, cuando creía haber dicho algo que pudiera entristecerlas… La piedad presidía, callada, sus relaciones: Las casas en fábrica me son tan familiares comos las desdichas de mi pueblo; siempre se me pintan en imágenes extrañas y nuevas las paredes a medio hacer, los fosos sombríos, las puertas boqueantes, los muros desiguales que se dibujan sobre el cielo oscuro como encías desdentadas.

No es sólo que el aire estuviera lleno de almas, como alguna vez intuyó, sino que todo se le antojaba una: Un pájaro, ¿no es un alma? Y esos sentimientos fraternos se agudizaban cuando esas almas perceptibles, corpóreas, se le revelaban en un trance: La flor ¿es alma en cierne, que sabe menos que el hombre, o es alma en pena, ya a punto de vuelo, que purga en la pelea --hermoseando, como todo lo que padece-- sus últimas culpas? Hay entre sus apuntes uno que tiene viso de autorretrato: Trata a las almas consideradamente, como un escultor el yeso.

La certeza de que todo merecía atención y finura en el trato, porque todo podía hacer alarde de ellas, no excluía a las palabras: Postrimerías. –Quiero a esta palabra de un modo extraordinario. La quiero como a una persona: me produjo un amigo.

Hay quienes sospechan que la muerte fue piadosa con José Martí, eximiéndolo de asistir al nacimiento de una república muy distinta a la que él imaginó y al espectáculo de un pueblo que rara vez ha estado a la altura de sus expectativas. La muerte bien pudo ser piadosa saliéndole al paso el 19 de mayo de 1895 y eximiéndolo, al dirigir el curso de las balas que lo alcanzaron, de la tragedia de que fuera él quien matara a alguien.

Orlando González Esteva

Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

martes, 27 de enero de 2015






162° ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO

10 poemas de José Martí

Político, pensador, periodista, filósofo, ensayista y poeta. José Martí es una de las figuras más importantes de la historia cubana. Nació un 28 de enero de 1853 en La Habana. Creador del Partido Revolucionario Cubano, fue una de las figuras más destacadas de la Guerra de la Independencia de Cuba, en 1895, donde fue asesinado por españoles el 19 de mayo. Aquí, diez poemas que muestran su compromiso literario y político.

 
1
Cultivo una rosa blanca


Cultivo una rosa blanca
en junio como enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo la rosa blanca.  
2
Yo soy un hombre sincero


Yo soy un hombre sincero
De donde crece la palma,
Y antes de morirme quiero
Echar mis versos del alma.

Yo vengo de todas partes,
Y hacia todas partes voy:
Arte soy entre las artes,
En los montes, monte soy.

Yo sé los nombres extraños
De las yerbas y las flores,
Y de mortales engaños,
Y de sublimes dolores.

Yo he visto en la noche oscura
Llover sobre mi cabeza
Los rayos de lumbre pura
De la divina belleza.

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3
Dos patrias


Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche.
¿O son una las dos? No bien retira
su majestad el sol, con largos velos
y un clavel en la mano, silenciosa
Cuba cual viuda triste me aparece.
¡Yo sé cuál es ese clavel sangriento
que en la mano le tiembla! Está vacío
mi pecho, destrozado está y vacío
en donde estaba el corazón. Ya es hora
de empezar a morir. La noche es buena
para decir adiós. La luz estorba
y la palabra humana. El universo
habla mejor que el hombre.
Cual bandera que invita a batallar, la llama roja
de la vela flamea. Las ventanas
abro, ya estrecho en mí. Muda, rompiendo
las hojas del clavel, como una nube
que enturbia el cielo, Cuba, viuda, pasa...  
4
Qué importa que tu puñal


¿Qué importa que tu puñal
Se me clave en el riñón?
¡Tengo mis versos, que son
Más fuertes que tu puñal!

¿Qué importa que este dolor
Seque el mar y nuble el cielo?
El verso, dulce consuelo,
Nace al lado del dolor.  
5
Mi reyecillo


Los persas tienen
Un rey sombrío;
Los hunos foscos
Un rey altivo;
Un rey ameno
Tienen los íberos;
Rey tiene el hombre,
Rey amarillo:
¡Mal van los hombres
Con su dominio!
Mas yo vasallo
De otro rey vivo,-
Un rey desnudo,
Blanco y rollizo:
Su cetro -un beso!
Mi premio -un mimo!
Oh! cual los áureos
Reyes divinos
De tierras muertas,
De pueblos idos
-¡Cuando te vayas
Llévame, hijo!-
Toca en mi frente
Tu cetro omnímodo;
Ungeme siervo,
Siervo sumiso:
¡No he de cansarme
De verme ungido!
¡Lealtad te juro,
Mi reyecillo!
Sea mi espalda
Pavés de mi hijo;
Posa en mis hombros
El mar sombrío:
Muera al ponerte
En tierra vivo:
Mas si amar piensas
El amarillo
Rey de los hombres,
¡Muere conmigo!
¿Vivir impuro?
¡No vivas, hijo!  
6
Canto de otoño


Bien: ya lo sé! La Muerte está sentada
A mis umbrales: cautelosa viene,
Porque sus llantos y su amor no apronten
En mi defensa, cuando lejos viven
Padres e hijo. Al retornar ceñudo
De mi estéril labor, triste y oscura,
Con que a mi casa de invierno abrigo,
De pie sobre las hojas amarillas,
En la mano fatal la flor del sueño,
La negra toca en alas rematada,
Ávido el rostro, trémulo la miro
Cada tarde aguardándome a mi puerta.
En mi hijo pienso, y de la dama oscura
Huyo sin fuerzas, devorado el pecho
De un frenético amor! Mujer más bella
No hay que la Muerte! Por un beso suyo
Bosques espesos de laureles varios,
Y las adelfas del amor, y el gozo
De remembrarme mis niñeces diera!
...Pienso en aquel a quien mi amor culpable
Trajo a vivir, y, sollozando, esquivo
De mi amada los brazos; mas ya gozo
De la aurora perenne el bien seguro.
Oh, vida, adiós! Quien va a morir, va muerto

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7
La niña de Guatemala


Quiero, a la sombra de un ala,
Contar este cuento en flor:
La niña de Guatemala,
La que se murió de amor.

Eran de lirios los ramos,
Y las orlas de reseda
Y de jazmín: la enterramos
En una caja de seda.

Ella dio al desmemoriado
Una almohadilla de olor:
El volvió, volvió casado:
Ella se murió de amor.

Iban cargándola en andas
Obispos y embajadores:
Detrás iba el pueblo en tandas,
Todo cargado de flores.

Ella, por volverlo a ver,
Salió a verlo al mirador:
Él volvió con su mujer:
Ella se murió de amor.

Como de bronce candente
Al beso de despedida
Era su frente la frente
Que más he amado en mi vida.

Se entró de tarde en el río,
La sacó muerta el doctor:
Dicen que murió de frío:
Yo sé que murió de amor.

Allí, en la bóveda helada,
La pusieron en dos bancos:
Besé su mano afilada,
Besé sus zapatos blancos.

Callado, al oscurecer,
Me llamó el enterrador:
Nunca más he vuelto a ver
A la que murió de amor.  
8
Sed de belleza


Solo, estoy solo: viene el verso amigo,
Como el esposo diligente acude
De la erizada tórtola al reclamo.
Cual de los altos montes en deshielo
Por breñas y por valles en copiosos
Hilos las nieves desatadas bajan
Así por mis entrañas oprimidas
Un balsámico amor y una avaricia
Celeste, de hermosura se derraman.
Tal desde el vasto azul, sobre la tierra,
Cual si de alma de virgen la sombría
Humanidad sangrienta perfumasen,
Su luz benigna las estrellas vierten
Esposas del silencio- y de las flores
Tal el aroma vago se levanta.

Dadme lo sumo y lo perfecto: dadme
Un dibujo de Ángelo: una espada
Con puño de Cellini, más hermosa
Que las techumbres de marfil calado
Que se place en labrar Naturaleza.
El cráneo augusto dadme donde ardieron
El universo Hamlet y la furia
Tempestuosa del moro: la manceba
India que a orillas del ameno río
Que del viejo Chichén los muros baña
A la sombra de un plátano pomposo
Y sus propios cabellos, el esbelto
Cuerpo bruñido y nítido enjugaba.
Dadme mi cielo azul... dadme la pura,
La inefable, la plácida, la eterna
Alma de mármol que al soberbio Louvre
Dio, cual su espuma y flor, Milo famosa.  
9
Del tirano


¿Del tirano? Del tirano
Di todo, ¡di más!, y clava
Con furia de mano esclava
Sobre su oprobio al tirano.

¿Del error? Pues del error
Di el antro, di las veredas
Oscuras: di cuanto puedas
Del tirano y del error.

¿De mujer? Bien puede ser
Que mueras de su mordida;
¡Pero no empañes tu vida
Diciendo mal de mujer!  
10
Poeta


Como nacen las palmas en la arena
Y la rosa en la orilla al mar salobre,
Así de mi dolor mis versos surgen
Convulsos, encendidos, perfumados.
Tal en los mares sobre el agua verde,
La vela hendida, el mástil trunco, abierto
A las ávidas olas el costado,
Después de la batalla fragorosa
Con los vientos, el buque sigue andando.

¡Horror, horror! ¡En tierra y mar no había
Más que crujidos, furia, niebla y lágrimas!
Los montes, desgajados sobre el llano
Rodaban; las llanuras, mares turbios,
En desbordados ríos convertidas,
Vaciaban en los mares; un gran pueblo
Del mar cabido hubiera en cada arruga;
Estaban en el cielo las estrellas
Apagadas; los vientos en jirones
Revueltos en la sombra, huían, se abrían,
Al chocar entre sí, y se despeñaban;
En los montes del aire resonaban
Rodando con estrépito; ¡en las nubes
Los astros locos se arrojaban llamas!

Río luego el Sol; en tierra y mar lucía
Una tranquila claridad de boda.
¡Fecunda y purifica la tormenta!
Del aire azul colgaban ya, prendidos
Cual gigantescos tules, los rasgados
Mantos de los crespudos vientos, rotos
En el fragor sublime. ¡Siempre quedan
Por un buen tiempo luego de la cura
Los bordes de la herida sonrosados!
Y el barco, como un niño, con las olas
Jugaba, se mecía, traveseaba.
TOMADO DE: http://www.telam.com.ar/notas/201301/6020-10-poemas-de-jose-marti.html

jueves, 14 de agosto de 2014

Fotografía de José Martí revela su estatura real

 

Especial para el Nuevo Herald

La estatura de los hombres ha sido siempre una razón de dilema, literalmente, desde la cabeza hasta los pies. La talla, por siglos, ha estado en contubernio o contraposición al alcance de las ideas, de la psiquis y del talento del sujeto en cuestión.
Napoleón, Polifemo y hasta Meñique, han tenido sus virtudes y desaciertos en cuanto al tamaño de sus huesos y el largo de su inteligencia, pero no hay dudas de que la estatura es un marcador de individualidad, del desarrollo físico y de la salud misma.
La medida exacta de José Martí se oculta como un misterio a falta de datos médicos precisos sobre su talla. Unos días antes su embarque hacia Cuba, en Montecristi, Santo Domingo, circa 1895, el Martí mambí concurrió a tomarse sus medidas. Tenía 42 años. Cada centímetro del traje confeccionado por el sastre dominicano Ramón Antonio Almonte nos da una imagen que levanta, sobre la mesa de dibujos y cortes, el porte de un hombre delgado, de medidas sobrias. Sus dimensiones corporales quedaron escritas:
Hombros, 45 cm (17.71 pulgadas)
Manga por fuera, 82 cm (32 pulgadas)
Cintura, 80 cm (31 pulgadas)
Pantalón, 102 cm (40 pulgadas)
Chaleco, largo, 65 cm (25.59 pulgadas)
Todo, incluso hoy, indica que se trataba de un hombre menudo, quizás longilíneo, que es el término médico para describir a alguien delgado y de proporciones longas. Esto, en cambio, no es de ancho suficiente para saciar la curiosidad histórica de generaciones enteras que anhelan algo más que documentación sobre cuánto medía en vida el pensador de la patria nueva.
DE LA MESA AL BURO
La doctora Nicole Spaun, de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) de Estados Unidos, junto a la Unidad de Tecnología Operacional/Unidad de Análisis de Video, Imágenes y Audio Forense, ha utilizado por años protocolos de análisis de imágenes para determinar la estatura individual con alto nivel de precisión. La fotogrametría es una de las técnicas más empleadas y hoy en día es apoyada por la omnipresencia de pantallas digitales. Inferir la estatura de un sujeto por este método ha sido tan eficaz que el análisis forma parte de los procedimientos federales de nuestra América. Se trata de un método simple, indirecto, y casi exacto.
Usted quizás haya visto en algunas agencias bancarias un tallímetro cerca de donde se obtiene el dinero. Cuando se producen asaltos y quedan fotos o videos, las imágenes sirven también para inferir la estatura, casi exacta, del atracador. Esto puede exonerar de cargos a algunos e inculpar al sospechoso. Se trata de un método respaldado por casos precedentes, numerosos legos y expertos en criminología. Se basa en fotogramas. Esencialmente es el uso de un objeto, del cual conocemos sus medidas, y que aparece en la fotografía. Así, es posible analizar sobre la imagen cuánto miden otras cosas y personas alrededor usando las medidas del objeto conocido como medidor o patrón. Igualmente en los centros médicos se ha usado el colocar una regla junto al paciente cuando se le toman radiografías. Una vez revelada la imagen, se usa la regla fotografiada en el film para saber el tamaño de un tumor, un quiste o cualquier otra anomalía; por supuesto, ya hoy las computadoras nos ahorran la artesanía de aquellos métodos originales de fotogrametría analítica desplazados por softwares arrogantemente inequívocos.
PIXELES Y TAMPA
Una foto de Martí con los tabaqueros de Tampa abrió el diafragma de una investigación prometedora. La daguerrotipia del héroe de Dos Ríos (cortesía de University of South Florida Historical Photography Collection) fue hecha en 1893, mientras se encontraba de pie junto a una muchedumbre de torcedores, exiliados y conspiradores por la libertad. Niños algunos, posan orondos sobre una escalera de hierro que ha sobrevivido más de una centuria. Allí, en el número 1998 Avenida República de Cuba, en Ybor City, duerme inmutable el patrón de acero; quizás la única clave, palpable, de la estatura física de un hombre que siguió creciendo después de su caída.
Se hizo preciso llegar a los escalones perdidos en el tiempo. Antes del viaje a Tampa hubo una revisión minuciosa de la fotografía original para determinar de antemano qué parte del molde de metal se utilizaría. Se estudió cuidadosamente la instantánea: Martí posa de cuerpo entero sobre el décimo escalón, en el tope del macizo. Usando una computadora se determinó la posición del pie izquierdo del apóstol cubano. Su figura es continua, ascendente; la pierna izquierda; el tronco; los brazos y la cabeza. El paso subsiguiente fue encontrar en la imagen una porción de la escalera que se pudieran localizar también en el sitio actual: un dato sólido, de hierro. Se excluyó la base. Accidentes, óxido, y erosión podrían alterar las mediciones.
La escalera, casi piramidal, se orienta ascendente, de este a oeste. Se midieron dos de los adornos del herraje icónico. Cuarto escalón del frente, orificio 12 desde el lado sur, y quinto escalón, del frente también, en el orificio 10 desde el lado sur. Los orificios ornamentales estudiados son prominentes, hexagonales, y se hallan próximos a las férreas junturas.
El que se halla sobre el quinto escalón aparece claro en la foto de Martí. Comprobamos que no mostrara signos grosos de alteración, soldaduras, pegostes de pintura o reparaciones recientes. Se observaron sólo algunas burbujas de oxidación. Se tomaron fotografías comparativas y se vio que el pórtico había cambiado notablemente desde la foto antigua, no así los ornamentos de acero. Steve Rajtar, en su libro A Guide to Historic Tampa (Guía de la Tampa Histórica), cuenta que el techito y las columnas originales fueron desmantelados y llevados a Cuba. Según el documento oficial FL-270, de Historic American Buildings Survey, de 1973, la superficie de los escalones también fue trasladada a la isla después de la guerra de independencia; sin embargo, la escalera de hierro se ha aferrado a Tampa y jamás se ha movido de su base.
MESURADO
Para mayor precisión se empleó una cinta métrica médica y un calibrador de electrocardiogramas que asemeja un compás de dos puntas. Dos áreas fueron comparadas entre si. La diferencia fue de 1.6 milimetros en su mayor diámetro. Se trata de una estructura de hierro fundido en un molde que se repite a lo largo, escalón tras escalón. Toda una obra viva gracias a los ciudadanos de Tampa y a su benefactor, el “Señor Ybor”.
Este edificio de rojos ladrillos, llegó a ser la mayor fábrica de tabacos del mundo. El Club de Rotarios le construyó una lápida en 1950 donde reza: “Desde esta escalinata, en 1893, el apóstol de la libertad de Cuba, con elocuentes palabras, pidió a los tabaqueros cubanos emigrados, que le ayudasen a conquistar la independencia de su país, aportando hombres, armas y dinero”.
La medida del hexágono de hierro se multiplicó por las veces que el adorno se podía superponer a la imagen del héroe nacional en la foto histórica. La conclusión es una: José Julián Martí Pérez medía aproximadamente 167.5 centímetros (5.49 pies, 65.94 pulgadas) de estatura en 1893. El rango de error es estimado entre 5 y 10 milímetros. Es evidente que Martí no está descalzo, ni se le pidió que se mantuviera derecho y con la cabeza erguida; pero su físico y sus 40 años, fueron suficientes para evidenciar su estatura aproximada.
El resultado de esta investigación coincide con la estatura del apóstol según el pintor Federico Edelman, quien aseveró, luego de un dibujo a creyón, con el Héroe Nacional de Cuba posando frente a él, que Martí tenía unos 5.5 pies (167cm) y pesaba unas 140 libras (63.6 kg). Durante la autopsia hecha por el doctor Pablo Valencia, en 1895, luego de su caída en Dos Ríos, se describió el cadáver como uno “de estatura regular” todo lo cual confirma esta investigación. Sólo entonces puedo darme cuenta de que aquel hombre contemplativo sobre la escalera, debió ser el imán de los libertadores. A su decir propio “...Los hombres crecen, crecen físicamente, de una manera visible crecen, cuando aprenden algo, cuando entran a poseer algo, y cuando han hecho algún bien...”

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sábado, 10 de mayo de 2014

 
 


EL  CASTRISMO  TERGIVERSA  EL  PENSAMIENTO  MARTIANO
Aunque el castrismo es la negación de la vida y obra de José Martí, la eficiente maquinaria publicitaria de la tiranía de los hermanos Castro -que tiene en los estalinistas que anidan en la izquierda mundial a sus principales papagayos y cheerleaders-, pretende hacernos creer que el régimen militar es martiano y marxista. La lectura de los textos de Martí demuestra fehacientemente que esa es una vil mentira.
 
Aunque el portal http://www.josemarti.cu/ expresa que “está destinado a divulgar la vida y la obra de José Martí Pérez (1853-1895), el más genial y universal de los pensadores cubanos”, no se encuentra su artículo La futura esclavitud -escrito en 1884-, donde Martí vislumbró el régimen de oprobio que padece Cuba:
 
“De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, irá a ser esclavo de los funcionarios”.
 
La futura esclavitud es un análisis que José Martí hizo del ensayo La esclavitud futura, escrito por el filósofo y sociólogo británico Herbert Spencer (1820-1903), donde coincide con él en su mayor parte. Martí nos dice:
 
“Teme Spencer, no sin fundamento, que al Ilegar a ser tan varia, activa y dominante la acción del Estado, habría este de imponer considerables cargas a la parte de la nación trabajadora en provecho de la parte páupera (…) Todo el poder que iría adquiriendo la casta de funcionarios, ligados por la necesidad de mantenerse en una ocupación privilegiada y pingüe, lo iría perdiendo el pueblo, que no tiene las mismas razones de complicidad en esperanzas y provechos, para hacer frente a los funcionarios enlazados por intereses comunes”.
 
Martí pronosticó:
 
“El funcionarismo autocrático abusará de la plebe cansada y trabajadora. Lamentable será, y general, la servidumbre”. Los invito al pueblo panameño a leer La futura esclavitud (Obras Completas, tomo XV). Como la praxis es el criterio de la verdad, le sugiero al lector que no comprenda lo que expresa Martí en La futura esclavitud, a que viva por un mes entre los trabajadores cubanos; además de entenderlo, podrá comprobar la deplorable situación socioeconómica en que el castrismo ha sumido al pueblo de la otrora Perla del Caribe.
 
Exhorto a todos los pueblos a que tengan siempre presente las palabras escritas por Martí con motivo de la muerte de Marx, publicadas en el periódico La Nación, de Buenos Aires, Argentina:
 
“Ved esta gran sala. Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles, merece honor. Pero no hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando al daño. Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres. Indigna el forzoso abestiamiento de unos hombres en provecho de otros. Mas, se ha de hallar salida a la indignación, de modo que la bestia cese, sin que se desborde, y espante”.
 
José Martí termina con una alerta su artículo hecho con motivo de la muerte de Marx: “Suenan músicas, resuenan coros, pero se nota que no son los de la paz”.
 
Toda persona honesta debiera denunciar que la obra martiana es censurada por el régimen militar que tiraniza al pueblo cubano desde hace medio siglo. 
La futura esclavitud
José Martí Pérez
 
La Futura Esclavitud se llama este tratado de Herbert Spencer. Esa futura esclavitud, que a manera de ciudadano griego que contaba para poco con la gente baja, estudia Spencer, es el socialismo. Todavía se conserva empinada y como en ropas de lord la literatura inglesa; y este desdén y señorío, que le dan originalidad y carácter, la privan, en cambio, de aquella más deseable influencia universal a que por la profundidad de su pensamiento y melodiosa forma tuviera derecho. Quien no comulga en el altar de los hombres, es justamente desconocido por ellos.
 
¿Cómo vendrá a ser el socialismo, ni cómo éste ha de ser una nueva esclavitud? Juzga Spencer como victorias crecientes de la idea socialista, y concesiones débiles de los buscadores de popularidad, esa nobilísima tendencia, precisamente para hacer innecesario el socialismo, nacida de todos los pensadores generosos que ven como el justo descontento de las clases llanas les lleva a desear mejoras radicales y violentas, y no hallan más modo natural de curar el daño de raíz que quitar motivo al descontento. Pero esto ha de hacerse de manera que no se trueque el alivio de los pobres en fomento de los holgazanes; y a esto sí hay que encaminar las leyes que tratan del alivio, y no a dejar a la gente humilde con todas sus razones de revuelta.
 
So pretexto de socorrer a los pobres –dice Spencer– sácanse tantos tributos, que se convierte en pobres a los que no lo son. La ley que estableció el socorro de los pobres por parroquias hizo mayor el número de pobres. La ley que creó cierta prima a las madres de hijos ilegítimos, fue causa de que los hombres prefiriesen para esposas estas mujeres a las jóvenes honestas, porque aquellas les traían la prima en dote. Si los pobres se habitúan a pedirlo todo al Estado, cesarán a poco de hacer esfuerzo alguno por su subsistencia, a menos que no se los allane proporcionándoles labores el Estado. Ya se auxilia a los pobres en mil formas. Ahora se quiere que el gobierno les construya edificios. Se pide que así como el gobierno posee el telégrafo y el correo, posea los ferrocarriles. El día en que el Estado se haga constructor, cree Spencer que, como que los edificadores sacarán menos provecho de las casas, no fabricarán, y vendrá a ser el fabricante único el Estado; el cual argumento, aunque viene de arguyente formidable, no se tiene bien sobre sus pies. Y el día en que se convierta el Estado en dueño de los ferrocarriles, usurpará todas las industrias relacionadas con estos, y se entrará a rivalizar con toda la muchedumbre diversa de industriales; el cual raciocinio, no menos que el otro, tambalea, porque las empresas de ferrocarriles son pocas y muy contadas, que por sí mismas elaboran los materiales que usan. Y todas esas intervenciones del Estado las juzga Herbert Spencer como causadas por la marea que sube, e impuestas por la gentualla que las pide, como si el loabilísimo y sensato deseo de dar a los pobres casa limpia, que sanea a la par el cuerpo y la mente, no hubiera nacido en los rangos mismos de la gente culta, sin la idea indigna de cortejar voluntades populares; y como si esa otra tentativa de dar los ferrocarriles al Estado no tuviera, con varios inconvenientes, altos fines moralizadores; tales como el de ir dando de baja los juegos corruptores de la bolsa, y no fuese alimentada en diversos países, a un mismo tiempo, entre gentes que no andan por cierto en tabernas ni tugurios.
 
Teme Spencer, no sin fundamento, que al llegar a ser tan varia, activa y dominante la acción del Estado, habría este de imponer considerables cargas a la parte de la nación trabajadora en provecho de la parte páupera. Y es verdad que si llegare la benevolencia a tal punto que los páuperos no necesitasen trabajar para vivir —a lo cual jamás podrán llegar—, se iría debilitando la acción individual, y gravando la condición de los tenedores de alguna riqueza, sin bastar por eso a acallar las necesidades y apetitos de los que no la tienen. Teme además el cúmulo de leyes adicionales, y cada vez más extensas, que la regulación de las leyes anteriores de páuperos causa; pero esto viene de que se quieren legislar las formas del mal, y curarlo en sus manifestaciones; cuando en lo que hay que curarlo es en su base, la cual está en el enlodamiento, agusanamiento y podredumbre en que viven las gentes bajas de las grandes poblaciones, y de cuya miseria —con costo que no alejaría por cierto del mercado a constructores de casas de más rico estilo, y sin los riesgos que Spencer exagera— pueden sin duda ayudar mucho a sacarles las casas limpias, artísticas, luminosas y aireadas que con razón se trata de dar a los trabajadores, por cuanto el espíritu humano tiene tendencia natural a la bondad y a la cultura, y en presencia de lo alto, se alza, y en la de lo limpio, se limpia. A más que, con dar casas baratas a los pobres, trátase sólo de darles habitaciones buenas por el mismo precio que hoy pagan por infectas casucas.
 
Puesto sobre estas bases fijas, a que dan en la política inglesa cierta mayor solidez las demandas exageradas de los radicales y de la Federación Democrática, construye Spencer el edificio venidero, de veras tenebroso, y semejante al de los peruanos antes de la conquista y al de la Galia cuando la decadencia de Roma, en cuyas épocas todo lo recibía el ciudadano del Estado, en compensación del trabajo que para el Estado hacía el ciudadano.
 
Henry George anda predicando la justicia de que la tierra pase a ser propiedad de la nación; y la Federación Democrática anhela la formación de “ejércitos industriales y agrícolas conducidos por el Estado”. Gravando con más cargas, para atender a las nuevas demandas, las tierras de poco rendimiento, vendrá a ser nulo el de estas, y a tener menos frutos la nación, a quien en definitiva todo viene de la tierra, y a necesitarse que el Estado organice el cultivo forzoso. Semejantes empresas aumentarían de terrible manera la cantidad de empleados públicos, ya excesiva. Con cada nueva función, vendría una casta nueva de funcionarios. Ya en Inglaterra, como en casi todas partes, se gusta demasiado de ocupar puestos públicos, tenidos como más distinguidos que cualesquiera otros, y en los cuales se logra remuneración amplia y cierta por un trabajo relativamente escaso; con lo cual claro está que el nervio nacional se pierde. ¡Mal va un pueblo de gente oficinista!
 
Todo el poder que iría adquiriendo la casta de funcionarios, ligados por la necesidad de mantenerse en una ocupación privilegiada y pingüe, lo iría perdiendo el pueblo, que no tiene las mismas razones de complicidad en esperanzas y provechos, para hacer frente a los funcionarios enlazados por intereses comunes. Como todas las necesidades públicas vendrían a ser satisfechas por el Estado, adquirirían los funcionarios entonces la influencia enorme que naturalmente viene a los que distribuyen algún derecho o beneficio. El hombre que quiere ahora que el Estado cuide de él para no tener que cuidar él de sí, tendría que trabajar entonces en la medida, por el tiempo y en la labor que pluguiese al Estado asignarle, puesto que a este, sobre quien caerían todos los deberes, se darían naturalmente todas las facultades necesarias para recabar los medios de cumplir aquellos. De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, iría a ser esclavo de los funcionarios. Esclavo es todo aquel que trabaja para otro que tiene dominio sobre él; y en ese sistema socialista dominaría la comunidad al hombre, que a la comunidad entregaría todo su trabajo. Y como los funcionarios son seres humanos, y por tanto abusadores, soberbios y ambiciosos, y en esa organización tendrían gran poder, apoyados por todos los que aprovechasen o esperasen aprovechar de los abusos, y por aquellas fuerzas viles que siempre compra entre los oprimidos el terror, prestigio o habilidad de los que mandan, este sistema de distribución oficial del trabajo común llegaría a sufrir en poco tiempo de los quebrantos, violencias, hurtos y tergiversaciones que el espíritu de individualidad, la autoridad y osadía del genio, y las astucias del vicio originan pronta y fatalmente en toda organización humana. “De mala humanidad —dice Spencer— no pueden hacerse buenas instituciones.” La miseria pública será, pues, con semejante socialismo a que todo parece tender en Inglaterra, palpable y grande. El funcionarismo autocrático abusará de la plebe cansada y trabajadora. Lamentable será, y general, la servidumbre.
 
Y en todo este estudio apunta Herbert Spencer las consecuencias posibles de la acumulación de funciones en el Estado, que vendrían a dar en esa dolorosa y menguada esclavitud; pero no señala con igual energía, al echar en cara a los páuperos su abandono e ignominia, los modos naturales de equilibrar la riqueza pública dividida con tal inhumanidad en Inglaterra, que ha de mantener naturalmente en ira, desconsuelo y desesperación a seres humanos que se roen los puños de hambre en las mismas calles por donde pasean hoscos y erguidos otros seres humanos que con las rentas de un año de sus propiedades pueden cubrir a toda Inglaterra de guineas.
 
Nosotros diríamos a la política: ¡Yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca yerra.
 
Nueva York, abril de 1884.
 
Tomado de las Obras Completas, tomo 15, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, páginas 388-392.
TOMADO DE:  http://profesorcastro.jimdo.com/tergiversar-a-mart%C3%AD/