lunes, 27 de enero de 2014



JOSÉ MARTÍ

BIOGRAFÍA

José Martí nació el 28 de enero de 1853 en la Habana, Cuba. Sus padres fueron Mariano Martí Navarro, procedente de Valencia y Leonor Pérez Cabrera, canaria, de Santa Cruz de Tenerife.
Fue al colegio de San Anacleto, dirigido por Rafael Sixto Casado y una vez aprendió a leer se cambió a la Escuela Municipal de Varones, donde se encontró con don Rafael María de Mendive, que frente a las restricciones paternas se hizo cargo de la educación de Martí, costeándole los gastos del bachillerato. Mendive, educador y poeta, se convirtió en su segundo padre e imprimió en él una marca para toda su vida.
En 1868, año en que se produce el Grito de Yara, comenzó a colaborar en un periódico con intenciones políticas independentistas, lo que provocó su ingreso en prisión y más tarde su destierro a España, donde continuó sus estudios. Se estableció en Madrid y en 1871 publicó "El presidio político en Cuba", su primera obra en prosa. En 1873 se trasladó a Zaragoza donde estuvo 16 meses y consiguió licenciarse brillantemente en Derecho. En los posteriores cuatro meses se dedicó a terminar su licenciatura en Filosofía y Letras.
Al año siguiente viajó a París, donde conoció a Víctor Hugo y a Augusto Bacquerie. En este viaje terminó desembarcando en Veracruz, Méjico, donde estuvo durante dos años. Este período es trascendental en la vida de José Martí: comenzó a conocer la grandeza del pasado indígena y la del colonial, y contrajo matrimonio con Carmen Zayas Bazán, aunque su verdadero amor fue María García Granado, fuente de inspiración en sus poemas.
Con la paz de Zanjón, en 1878, regresó a la Habana donde tuvo un hijo con Carmen y un año después vuelve a salir deportado hacia España (1879). Allí siente nostalgia de su hijo y publica Ismaelillo y Versos libres.
Al año siguiente (1880) vuelve a América y se establece en Nueva York, desde donde planea y organiza la liberación de su país. Allí su fama crece, Argentina , Uruguay y Paraguay le confían su representación consular en la gran urbe norteamericana; pronuncia discursos, escribe artículos y versos, conspira, lucha , funda la Liga Patriótica y redacta las Bases del Partido Revolucionario Cubano. Por supuesto, su actividad política no impidió que continuara su labor poética: en 1891 escribe Versos Sencillos.
En los años siguientes su vida de conspirador es de una constante agitación y en 1895, cuando los patriotas cubanos se levantan, embarca en Cabo Haitiano, después de haber suscrito con Máximo Gómez el Manifiesto de Montecristi. El 19 de mayo de ese mismo año, en la acción de Dos Píos, una bala le alacanzó y segó la vida del héroe cubano en plena madurez.
Jose Martí fue un romántico por su inspiración y rebeldía, un precursor del Modernismo por sus gustos e inquietudes y por las cualidades de su prosa, un orador de gran altura, el caudillo de un pueblo al que entregó su inteligencia, su voluntad y su vida.

SU OBRA 
La personalidad poética de Martí se rebela con plenitud a partir de 1882, año en que escribe Versos Libres, y se reafirma en Ismaelillo y en Versos Sencillos (1891). El primero es el franco paso al frente, hacia la expresión poética sin encadenamiento al pasado, de profundo sentido de libertad en todo, en sus ideas y en su métrica, formada por "endecasílabos hirsutos" como él mismo los llamaba.
Ismaelillo, escrito en asonante, es un canto al hijo y para el hijo, y desprende un candor que impresiona. Son versos que rebosan ternura, sutileza, sinceridad; octosílabos mostrando una frescura genuina, evocando a veces las asonancias del Romancero.

En prosa destaca Amistad funesta, donde más se acerca al Modernismo. Sus discursos, sus ensayos, sus cronicas, sus impresiones de viaje, sus páginas críticas acusan una brillantez, un poder imaginativo, una técnica en la que se mezclan símbolos, imágenes, giros que se apartan por completo de la orilla romántica y penetran ya en otros ritmos y otra suerte de reacción emotiva, que colinda más con el estilo que ha de distinguir la prosa de Darío (Parnasianismo y Simbolismo) que con la línea que hasta entonces proporcionó fisonomía a la literatura del siglo XIX (Romanticismo y Realismo).

SELECCIÓN DE FRAGMENTOS

De "Ismaelillo"
Dedicatoria

Hijo:
Espantado de todo, me refugio en ti.
Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti.
Si alguien te dice que estas páginas se parecen a otras páginas, diles que te amo demasiado para profanarte así. Tal como aquí te pinto, tal te han visto mis ojos. Con esos arreos de gala te me has aparecido. Cuando he cesado de verte en una forma, he cesado de pintarte. Estos riachuelos han pasado por mi corazón..
!Lleguen al tuyo!

PRÍNCIPE ENANO
Para un príncipe enano
Se hace esta fiesta.
Tiene guedejas rubias,
Blandas guedejas;
Por sobre el hombro blanco
Luengas le cuelgan.
Sus dos ojos parecen
Estrellas negras:
¡Vuelan, brillan, palpitan,
Relampaguean!
Él para mí es corona,
Almohada, espuela,
Mi mano, que así embrida
Potros y hienas,
Va, mansa y obediente,
Donde él la lleva.
Si el ceño frunce, temo;
Si se me queja,
Cual de mujer, mi rostro
Nieve se trueca;
Su sangre, pues, anima
Mis flacas venas:
¡Con su gozo mi sangre
Se hincha, o se seca!
Para un príncipe enano
Se hace esta fiesta.

¡Venga mi caballero
Por esta senda!
¡Éntrese mi tirano
Por esta cueva!
Tal es, cuando a mis ojos
Su imagen llega,
Cual si en lóbrego antro
Pálida estrella,
Con fulgores de ópalo,
Todo vistiera.
A su paso la sombra
Matices muestra,
Como al sol que las hiere
Las nubes negras.
¡Heme ya, puesto en armas,
En la pelea!
Quiere el príncipe enano
Que a luchar vuelva:
¡Él para mí es corona,
Almohada, espuela!
Y como el sol, quebrando
Las, nubes negra,
En banda de colores
La sombra trueca,—
Él, al tocarla, borda
En la onda espesa,
Mi banda de batalla
Roja y violeta.
¿Conque mi dueño quiere
Que a vivir vuelva?
¡Venga mi caballero
Por esta senda!
¡Éntrese mi tirano
Por esta cueva!
¡Déjeme que la vida
A él, a él le ofrezca!
Para un príncipe enano
Se hace esta fiesta.


Musa traviesa

Mi musa? Es un diablillo Contándolo, me inunda
Con ala de ángel. Un gozo grave:-
!Ah, musilla traviesa, Y cual si el monte alegre,
Qué vuelo trae! Queriendo holgarse
Al alba enamorando
Yo suelo, caballero Con voces ágiles,
En sueños graves, Sus hilillos sonoros
Cabalgar horas luengas Desanudase,
Sobre los aires. Y salpicando riscos,
Me entro en nubes rosadas, Labrando esmaltes,
Bajo a hondos mares, Refrescando sedientas
Y en los senos eternos Cálidas cauces,
Hago viajes. Echáralos risueños
Allí asisto a la inmensa Por falda y valle, -
Boda inefable, Así, al alba del alma
Y en los talleres huelgo Regocijándose,
De la luz madre: Mi espíritu encendido
Y con ella es la oscura Me echa a raudales
Vida, radiante, Por las mejillas secas
Y a mis ojos los antros Lágrimas suaves.
Son nidos de ángeles! Me siento, cual si en magno
Al viajero del cielo Templo oficiase:
¿Qué el mundo frágil? Cual si mi alma por mirra
Pues, ¿no saben los hombres Virtiese al aire;
Qué encargo traen? Cual si en mi hombro surgieran
!Rasgarse el bravo pecho, Fuerzas de Atlante;
Vaciar su sangre, Cual si el sol en mi seno
Y andar, andar heridos La luz fraguase: -
Muy largo valle, !Y estallo, hiervo, vibro,
Roto el cuerpo en harapos, Alas me nacen!
Los pies en carne,
Hasta dar sonriendo Suavemente la puerta
-!No en tierra!- exánimes! Del cuarto se abre,
Y entonces sus talleres Y éntranse a él gozosos
La luz les abre, Luz, risas, aire.
Y ven lo que yo veo: Al par da el sol en mi alma
¿Qué el mundo frágil? Y en los cristales:
Seres hay de montaña, !Por la puerta se ha entrado
seres de valle, Mi diablo ángel!
Y seres de pantanos ¿Qué fue de aquellos sueños,
Y lodazales. De mi viaje,
Del papel amarillo,
De mis sueños desciendo, Del llanto suave?
Volando vanse, Cual si de mariposas
Y en papel amarillo Tras gran combate
Cuento el viaje. Volaran alas de oro

Por tierra y aire, Mis libros lance,
Así vuelan las hojas Y siéntese magnífico
Do cuento el trance. Sobre el desastre,
Hala acá el travesuelo Y muéstreme riendo,
Mi paño árabe; Roto el encaje-
Allá monta en el lomo -!Qué encaje no se rompe
De un incunable; En el combate!-
Un carcax con mis plumas Su cuello, en que la risa
Fabrica y átase; Gruesa onda hace!
Un sílex persiguiendo Venga, y por cauce nuevo
Vuelca un estante, Mi vida lance,
Y !allá ruedan por tierra Y a mis manos la vieja
Versillos frágiles, Péñola arranque,
Brumosos pensadores, Y del vaso manchado
Lópeos galanes! La tinta vacie!
De águilas diminutas !Vaso puro de nácar:
Puéblase el aire: Dame a que harte
!Son las ideas, que ascienden, Esta sed de pureza:
Rotas sus cárceles! Los labios cánsame!
¿Son éstas que lo envuelven
Del muro arranca, y cíñese, Carnes, o nácares?
Indio plumaje: La risa, como en taza
Aquella que me dieron De ónice árabe,
De oro brillante, En su incólume seno
Pluma, a marcar nacida Bulle triunfante:
Frentes infames, !Hete aquí, hueso pálido,
De su caja de seda Vivo y durable!
Saca, y la blande: Hijo soy de mi hijo!
Del sol a los requiebros El me rehace!
Brilla el plumaje,
Que baña en aúreas tintas Pudiera yo, hijo mío,
Su audaz semblante. Quebrando el arte
De ambos lados el rubio Universal, muriendo
Cabello al aire, Mis años dándote,
A mí súbito viénese Envejecerte súbito,
A que lo abrace. La vida ahorrarte!-
De beso en beso escala Mas no: que no verías
Mi mesa frágil; En horas graves
!Oh, Jacob, mariposa, Entrar el sol al alma
Ismaëlillo, árabe! Y a los cristales!
¿Qué ha de haber que me guste Hierva en tu seno puro
Como mirarle Risa asonante:
De entre polvo de libros Rueden pliegues abajo
Surgir radiante, Libros exangës:
Y, en vez de acero, verle Sube, Jacob alegre,
De pluma armarse, La escala suave:
Y buscar en mis brazos Ven, y de beso en beso
Tregua al combate? Mi mesa asaltes:-
Venga, venga Ismaelillo: !Pues ésa es mi musilla,
La mesa asalte, Mi diablo ángel!
Y por los anchos pliegues !Ah, musilla traviesa,
Del paño árabe Qué vuelo trae!
En rota vergonzosa


Penachos vívidos

Como taza en que hierve Ora en carreras locas,
De transparente vino O en sonoros relinchos,
En doradas burbujas O sacudiendo el aire
El generoso espíritu; El crinaje magnífico;-
Como inquieto mar joven Asi mis pensamientos
Del cauce nuevo henchido Rebosan en mí vividos,
Rebosa, y por las playas Y en crespa espuma de oro
Bulle y muere tranquilo; Besan tus pies sumisos,
O en fúlgidos penachos
Como manada alegre De varios tintes ricos,
De bellos potros vivos Se mecen y se inclinan
Que en la mañana clara Cuando tú pasas -hijo!
Muestran su regocijo,


Valle lozano

Dígame mi labriego Otros, con dagas grandes
¿Cómo es que ha andado Mi pecho araron:
En esta noche lóbrega Pues, ¿qué hierro es el tuyo
Este hondo campo? Que no hace daño?
Dígame de qué flores Y esto dije -y el niño
Untó el arado Riendo me trajo
Que la tierra olorosa En sus dos manos blancas
Trasciende a nardos? Un beso casto.
Dígame de qué ríos
Regó ese prado,
Que era un valle muy negro
Y ora es lozano?



Versos libres

Hierro
Ganado tengo el pan: hágase el verso,-
Y en su comercio dulce se ejercite
La mano, que cual prófugo perdido
Entre oscuras malezas, o quien lleva
A rastra enorme peso, andaba ha poco
Sumas hilando y revolviendo cifras.
Bardo ¿consejo quieres? Pues descuelga
de la pálida espalda ensangrentada
El arpa dívea, acalla los sollozos
Que a tu garganta como mar en furia
Se agolparán, y en la madera rica
Taja plumillas de escritorio y echa
Las cuerdas rotas al movible viento.
¡ Oh alma!, ¡oh, alma buena! ¡mal oficio
Tienes!: ¡póstrate, calla, cede, lame
Manos de potentado, ensalza, excusa
Defectos, tenlos –que es mejor manera
De excusarlos, y mansa y temerosa
Vicios celebra, encumbra vanidades:
Verás entonces, alma, cuál se trueca
En plato de oro rico tu desnudo
Plato de pobre!
Pero guarda ¡oh alma!
¡Que usan los hombres hoy oro empañado!
Ni de esos cures, que fabrican de oro
Sus joyas el bribón y el barbilindo:
Las armas no, -las armas son de hierro!
Mi mal es rudo: la ciudad lo encona:
Lo alivia el campo inmenso: ¡otro más vasto
Lo aliviará mejor! –Y las oscuras
Tardes me atraen, cual si mi patria fuera
La dilatada sombra.
Era yo niño-
Y con filial amor miraba al cielo,
¡Cuán pobre a mi avaricia el descuidado
Cariño del hogar! ¡Cuán tristemente
Bañado el rostro ansioso en llanto largo
Con mis ávidos ojos perseguía
La madre austera, el padre pensativo
Sin que jamás los labios ardorosos
Del corazón voraz la sed saciasen.
¡ Oh verso amigo,
Muero de soledad, de amor me muero!
No de vulgar amor; estos amores
Envenenan y ofuscan: no es hermosa
La fruta en la mujer, sino la estrella
La tierra ha de ser luz, y todo vivo
Debe en torno de sí dar lumbre de astro.
¡ oh, estas damas de muestra ¡ ¡oh, estas copas
de carne! ¡oh, estas siervas, ante el dueño
que las ennjoya y que las nutre echadas!
¡ te digo, oh verso, que los dientes duelen
de comer de esta carne!
Es de inefable
Amor del que yo muero, -del muy dulce
Menester de llevar, como se lleva
Un niño tierno en las cuidadosas manos,
Cuanto de bello y triste ven mis ojos.
Del sueño, que las fuerzas no repara
Sino de los dichosos, y a los tristes
El duro humor y la fatiga aumenta,
Salto, al Sol, como un ebrio. Con las manos
Mi frente oprimo, y de los turbios ojos
Brota raudal de lágrimas. ¡ Y miro
El Sol tan bello y mi desierta alcoba,
Y mi virtud inútil, y las fuerzas
Que cual tropel famélico de hirsutas
Fieras saltan de mí buscando empleo;
Y el aire hueco palpo, y en el muro
Frío y desnudo el cuerpo vacilante
Apoyo, y en el cráneo estremecido
En agonía flota el pensamiento,
Cual leño de bajel despedazado
Que el mar en furia a playa ardiente arroja!
¡ Y echo a andar, como un muerto que camina,
Loco de amor, de soledad, de espanto!
¡Amar, agobia! ¡es tósigo el exceso
de amor! Y la prestada casa oscila
Cual barco en tempestad: en el destierro
Naúfrago es todo hombre, y toda casa
Inseguro bajel, al mar vendido!

¡Sólo las flores del paterno prado
Tienen olor! ¡Sólo las seibas patrias
Del sol amparan! Como en vaga nube
Por suelo extraño se anda; las miradas
Injurias nos parecen, y el sol mismo,
¡Más que en grato calor, enciende en ira!
¡No de voces queridas puebla el eco
los aires de otras tierras: y no vuelan
del arbolar espeso entre las ramas
los pálidos espíritus amados!
De carne viva y profanadas frutas
Viven los hombres, -¡ay! mas el proscripto
¡ De sus entrañas propias se alimenta!
¡ Tiranos: desterrad a los que ancalzan
el honor de vuestro odio: ya son muertos!
Valiera más ¡ oh barbaros! que al punto
De arrebatarlos al hogar, hundiera
En lo más hondo de su pecho honrado
Vuestro esbirro más cruel su hoja más dura!
Grato es morir, horrible, vivir muerto.
Mas no! mas no! La dicha es una prenda
De compasión de la fortuna al triste
Que no sabe domarla: a sus mejores
Hijos desgracias da naturaleza:
Fecunda el hierro al llano, el golpe al hierro!

Canto de otoño
Bien; ya lo sé!: -la muerte está sentada
A mis umbrales: cautelosa viene,
Porque sus llantos y su amor no apronten
En mi defensa, cuando lejos viven
Padres e hijo.-al retornar ceñudo
De mi estéril labor, triste y oscura,
Con que a mi casa del invierno abrigo,
De pie sobre las hojas amarillas,
En la mano fatal la flor del sueño,
La negra toca en alas rematada,
Ávido el rostro, - trémulo la miro
Cada tarde aguardándome a mi puerta
En mi hijo pienso, y de la dama oscura
Huyo sin fuerzas devorado el pecho
De un frenético amor! Mujer más bella
No hay que la muerte!: por un beso suyo
Bosques espesos de laureles varios,
Y las adelfas del amor, y el gozo
De remembrarme mis niñeces diera!
...Pienso en aquél a quien el amor culpable
trajo a vivir, - y, sollozando, esquivo
de mi amada los brazos: - mas ya gozo
de la aurora perenne el bien seguro.
Oh, vida, adios: - quien va a morir, va muerto.
Oh, duelos con la sombra: oh, pobladores
Ocultos del espacio: oh formidables
Gigantes que a los vivos azorados
Mueren, dirigen, postran, precipitan!
Oh, cónclave de jueces, blandos sólo
A la virtud, que nube tenebrosa,
En grueso manto de oro recogidos,
Y duros como peña, aguardan torvos
A que al volver de la batalla rindan
-como el frutal sus frutos-
de sus obras de paz los hombres cuenta,
de sus divinas alas!... de los nuevos
árboles que sembraron, de las tristes
lágrimas que enjugaron, de las fosas
que a los tigres y vívoras abrieron,
y de las fortalezas eminentes
que al amor de los hombres levantaron!
¡esta es la dama, el Rey, la patria, el premio
apetecido, la arrogante mora
que a su brusco señor cautiva espera
llorando en la desierta espera barbacana!:
este el santo Salem, este el Sepulcro
de los hombres modernos:-no se vierta
más sangre que la propia! No se bata
sino al que odia el amor! Únjase presto
soldados del amor los hombres todos!:
la tierra entera marcha a la conquista
De este Rey y señor, que guarda el cielo!
...Viles: el que es traidor a sus deberes.
Muere como traidor, del golpe propio
De su arma ociosa el pecho atravesado!
¡Ved que no acaba el drama de la vida
En esta parte oscura! ¡Ved que luego
Tras la losa de mármol o la blanda
Cortina de humo y césped se reanuda
El drama portentoso! ¡y ved, oh viles,
Que los buenos, los tristes, los burlados,
Serán een la otra parte burladores!
Otros de lirio y sangre se alimenten:
¡Yo no! ¡yo no! Los lóbregos espacios
rasgué desde mi infancia con los tristes
Penetradores ojos: el misterio
En una hora feliz de sueño acaso
De los jueces así, y amé la vida
Porque del doloroso mal me salva
De volverla a vivi. Alegremente
El peso eché del infortunio al hombro:
Porque el que en huelga y regocijo vive
Y huye el dolor, y esquiva las sabrosas
Penas de la virtud, irá confuso
Del frío y torvo juez a la sentencia,
Cual soldado cobarde que en herrumbre
Dejó las nobles armas; ¡y los jueces
No en su dosel lo ampararán, no en brazos
Lo encumbrarán, mas lo echarán altivos
A odiar, a amar y a batallar de nuevo
En la fogosa y sofocante arena!
¡Oh! ¿qué mortal que se asomó a la vida
vivir de nuevo quiere? ...
Puede ansiosa
La Muerte, pues, de pie en las hojas secas,
Esperarme a mi umbral con cada turbia
Tarde de Otoño, y silenciosa puede
Irme tejiendo con helados copos
Mi manto funeral.
No di al olvido
Las armas del amor: no de otra púrpura
Vestí que de mi sangre.
Abre los brazos, listo estoy, madre Muerte:
Al juez me lleva!
Hijo!...Qué imagen miro? qué llorosa
Visión rompe la sombra, y blandamente
Como con luz de estrella la ilumina?
Hijo!... qué me demandan tus abiertos
Brazos? A qué descubres tu afligido
Pecho? Por qué me muestran tus desnudos
Pies, aún no heridos, y las blancas manos
Vuelves a mí?
Cesa! calla! reposa! Vive: el padre
No ha de morir hasta que la ardua lucha
Rico de todas armas lance al hijo!-
Ven, oh mi hijuelo, y que tus alas blancas
De los abrazos de la muerte oscura
Y de su manto funeral me libren!

VERSOS SENCILLOS
I
Yo soy un hombre sincero
De donde crece la palma.
Y antes de morirme quiero
Echar mis versos del alma.
Yo vengo de todas partes,
Y hacia todas partes voy:
Arte soy entre las artes,
En los montes, monte soy.
Yo sé los nombres extraños
De las yerbas y las flores,
Y de mortales engaños,
Y de sublimes dolores.
Yo he visto en la noche oscura
Llover sobre mi cabeza
Los rayos de lumbre pura
De la divina belleza.
Alas nacer vi en los hombros
De las mujeres hermosas:
Y salir de los escombros
Volando las mariposas.
He visto vivir a un hombre
Con el puñal al costado,
Sin decir jamás el nombre
De aquella que lo ha matado.
Rápida, como un reflejo,
Dos veces vi el alma, dos:
Cuando murió el pobre viejo,
Cuando ella me dijo adiós.
Temblé una vez –en la reja,
A la entrada de la viña.—
Cuando la bárbara abeja
Picó en la frente a mi niña.
Gocé una vez, de tal suerte
Que gocé cual nunca: --cuando
La sentencia de mi muerte
Leyó el alcalde llorando.


Oigo un suspiro, a través
De las tierras y la mar,
Y no es un suspiro, --es
Que mi hijo va a despertar.
Si dicen que del joyero
Tome la joya mejor
Tomo a un amigo sincero
Y pongo a un lado el amor.
Yo he visto al águila herida
Volar al azul sereno,
Y morir en su guarida
La víbora del veneno.
Yo sé bien que cuando el mundo
Cede, lívido, al descanso,
Sobre el silencio profundo
Murmura el arroyo manso.
Yo he puesto la mano osada
De horror y júbilo yerta,
Sobre la estrella apagada
Que cayó frente a mi puerta.
Oculto en mi pecho bravo
La pena que me lo hiere:
El hijo de un pueblo esclavo
Vive por él, calla, y muere.
Todo es hermoso y constante,
Todo es música y razón,
Y todo, como el diamante,
Antes que luz es carbón.
Yo sé que el necio se entierra
Con gran lujo y con gran llanto,--
Y que no hay fruta en la tierra
Como la del camposanto.
Callo, y entiendo, y me quito
La pompa del rimador:
Cuelgo de un árbol marchito
Mi muceta de doctor



V
Si ves un monte de espumas,
Es mi verso lo que ves:
Mi verso es un monte, y es
Un abanico de plumas.
Mi verso es como un puñal
Que por el puño echa flor:
Mi verso es un surtidor
Que da un agua de coral.
Mi verso es de un verde claro
Y de un carmín encendido:
Mi verso es un ciervo herido
Que busca en el monte amparo.
Mi verso al valiente agrada:
Mi verso, breve y sincero,
Es del vigor del acero
Con que se funde la espada.

X
El alma trémula y sola
Padece al anochecer:
Hay baile; vamos a ver
La bailarina española.
Han hecho bien en quitar
El banderón de la acera;
Porque si está la bandera,
No sé, yo no puedo entrar.
Ya llega la bailarina:
Soberbia y pálida llega:
¿Cómo dicen que es gallega?
Pues dicen mal: es divina.
Lleva un sombrero torero
Y una capa carmesí:
¡Lo mismo que un alelí!
Que se pusiese un sombrero!
Se ve, de paso, la ceja,
Ceja de mora traidora:
Y la mirada, de mora:
Y como nieve la oreja.
Preludian, bajan la luz,
Y sale en bata y mantón,
La virgen de la Asunción
Bailando un baile andaluz.
Alza, retando, la frente;
Crúzase al hombre la manta:
En arco el brazo levanta:
Mueve despacio el pie ardiente.
Repica con los tacones
El tablado zalamera,
Como si la tabla fuera
Tablado de corazones.
Y va el convite creciendo
En las llamas de los ojos,
Y el manto de flecos rojos
Se va en el aire meciendo.
Súbito, de un salto arranca:
Húrtase, se quiebra, gira:
Abre en dos la cachemira,
Ofrece la bata blanca.
El cuerpo cede y ondea;
La boca abierta provoca;
Es un rosa la boca:
Lentamente taconea.
Recoge, de un débil giro,
El manto de flecos rojos:
Se va, cerrando los ojos,
Se va, como en un suspiro...
Baila muy bien la española;
Es blanco y rojo el mantón:
¡Vuelve, fosca a su rincón,
El alma trémula y sola!


XI
Yo tengo un paje muy fiel
Que me cuida y que me gruñe,
Y al salir, me limpia y bruñe
Mi corona de laurel.
Yo tengo un paje ejemplar
Que no come, que no duerme,
Y que se acurruca a verme
Trabajar, y sollozar.
Salgo, y el vil se desliza
Y en mi bolsillo aparece;
Vuelvo, y el terco me ofrece
Una taza de ceniza.
Si duermo, al rayar el día
Se sienta junto a mi cama:
Si escribo, sangre derrama
Mi paje en la escribanía.
Mi paje, hombre de respeto,
Al andar castañetea:
Hiela mi paje, y chispea:
Mi paje es un esqueleto.




XVIII
Es rubia: el cabello suelto
Da más luz al ojo moro:
Voy, desde entonces, envuelto
En un torbellino de oro.
La abeja estival que zumba
Más ágil por la flor nueva,
No dice, como antes, "tumba":
"Eva" dice: todo es "Eva".
Bajo, en lo oscuro, al temido
Raudal de la catarata:
¡Y brilla el iris, tendido
Sobre las hojas de plata!
Miro, ceñudo, la agreste
Pompa del monte irritado;
¡Y en el alma azul celeste
Brota un jacinto rosado!
Voy, por el bosque, a paseo
A la laguna vecina:
Y entre las ramas la veo,
Y por el agua camina.
La serpiente del jardín
Silva, escupe, y se resbala
Por su agujero: el clarín
Me tiende, trinando, el ala.
¡Arpa soy, salterio soy
Donde vibra el Universo:
Vengo del sol, y al sol voy:
Soy el amor: soy el verso!

XII
Estoy en el baile extraño
De polaina y casaquín
Que dan, del año hacia el fin,
Los cazadores del año.
Una duquesa violeta
Va con un frac colorado:
Marca un vizconde pintado
El tiempo en la pandereta.
Y pasan las chupas rojas;
Pasan los tules de fuego,
Como delante de un ciego
Pasan volando las hojas.





XLV
Sueño con claustros de mármol
Donde en silencio divino
Los héroes, de pie, reposan:
¡De noche, a la luz del alma,
Hablo con ellos: de noche!
Están en fila: paseo
Entre las filas: las manos
De piedra les beso: abren
Los ojos de piedra: mueven
Los labios de piedra: tiemblan
Las barbas de piedra: empuñan
La espada de piedra: lloran:
¡Vibra la espada en la vaina!:
Mudo, les beso la mano.
Hablo con ellos, de noche!
Están en fila: paseo
Entre las filas: lloroso
Me abrazo a un mármol: "Oh mármol,
Dicen que beben tus hijos
Su propia sangre en las copas
Venenosas de sus dueños!
Que hablan la lengua podrida
De sus rufianes! que comen
Juntos el pan del oprobio,
En la mesa ensangrentada!!
Que pierden en lengua inútil
El último fuego!: ¡dicen,
Oh mármol, mármol dormido,
Que ya se ha muerto tu raza!"
Échame en tierra de un bote
El héroe que abrazo: me ase
Del cuello: barre la tierra
Con mi cabeza: levanta
El brazo, ¡el brazo le luce
Lo mismo que un sol!: resuena
La piedra: buscan el cinto
Las manos blancas: del soclo
Saltan los hombres de mármol!

XLVI
Vierte, corazón, tu pena
Donde no se llegue a ver,
Por soberbia, y por no ser
Motivo de pena ajena.
Yo te quiero, verso amigo,
Porque cuando siento el pecho
Ya muy cargado y deshecho,
Parto la carga contigo.
Tú me sufres, tú aposentas
En tu regazo amoroso,
Todo mi ardor doloroso,
Todas mis ansias y afrentas.


Tú, porque yo pueda en calma
Amar y hacer bien, consientes
En enturbiar tus corrientes
En cuanto me agobia el alma.
Tú, porque yo cruce fiero
La tierra, y sin odio, y puro,
Te arrastras, pálido y duro,
Mi amoroso compañero.
Mi vida así se encamina
Al cielo limpia y serena,
Y tú me cargas mi pena
Con tu paciencia divina.
Y porque mi cruel costumbre
De echarme en ti te desvía
De tu dichosa armonía
Y natural mansedumbre;
Porque mis penas arrojo
Sobre tu seno, y lo azotan,
Y tu corriente alborotan,
Y acá lívido, allá rojo,
Blanco allá como la muerte,
Ora arremetes y ruges,
Ora con el peso crujes
De un dolor más que tú fuerte.
¿Habré, como me aconseja
Un corazón mal nacido,
De dejar en el olvido
A aquel que nunca deja?
¡Verso, nos hablan de un Dios
A donde van los difuntos:
Verso, o nos condenan juntos,
O nos salvamos los dos!

Homomagno
Homomagno sin ventura
La hirsuta y retostada cabellera
Con sus pálidas manos se mesaba.
"Máscara soy, mentira soy, decía;
Estas carnes y formas, estas barbas
Y rostro, estas memorias de la bestia,
Que como silla a lomo de caballo
Sobre el alma oprimida echan y ajustan,
Por el rayo de luz que el alma mía
En la sombra entrevé, - no son Homomagno!

Mis ojos sólo; los mis caros ojos,
Que me revelan mi disfraz, son míos:
Queman, me queman, nuca duermen, oran,
Y en mi rostro los siento y en el cielo,
Y le cuentan de mí, y a mí de él cuentan.
Por qué, por qué, para cargar en ellos
Un grano ruin de alpiste mal trojado
Talló el Creador mis colosales hombros?
Ando, pregunto, ruinas y cimientos
Vuelco y sacudo, a delirantes sorbos
En la Creación, la madre de mil pechos,
Las fuentes todas de la visa aspiro:
Muerdo, atormento, beso las calladas
Manos de piedra que glpeo.
Con demencia amorosa su invisible
Cabeza con las secas manos mías
Acaricio y destrenzo: por la tierra
Me tiendo compungido y los confusos
Pies, con mi llanto baño y con kis besos.
Y en medio de la noche, palpitante,
Con mis voraces ojos en el cráneo
Y en sus órbitas anchas encendidos,
Trémulo, en mí plegado, hambriento espero,
Por si al próximo sol respuestas vienen;
Y a cada nueva luz –de igual enjuto
Modo, y ruin, la vida me aparece,
Como gota de leche que en cansado
Pezón, al terco ordeño, titubea,-
Como carga de hormiga,- como taza
De agua añeja en la jaula de un jilguero.-"

Remordidas y rotas, ramos de uvas
Estrujadas y negras, las ardientes
Manos del triste Homomagno parecían!

Y la tierra en silencio, y una hermosa
Voz de mi corazón, me contestaron.


Yugo y Estrella
Cuando nací, sin sol, mi madre dijo:
-Flor de mi seno, Homomagno generoso,
De mí y de la creación suma y reflejo,
Pez que en ave y corcel y hombre se torna,
Mira estas dos, que con dolor te brindo,
Insignias de la vida: ve y escoge.
Este, es unyugo: quien lo acepta, goza:
Hace de manso buey, y como presta
Servicio a los eñores, duerme en paja
Calente, y tiene rica y ancha avena.
Ésta, oh misterio que de mí naciste
Cual la cumbre nació de la montaña,
Ésta, que alumbra y mata, es una estrella:
Como que riega luz, los pecadores
Huyen de quien la lleva, y en la vida,
Cual un monstruo de crímenes cargado,
Todo el que lleva luz se queda solo.
Pero el hombre que al buey sin pena imita,
Buey vuelve a ser, y en apagado bruto
La escala universal de nuevo empieza.
El que la estrella sin temor se ciñe,
Como que crea, crece!
Cuando al mundo
De su copa el licor vació ya el vivo:
Cuando, para manjar de la sangrienta
Fiesta humana, sacó contento y grave
Su propio corazón: cuando a los vientos
De Norte y Sur virtió su voz sagrada,-
La estrella como un manto, en luz lo envuelve
Se enciende, como a fiesta, el aire claro,
Y el vivo que a vivir no tuvo miedo,
Se oye que un paso más sube en la sombra!
Dame el yugo, oh mi madre, de manera
Que el puesto en él de pie, luzca en mi frente
Mejor la estrella que ilumina y mata.


Amor de ciudad grande
De gorja son y rapidez los tiempos.
Corre cual luz la voz; en lata aguja,
Cual nave despeñada en sirte horrenda,
Húndese el rayo, y en ligera barca
El hombre, como alado, el aire hiende.
¿Así el amor, sin pompa ni misterio
Muere, apenas nacido., de saciado!
Jaula es la villa de palomas muertas
Y ávidos cazadores! Si los pechos
Se rompen de los hombres, y las carnes
Rotas por tierra ruedan, no han de verse
Dentro más que frutillas estrujadas!
Se ama de pie, en las calles, entre el polvo
De los salones y als plazas; muere
La flor que nace. Aquella virgen
Trémula que antes a la muerte daba
La mano pura que a ignorado mozo;
El goce de temer: aquel salirse
Del pecho el corazón; el inefable
Placer de merecer; el grato susto
De caminar deprisa en derechura
Del hogar de la amada, y a sus puertas
Como un niño feliz romper en llanto;-
Y aquel mirar, de nuestro amor al fuego,
Irse tiñiendo de color las rosas,-
Ea, que son patrañas! Pues ¿quién tiene
Tiempo de ser hidalgo? Bien que sienta
Cual áureo vaso o lienzo suntuoso,
Dama gentil en casa de magnate!
O si se tiene sed, se alarga el brazo
Y a la copa que pasa se la apura!
Luego, la copa turbia al polvo rueda,
Y el hábil catador, - manchado el pecho
De una sangre invisible,- sigue alegre,
Coronado de mirtos, su camino!
No son los cuerpos ya sino desechos,
Y fosas, y jirones! Y las almas
No son como en el árbol fruta rica
En cuya blanda piel la almíbar dulce
En su sazón de maduresz rebosa,-
Sino fruta de plaza que a brutales
Golpes el rudo labradoe madura!
¿La edad es ésta de los labios secos!
De las noches sin sueño! De la vida
Estrujada en agraz! ¿Qué es lo que falta
Que la ventura falta? Como liebre
Azorada, el espíritu se esconde,
Trémulo huyendo al cazador que ríe,
Cual en soto selvoso, en nuestro pecho;
Y el deseo, de brazo de la fiebre,
Cual rico cazador recorre el soto.
¡Me espanta la ciudad! ¡Toda está llena
De copas por vaciar, o huecas copas!
¡Tengo miedo ¡ay de mí! De que este vino
Tósigo sea, y en mis venas luego
Cual duende vengador los dientes clave!
¡Tengo sed,- más de un vino que en la tierra
No se sabe beber! ¡No he padecido
Bastante aún, para romper el muro
Que me aparta ¡oh dolor! De mi viñedo!
¡Tomad vosotros, catadores ruines
De vinillos humanos, esos vasos
Donde el jugo de lirio a grandes sorbos
Sin compasión y sin temor se bebe!
Tomad! Yo soy honrado: y tengo miedo!

Página creada por Laura Pérez, Blanca Martínez, Federico Rubio, Belén Palacios y Gema García, Universitat Jaume I.

miércoles, 1 de enero de 2014


EJEMPLO DE LA VIGENCIA DEL PENSAMIENTO MARTIANO. El 14 de marzo de 1883 muere Karl Marx. En las páginas del diario “La Nación”, José Martí publicó el 29 de marzo de 1883, esta nota, con motivo del fallecimiento. En ella relata un acto en homenaje realizado en Nueva York por los simpatizantes con las doctrinas del fallecido líder del pensamiento comunista. En el escrito resalta José Martí su disentimiento, critica los postulados de esta corriente y termina, anticipación preclara, alertando "no son los de la paz". Karl Marx de José Martí Ved esta gran sala. Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles, merece honor. Pero no hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando al daño. Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres. Indigna el forzoso abestiamiento de unos hombres en provecho de otros. Mas se ha de hallar salida a la indignación, de modo que la bestia cese, sin que se desborde, y espante. Ved esta sala: la preside, rodeado de hojas verdes, el retrato de aquel reformador ardiente, reunidor de hombres de diversos pueblos, y organizador incansable y pujante. La Internacional fue su obra: vienen a honrarlo hombres de todas las naciones. La multitud, que es de bravos braceros, cuya vista enternece y conforta, enseña más músculos que alhajas, y más caras honradas que paños sedosos. El trabajo embellece. Remoza ver a un labriego, a un herrador, o a un marinero. De manejar las fuerzas de la naturaleza, les viene ser hermosos como ellas. New York va siendo a modo de vorágine: cuanto en el mundo hierve, en ella cae. Acá sonríe al que huye; allá, le hacen huir. De esta bondad le ha venido a este pueblo esta fuerza. Karl Marx estudió los modos de asentar al mundo sobre nuevas bases, y despertó a los dormidos, y les enseñó el modo de echar a tierra los puntales rotos. Pero anduvo de prisa, y un tanto en la sombra, sin ver que no nacen viables, ni de seno de pueblo en la historia, ni de seno de mujer en el hogar, los hijos que no han tenido gestión natural y laboriosa. Aquí están buenos amigos de Karl Marx, que no fue sólo movedor titánico de las cóleras de los trabajadores europeos, sino veedor profundo en la razón de las miserias humanas, y en los destinos de los hombres, y hombre comido del ansia de hacer bien. El veía en todo lo que en sí propio llevaba: rebeldía, camino a lo alto, lucha. Aquí está un Lecovitch, hombre de diarios: vedlo cómo habla: llegan a él reflejos de aquel tierno y radioso Bakunin: comienza a hablar en inglés; se vuelve a otros en alemán: "¡da! ¡da!" responden entusiasmados desde sus asientos sus compatriotas cuando les habla en ruso. Son los rusos el látigo de la reforma: mas no, ¡no son aún estos hombres impacientes y generosos, manchados de ira, los que han de poner cimiento al mundo nuevo: ellos son la espuela, y vienen a punto, como la voz de la conciencia, que pudiera dormirse: pero el acero del acicate no sirve bien para martillo fundador. Aquí está Swinton, anciano a quien las injusticias enardecen, y vio en Karl Marx tamaños de monte y luz de Sócrates. Aquí está el alemán John Most, voceador insistente y poco amable, y encendedor de hogueras, que no lleva en la mano diestra el bálsamo con que ha de curar las heridas que abra su mano siniestra. Tanta gente ha ido a oírles hablar que rebosa en el salón, y da en la calle. Sociedades corales, cantan. Entre tanto hombre, hay muchas mujeres. Repiten en coro con aplauso frases de Karl Marx, que cuelgan en cartelones por los muros. Millot, un francés, dice una cosa bella: "la libertad ha caído en Francia muchas veces: pero se ha levantado más hermosa de cada caída". John Most habla palabras fanáticas: "Desde que leí en una prisión sajona los libros de Marx, he tomado la espada contra los vampiros humanos". Dice un Magure: "Recocija ver juntos, ya sin odios, a tantos hombres de todos los pueblos. Todos los trabajadores de la tierra pertenecen ya a una sola nación, y no se querellan entre sí, sino todos juntos contra los que los oprimen. Recocija haber visto, cerca de lo que fue en París Bastilla ominosa, seis mil trabajadores reunidos de Francia y de Inglaterra. " Habla un bohemio. Leen carta de Henry George, famoso economista nuevo, amigo de los que padecen, amado por el pueblo, y aquí y en Inglaterra famoso. Y entre salvas de aplausos tonantes, y frenéticos hurras, pónese en pie, en unánime movimiento, la ardiente asamblea, en tanto que leen desde la plataforma en alemán y en inglés dos hombres de frente ancha y mirada de hoja de Toledo, las resoluciones con que la junta magna acaba, en que Karl Marx es llamado el héroe más noble y el pensador más poderoso del mundo del trabajo. Suenan músicas; resuenan coros, pero se nota que no son los de la paz.
TOMADO DE: 

lunes, 28 de octubre de 2013




José Martí
Julián del Casal
Crónicas y Ensayos

Julián del Casal fue el talento literario más destacado del Modernismo en Cuba. Esta crónica José Martí la publicó en el diario “Patria” en Nueva York en 1893.



Julián del Casal

Aquel nombre tan bello que al pie de los versos tristes y joyantes parecía invención romántica más que realidad, no es ya el nombre de un vivo. Aquel fino espíritu, aquel cariño medroso y tierno, aquella ideal peregrinación, aquel melancólico amor a la hermosura ausente de su tierra nativa, porque las letras sólo pueden ser enlutadas o hetairas en un país sin libertad, ya no son más que un puñado de versos, impresos en papel infeliz, como dicen que fue la vida del poeta.

De la beldad vivía prendida su alma; del cristal tallado y de la levedad japonesa; del color del ajenjo y de las rosas del jardín; de mujeres de perla, con ornamentos de plata labrada; y él, como Cellini, ponía en un salero a Júpiter. Aborrecía lo falso y pomposo. Murió, de su cuerpo endeble, o del pesar de vivir, con la fantasía elegante y enamorada, en un pueblo servil y deforme. De él se puede decir que, pagado del arte, por gustar del de Francia tan de cerca, le tomó la poesía nula, y de desgano falso e innecesario, con que los orífices del verso parisiense entretuvieron estos años últimos el vacío ideal de su época transitoria. En el mundo, si se le lleva con dignidad, hay aún poesía para mucho; todo es el valor moral con que se encare y dome la injusticia aparente de la vida; mientras haya un bien que hacer, un derecho que defender, un libro sano y fuerte que leer, un rincón de monte, una mujer buena, un verdadero amigo, tendrá vigor el corazón sensible para amar y loar lo bello y ordenado de la vida, odiosa a veces por la brutal maldad con que suelen afearla la venganza y la codicia. El sello de la grandeza es ese triunfo. De Antonio Pérez es esta verdad: «Sólo los grandes estómagos digieren venenos».

Por toda nuestra América era Julián del Casal muy conocido y amado, y ya se oirán los elogios y las tristezas. Y es que en América está ya en flor la gente nueva, que pide peso a la prosa y condición al verso, y quiere trabajo y realidad en la política y en la literatura. Lo hinchado cansó, y la política hueca y rudimentaria, y aquella falsa lozanía de las letras que recuerda los perros aventados del loco de Cervantes. Es como una familia en América esta generación literaria, que principió por el rebusco imitado, y está ya en la elegancia suelta y concisa, y en la expresión artística y sincera, breve y tallada, del sentimiento personal y del juicio criollo y directo. El verso, para estos trabajadores, ha de ir sonando y volando. El verso, hijo de la emoción, ha de ser fino y profundo, como una nota de arpa. No se ha de decir lo raro, sino el instante raro de la emoción noble o graciosa.-Y ese verso, con aplauso y cariño de los americanos, era el que trabajaba Julián del Casal. Y luego, había otra razón para que lo amasen; y fue la poesía doliente y caprichosa que le vino de Francia con la rima excelsa, paró por ser en él la expresión natural del poco apego que artista tan delicado había de sentir por aquel país de sus entrañas, donde la conciencia oculta o confesa de la general humillación trae a todo el mundo como acorralado, o como antifaz, sin gusto ni poder para la franqueza y las gracias del alma. La poesía vive de honra.

Murió el pobre poeta, y no lo llegamos a conocer. ¡Así vamos todos, en esa pobre tierra nuestra, partidos en dos, con nuestras energías regadas por el mundo, viviendo sin persona en los pueblos ajenos, y con la persona extraña sentada en los sillones de nuestro pueblo propio !Nos agriamos en vez de amarnos. Nos encelamos en vez de abrir vía juntos. Nos queremos como por entre las rejas de una prisión. ¡En verdad que es tiempo de acabar! Ya Julián del Casal acabó, joven y triste. Quedan sus versos. La América lo quiere, por fino y por sincero. Las mujeres lo lloran.




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viernes, 4 de octubre de 2013


José Martí
(La Habana, 1853 - Dos Ríos, Cuba, 1895) Político y escritor cubano. Nacido en el seno de una familia española con pocos recursos económicos, a la edad de doce años José Martí empezó a estudiar en el colegio municipal que dirigía el poeta Rafael María de Mendive, quien se fijó en las cualidades intelectuales del muchacho y decidió dedicarse personalmente a su educación.
El joven Martí pronto se sintió atraído por las ideas revolucionarias de muchos cubanos, y tras el inicio de la guerra de los Diez Años y el encarcelamiento de su mentor, inició su actividad revolucionaria: publicó una gacetilla El Diablo Cojuelo, y poco después una revista, La Patria Libre, que contenía su poema «Abdalá».
A los diecisiete años José Martí fue condenado a seis de cárcel por su pertenencia a grupos independentistas. Realizó trabajos forzados en el penal hasta que su mal estado de salud le valió el indulto. Deportado a España, en este país publicó su primera obra de importancia, el drama Adúltera. Inició en Madrid estudios de derecho y se licenció en derecho y filosofía y letras por la Universidad de Zaragoza.
Durante sus años en España surgió en él un profundo afecto por el país, aunque nunca perdonó su política colonial. En su obra La República Española ante la Revolución Cubana reclamaba a la metrópoli que hiciera un acto de contrición y reconociese los errores cometidos en Cuba. Tras viajar durante tres años por Europa y América, José Martí acabó por instalarse en México.
Allí se casó con la cubana Carmen Sayes Bazán y, poco después, gracias a la paz de Zanjón, que daba por concluida la guerra de los Diez Años, se trasladó a Cuba. Deportado de nuevo por las autoridades cubanas, temerosas ante su pasado revolucionario, se afincó en Nueva York y se dedicó por completo a la actividad política y literaria.
Desde su residencia en el exilio, José Martí se afanó en la organización de un nuevo proceso revolucionario en Cuba, y en 1892 fundó el Partido Revolucionario Cubano y la revista Patria. Se convirtió entonces en el máximo adalid de la lucha por la independencia de su país.
Dos años más tarde, tras entrevistarse con el generalísimo Máximo Gómez, logró poner en marcha un proceso de independencia. Pese al embargo de sus barcos por parte de las autoridades estadounidenses, pudo partir al frente de un pequeño contingente hacia Cuba. Fue abatido por las tropas realistas cuando contaba cuarenta y dos años. Martí es, junto a Bolívar y San Martín, uno de los principales protagonistas del proceso de emancipación de Hispanoamérica.
La obra literaria de José Martí
Además de destacado ideólogo y político, José Martí fue uno de los más grandes poetas hispanoamericanos y la figura más destacada de la etapa de transición al modernismo, que en América supuso la llegada de nuevos ideales artísticos.
Como poeta se le conoce por Ismaelillo (1882), obra que puede considerarse un adelanto de los presupuestos modernistas por el dominio de la forma sobre el contenido; Versos libres (1878-1882), La edad de oro (1889) y Versos sencillos (1891), esta última decididamente modernista y en la que predominan los apuntes autobiográficos y el carácter popular
En A mis hermanos muertos el 27 de noviembre (1872), publicado durante su destierro en España, Martí dedica sus versos a los estudiantes muertos en una masacre acaecida en aquella fecha. Su única novela, Amistad funesta, también llamada Lucía Jérez y firmada con el pseudónimo de Adelaida Ral, fue publicada por entregas en el diario El latino-Americano entre mayo y septiembre de 1885; aunque en su argumento predomina el tema amoroso, en esta obra de final trágico también aparecen elementos sociales.
Entre sus obras dramáticas destacan Adúltera (1873), Amor con amor se paga (1875) y Asala. También fundó una revista para niños, La Edad de Oro, en la que aparecieron los cuentos Bebé y el señor Don Pomposo, Nené traviesa y La muñeca negra, y colaboró con diversas publicaciones de distintos países, como La Revista Venezolana, la Opinión Nacional de Caracas, La Nación de Buenos Aires o la Revista Universal de México.
Cronista y crítico excepcional, hizo de muchos de sus textos auténticos ensayos, algunos de carácter revolucionario como El presidio político en Cuba (1871) -de gran fuerza lírica-, El Manifiesto de Montecristi o su Diario de campaña. Sus Obras completas (1963-1965) constan de 25 volúmenes.
TOMADO DE:  http://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/marti.htm






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sábado, 1 de junio de 2013



Grandes Debates Espíritas

En “El Espiritismo Seduce a Francisco I. Madero”, la investigadora que hemos citado reiteradamente, destaca que en el espacio público conocido como el Liceo Hidalgo –foro de discusión sobre la cultura y las letras-, en 1875, el espiritismo libró grandes batallas públicas que le llevaron a estar en primerísima escena en la esfera de la ciencia y la filosofía.
Los debates, iniciados el 5 de abril de 1875, se enfocaron hacia la relación del espiritismo con la ciencia, el materialismo y el espiritismo.
De entre los grandes personajes nacionales y extranjeros que presenciaron y participaron de esas reuniones destacan: José Martí, espiritista y prócer cubano; Justo y Santiago Sierra –este último literato y gran promotor del espiritismo y quien desencarnara tempranamente como consecuencia de un duelo de armas en 1880-, Gabino Barreda, positivista poblano que fuera nombrado Director General de la recién fundada Escuela Nacional Preparatoria, y el escritor, poeta y periodista, Ignacio Ramírez El Nigromante.
De la reunión de ese día destacan dos intervenciones citadas por el historiador José Mariano Leyva. La Primera de ellas, la del diputado jaliscience Emeterio Robles Gil, quien defendió los principales preceptos espíritas.

La segunda, la de José Martí, quien dijo sentir “en sí mismo, la existencia de un espíritu imperecedero y enteramente ajeno a la materia”.
En esa reunión Martí enfrentó un debate con Gustavo Baz, quien defendía los postulados del materialismo.

Por su valor testimonial y por lo que representó Martí para el espiritismo en Cuba, se reproduce su exposición, citada en “El Ocaso de los Espíritus”:
“Yo vengo a esta discusión con el espíritu de conciliación que norma todos los actos de mi vida. Yo estoy entre el materialismo que es la exageración de la materia y el espiritismo que es la exageración del espíritu. ¿Qué es el espíritu? Nos pregunta el señor (Gustavo) Baz. El espíritu es lo que él piensa, lo que nos induce a actos independientes de nuestras necesidades corpóreas, es lo que nos fortalece, nos anima, nos agranda en la vida. ¿No recuerda el señor Baz cuando ha depositado un beso casto en la frente de su madre, cuando ha amado con la pasión del poeta, cuando ha escrito con miserable tinta y en miserable papel algo que no era miserable? Es algo que nos da la propia convicción de nuestra inmortalidad, nos revela nuestra preexistencia y nuestra sobreexistencia”.
Los debates subsecuentes atrajeron tal número de espectadores, que las sesiones debieron trasladarse al Teatro del Conservatorio.
Como sinónimo de la importancia que tenían estas discusiones, se señala la cobertura que dio a las mismas el periódico “El Federalista”, en donde se reprodujeron tales debates, así como también lo hizo “El Porvenir”.

Debe resaltarse el nivel de estudio y conocimiento que para esos años existían ya de la doctrina espírita, en razón de que en un artículo periodístico, Santiago Sierra se refiere ya al éter como fluido conductor de la vida espiritual.

Citamos parte de dicho artículo, publicado de igual manera en la obra de la historiadora Tortolero, en el que Santiago Sierra refuta argumentos en contra del espiritismo expresados por Francisco Pimentel, director del Liceo Hidalgo, en una ponencia denominada “Materialismo y Espiritismo”.
Expresa Sierra: “También me abstengo de rechazar el cargo, que nos hizo Ud. de contradecirnos al afirmar que el espíritu es incorpóreo y bicorpóreo. El espíritu es un agente cuya naturaleza nos es desconocida, pero que se vale para manifestarse físicamente, en el cuerpo y fuera del cuerpo, de una fuerza especial cuya esencia no es tan inaccesible.
“Esa fuerza, que es quizás el éther (sic) –anotación de la historiadora- en cierto modo de vibración, y el ser que la posee, forman dos entes distintos, sin que esto quiera decir que el espíritu sea materia, ni que no lo sea, ni que sea dos cuerpos. Tal es nuestra creencia.”
Asimismo, por su valor histórico se reproduce un debate entre Gabino Barreda y Santiago Sierra, el cual, a su vez, es citado por Yolia Tortolero del artículo Espiritismo y Positivismo, de la autoría de Francisco G. Cosmes, en el periódico “El Federalista”, en su edición del 21 de abril de 1875.
En otra sesión del Liceo Hidalgo, el 22 de abril de 1875, cuando todas las localidades estaban agotadas, hablaron Telésforo García, Joaquín Calero y Gabino Barreda. Entre ellos, Barreda dividió su discurso en dos partes: la primera, para exponer su sistema positivista y la segunda, para atacar al espiritismo, negándole la influencia que en el estudio de las ciencias pudiera tener. Barreda dijo entre otras cosas que:

“Mientras la ciencia había logrado demostrar la existencia de los fenómenos físicos por medio de las leyes constantes e invariables, el espiritismo no había conseguido todavía presentar una sola ley”.
Gabino Barreda terminó su exposición y, de inmediato, Santiago Sierra se levantó en la sesión para impugnarlo porque el primero había dicho que: “los espíritas aseguran que debe haber habitantes en los planetas porque esto es muy bonito. No, contestó Sierra, porque la ciencia demuestra que en cualquier punto del espacio, en donde quiera que existe un átomo organizado, hay existencia”.
En los días más intensos de ese debate, la Sociedad Espírita Central de la República Mexicana habría decidido fijar su postura de la manera más pública posible: publicando un desplegado en el periódico “El Federalista” el 28 de abril de 1875.
Se trataba de lo que denominaba El Credo Religioso y Filosófico de la Sociedad Espírita, documento firmado por Manuel Plowers, Refugio I. González y Santiago Sierra.
De acuerdo con la Yolia Tortolero, dicho documento señalaba que la doctrina practicada por la Sociedad se apegaba a los principios de Allan Kardec y sostenía la existencia del alma y espíritu, así como su inmortalidad e individualidad. Exponía como esencial la pluralidad de existencias o la reencarnación en mundos adecuados a su estado de avance moral o campo vibratorio.
Remarcaba la creencia en Dios y citaba sus atributos con base en las preguntas 1 y 13 del “Libro de los Espíritus”.

Una de las críticas que las diversas corrientes del positivismo y catolicismo de la época esgrimían era la posibilidad de las comunicaciones con los espíritus de los que ya han desencarnado.
Y por ello, en dicha publicación establecía que la comunicación con los espíritus es de utilidad, en razón de las valiosas enseñanzas para la humanidad, así como se subrayaba al espiritismo como El Consolador prometido por Jesús,
Así como el codificador expresa que el espiritismo y la ciencia no se contradicen, Santiago Sierra refrendó esos principios al publicar una serie de artículos en “El Federalista”.
“…si algún principio del espiritismo pugna con algún principio científico, que se nos indique; si se cree que las comunicaciones de ultratumba no pueden coexistir con la ciencia, demuéstrese: tenemos curiosidad de saber qué ley de astronomía, de mecánica, de física, de química, de fisiología o de anatomía viene por tierra con la intervención de los espíritus.”
Tras la experiencia del Liceo Hidalgo, existen indicios de que el espiritismo –quizás no de manera planeada- privilegió trabajar dentro del propio movimiento y de ahí en adelante comenzará a diluirse su presencia pública organizada hasta nuestros días.
En 1893 “La Ilustración Espirita” dejó de imprimirse y al parecer eso impactó en los recursos de comunicación y vinculación con los centros espíritas y no fue sino hasta 1906 y 1908 cuando se organizaron sendos Congresos Nacionales Espíritas, que se reanudaron las vinculaciones de manera momentánea.

domingo, 19 de mayo de 2013


A MANERA DE  HOMENAJE EN EL 118 ANIVERSARIO DE LA CAÍSDA DEL APÓSTOL EN DOS RÍOS REPRODUCIMOS ESTE BRILLANTE ENSAYO DE NUESTRO ERUDITO MÁXIMO, DOCTOR JORGE MAÑACH. ¡QUÉ LO DISFRUTEN!:

José Martí
Críticas y Comentarios
Perfil de Martí

Esta crítica comentario acerca del Perfil de Martí por Jorge Mañach fue escrita en agosto de 1940 en La Habana y aparece en el folleto “Archivo de José Martí”, Año II No. I de Julio, 1941 Publicado por el Ministerio de Educación, Imprenta Escuela del Centro Superior Tecnológico, Ciudad Escolar, Ceiba de Agua, La Habana, Cuba, páginas 22-34.



Perfil de Martí

Allá en Oriente, cuyas imágenes traigo aún prendidas a la emoción, la cadena de montañas que rodea a Santiago de Cuba termina, vista desde el mar, en una, más señera que las demás, cuya cima, cuando no la ocultan las nubes, tiene una rara forma cúbica, un raro color de acero y, sobre todo, un raro desasimiento. Se perfila, en efecto, como una gran mole cuadrada, que hubiera sido colocada allí demiúrgicamente. Corona la sierra, y ya no es, sin embargo, parte sólida de ella. Parece una dádiva geológica, una enorme improvisación telúrica; pero se halla secularmente equilibrada en aquella altura. Es la Gran Piedra.

De parecido modo, la cordillera de patricios que se ha perfilado ante ustedes en este curso remata en Martí. Martí es parte de ella: nace de ese henchimiento espiritual que es nuestro siglo XIX; sin embargo, se desprende de él y de nuestra isla y hasta de nuestra historia con un perfil casi autónomo y con una eminencia tal que se le ve desde muy lejos - cuando no lo tapan las nubes.

Las nubes que tapan las cumbres son parte de su destino cimero. En torno a estos hombres que no son ya meros hombres, que son hombres geniales, se concitan inevitablemente los cirros y los cúmulos de la apoteosis. La altura misma hace de ellos un misterio, una zona inexplorada. Se les conoce sólo de perfil y de lejos. Nos habituamos a hablar y a escribir de ellos en forma alusiva y vagarosa con los acentos de la reverencia más que del examen. Son las víctimas augustas de un panegirismo desbordado y sin detalles, constantemente amenazado de convertirse en inerte beatería. Ya lo ven ustedes: yo mismo hubiera querido comenzar esta semblanza de Martí en tono menor y, sin poder remediarlo, me he encaramado a símiles montañeros. Se acerca uno a Martí con un sobrio propósito de escrutación y mesura, y se da uno de' bruces con eso, con la montaña. Tiene que volver a alejarse para cobrarle el perfil.

En una semblanza breve, como ésta a que me obliga la índole del presente curso, no hay sino resignarse a eso. Pero un amigo nuevo de Santiago logró subir ha poco a la Gran Piedra. Cuenta que desde allí se ve un ancho trozo de isla y de mar; que la mole tiene debajo como un gran cobijo, y que hay hondas cavidades en el cuerpo de la montaña y una vegetación poderosa que por toda ella se derrama. Algún día, supongo yo, logrará también alguien una proeza similar de alpinismo martiano, y acabaremos de verle a Martí, empezaremos a verle, todo lo que hay en su mole de hondura y de primor, de núcleo y de accidente, de verticalidad magnífica y de elegante declive - y toda la anchura de isla y mundo que se puede otear desde el. Por hoy tendremos que contentarnos, una vez más, con mirarle el perfil.

Para que este sea un poco cabal, debo hablar del hombre, del artista, del pensador, del político. Porque de esa cuádruple vertiente está hecho aquel enorme volumen humano que, como el monolito de Santiago, se da en facetas desde su cumbre. La genialidad de Martí, lo que autoriza a llamar a Martí genial con menos timidez con que lo hizo Rubén Darío, es justamente esa diversidad en lo augusto, o esa augustez en lo diverso: quiero decir, el rango impar que llego a alcanzar en su condición humana por lo pronto, y luego en sus realizaciones de hombre de palabra y de pensamiento, con haber sido estas tan marginales a su capital empresa de hombre político. La versatilidad es relativamente fácil, y hasta común en lo egregio de la vida americana, por cierta múltiple solicitación de los pueblos nuevos sobre sus hombres escasos. Pero Martí no es propiamente versátil: no es talento equívoco, apto para vacar, por amenidad o por menester, a faenas menores y distintas. Como Sarmiento -con quien le emparejo certeramente la intuición poética de Darío- es más bien una suma de talentos primordiales, cada uno de ellos ponderable en balanza universal.

2

El primero, su talento de ser: el áureo don de humanidad que encarno en el una providencia misteriosa.

De esa calidad humana, el testimonio capital fue su vida. A un público cubano, no he de inferirle el agravio sentimental de relatarla. Bastará con señalar algunos puntos de aquella parábola perfecta que es, desde Paula hasta Dos Ríos, como la trayectoria de un solo gran propósito disparado hacia su propio destino. El destino es aquel empleo que una existencia necesita darse para estar en conformidad con su ser íntimo. En el caso de Martí se nos aparece corno la conjunción afortunada de una superior necesidad histórica con una superior aptitud individual capaz de satisfacerla. Había que acabar de emancipar a América; la independencia de Cuba y de Puerto Rico era "la última estrofa" por escribir del poema bolivarino. Y surgió, por esa providencia secreta de los pueblos que ningún materialismo histórico podrá jamás explicarnos, el "hombre acumulado" -así- definía el propio Martí al genio- capaz de realizar la tarea casi de la nada, casi inventando su propia empresa.

Vida heroica, por consiguiente. El heroísmo principal de ella, sin embargo, no fue su culminación, sino el enorme esfuerzo que hubo de mantener, desde la cuna a la muerte, para realizar aquel destino: toda una secuencia de actos oscuros de voluntad en que el niño, el adolescente, el adulto fueron trascendiéndose y superando su propio ámbito en busca de ese mundo público ideal que es como el domicilio platónico del cual ciertos hombres traen la nostalgia al nacer. Martí empieza superando, en la infancia misma, las limitaciones tremendas de su ambiente: la pobreza y la incultura absolutas de sus padres, la disciplina de celaduría en su propio hogar, la españolidad cerrada en la casa y fuera de ella. ¿Se mide bien lo que significa, a esa edad, rebelarse contra todo eso? Hay un peligro de que, de puro estar familiarizados con la vida de Martí, no le veamos bien todos sus relieves. El heroísmo empieza allí: en los empeños infantiles de El Diablo Cojuelo y La Patria Libre. Desde entonces, toda la vida de Martí será ese vigilar y sufrir, ese quemar el amor y la paz en la pira de deber que el mismo encendió, ese llevar adelante su propia convicción cuando todos en redor suyo la niegan.

Para eso había que estar ya casi sobrenaturalmente dotado, La precocidad intelectual y moral fue otra de las marcas constantes de su genio; esto y por decir que Martí fue precoz hasta la muerte, sólo que cuando la precocidad es adulta la llamamos videncia. A la edad de los trompos se suceden los preludios periodísticos y la amistad grave a Mendive, el gesto formal de heroísmo de la carta famosa. Con la adolescencia, entra ya en las responsabilidades y trabajos mayores, y recibe el bautismo de fuego solar del Presidio, donde un niño se dobla piadoso (¡con lo indiferentes y crueles que suelen ser los niños comunes!) sobre el cuerpo yaciente de un chino atacado del vómito. "He sabido sufrir", dice orgullosamente al dejar la prisión. El trabajo primero de pluma, el primero ya adulto, en que Martí cuenta todo eso, lo escribe a los dieciocho años, y es ya una muestra asombrosa de sensibilidad moral y política, y hasta de buena retórica. En el destierro prematuro, apenas le asoma el bozo y ya es el Apóstol: ya anima, lidia, discute con los doctores. Va saltando estaciones, como si adivinara lo tasada que le venía la vida para su gran faena. Esa angustia adivinadora será siempre su acicate. Ensaya a tener juventud; pero los dolores de Cuba no le dejan: los siente a distancia como un latigazo. El héroe ciudadano es ese que no necesita que lo público le hiera en sus intereses para sufrir de lo público.

Aquella mocedad de Martí es un drama: el conflicto entre esa sensibilidad herida y los derechos primarios a la casa, la familia, la carrera, el amor. Ha terminado los estudios en España. Cuba arde en la guerra de los Diez Años. Martí se va a México. Hay también un heroísmo amargo en aquella decisión de no acudir todavía al llamamiento desesperado de la manigua. Cuesta a veces más, cuando se tiene cierta clase de alma, desertar de un deber que cumplirlo. La fuente más copiosa de dolor en la vida de Martí fue la mutilación indispensable en que tuvo que ir sacrificando los requerimientos privados a los públicos. Los años juveniles de México, en que esa jerarquía de deberes andaba aún invertida por la presión de la miseria paterna, debieron de ser los más amargos para Martí. Luego viviría del gozo de su propia angustia pública; pero entonces era el dolor árido y vergonzante de contener su propio afán mayor. Se emborrachó de amor. Amor de mujer; amor de ideas; amor de justicia y claridad para la patria sustituta. No: no era simple patetismo romántico aquello que le confesaba a Rosario Acuña de que había nacido con una infinita capacidad de amar. Tan infinita era, que sólo llegaría a saciarse en el sacrificio total de sí mismo.

Pero algo debió de aliviarle entonces la percepción instintiva de que debía reservarse, de que su hora no era aún llegada. Su obra, en efecto, esperaba una dimensión mayor. No se trataba -lo vería claro después- sólo de liberar a Cuba, sino de liberarla en función de americanidad y de universalidad democrática. El tenía que llegar a su sazón, y la realidad cubana con el. En mi biografía ce Martí apunté la curiosa geometricidad, por así decir, de su preparación americana. Sabio azar fue que viviera en México, en Guatemala, en Venezuela más tarde; es decir, que conociera íntimamente un país de cada zona de América. Toda su vida parece presidida por ese fatum interno. Su experiencia de esas tierra le ensancha la comprensión de lo histórico americano, le aguza aquel sentido de lo primario y lo real con que se van a equilibrar en el la generosidad romántica y el ímpetu idealista, y le da horizonte mayor a sus desvelos. El meditador de la cultura y de la historia, afanoso por que acabe lo que queda en América de aldeanidad, nace de esa vivencia continental, y el escritor en que se hermanaron lo tradicional y lo nuevo, lo criollo y lo universal. Sin esa experiencia, por añadidura, la empresa cubana de liberación hubiera carecido de aquel profundo sentido rector suyo, de aquel celo por crear, no un coto más para el caudillismo americano, sino una república sana desde la raíz y compuesta del derecho y el menester de todos.

Pero ahora me interesa subrayar lo puramente energético y moral de aquel ascenso a la responsabilidad histórica. Fue, sobre todo, un magnífico saber esperar: tenso, activo y en cada momento heroico. A las empresas conspirativas del 80, de la Guerra Chiquita y del 84 se unió Martí sin convicción, sin más entusiasmo que el del puro deber. Puede que efectivamente se le notara entonces, como creyó notárselo Gómez en su sazón, una suerte de impaciente egotismo y contrariado magisterio. Veía sin duda Martí que aquellas eran puras improvisaciones sin sentido histórico, y acaso adivinaba que la emancipación no lo tendría hasta que el mismo se pusiese por entraña de ella. Un noble celo de su propio destino, que a los demás pudo fácilmente parecer narcisismo acaparador, luchaba, en aquellos años de espera, con la humildad voluntariosa.

El problema de Martí era hacerse de autoridad. La exclusiva del prestigio y del derecho al mando la tenían los veteranos del 68. ¿Cómo podía aspirar a emparejarse con ellos, cuanto menos a dirigirlos, un pobre poeta raído, sin bautismo de manigua ni más títulos que una palabra opulenta? Como casi todos los problemas políticos de método, era aquel un problema psicológico. Otros lo hubieran resuelto por la lisonja y por la intriga: Martí no tuvo más que abandonarse a su capacidad de querer. Puesto que para tener autoridad, había que ser héroe, el cultivaría un heroísmo moral.

Los últimos diez años de su vida fueron} una exaltación creciente de esa voluntad de sacrificio. A los que le negaron la opuso austeramente, remitiéndose a la prueba final del tiempo. Todo lo dio con tal de hacerse amar. Sirvió tiernamente a todos, para que le reconocieran el derecho de servir a lo patrio. Puso cátedra de humildad para poder mandar, y de abnegación para poder exigir. Ahogo en la propaganda su vocación de escritor lujoso. Por hacerle un hogar a todos los cubanos, renuncio a su hogar de hombre; se quedó sin el hijo propio, por ser padre de todos; sin sueldo seguro por dar un ejemplo de independencia, el que la quería para su tierra entera. Hizo magisterio de su talento, lección de su pobreza, y de su palabra, antorcha con que encender sin quemar.

Acabo por conmover a todos el espectáculo de aquel amor y aquella fe ardientes, que hablaban sin odio un lenguaje de pelea. A su servicio tuvo la mágica irradiación de energía de todos los hombres en quienes la flaqueza se hace heroica; tuvo la fuerza ante lo adverso de todos los que saben seguro el triunfo final, y aquella prueba última de salirle al paso a la muerte cuando supo agotada su misión de apóstol.

No: por más que nos acerquemos a aquella eminencia humana, será imposible descubrirle oquedades. En sazón de resentimiento, Máximo Gómez escribió que Martí era "inexorable" y que carecía "de abnegación", y hasta el Collazo converso de Cuba Independiente dejo insinuaciones críticas sobre el modo íntimo de ser de Martí: "... siendo excesivamente irascible y absolutista -anoto- dominaba siempre su carácter, convirtiéndose en un hombre amable, cariñoso, atento, dispuesto siempre a sufrir por los demás..." Si así fue, habría que reconocerle otro heroísmo, moral: el de haber superado su propio temperamento. Al cabo, se es más hondamente ejemplar cuando se logra esa perfección por disciplina de sí que cuando se responde sin esfuerzo a una perfección natural que, por lo demás, solo se da como milagro en la hagiografía, no en las vidas heroicas del mundo.

Me parece, sin embargo, que esos juicios a que acabo de aludir' -tan aislados, por lo demás, entre los testimonios del carácter martiano - obedecen a la incomprensión, por dos hombres más enérgicos que sutiles, de lo verdaderamente central en el alma del Apóstol, que fue la pasión. La clave de la patética martiana, y aún, como mostrare luego, de toda su obra, fue el amor. Cuesta un poco de esfuerzo hacerse cargo de la realidad y la intensidad de esta aptitud amorosa en Martí. Todos tenemos -¡pobre de quien no lo tenga!- cierto don de querer. Pero en la generalidad de los hombres es un querer selectivo, irregular, condicionado. Lo singular en Martí, lo genialmente humano en el, es la universal, la absoluta y persistente dimensión de su capacidad de simpatía. Los que te conocieron a fondo dan testimonio de ella. La pregona su vida entera. El mismo la declara a cada paso y se la pide a los demás conmovedoramente. Si a veces hasta parece excesivo, si sugiere al pronto un recelo de dulzarrona y como profesional zalamería, es por lo mismo que se trata de una de las dimensiones -la dimensión emotiva- de su genialidad, y porque el mundo nunca ha estado habituado a este ejercicio y publicación de amor.

La pasión es ese grado en que el amor se hace como una angustiada codicia de querer y servir. A ese grado estaba siempre exaltado en Martí. Su arrogancia ocasional de hombre humilde, su ira de hombre dulce, eran los modos cómo reaccionaba, frente al obstáculo tenaz, aquella caridad voluntariosa. El era de los apasionados a quienes declaró "primogénitos del mundo".

Lejos de hacerlo inverosímil, esa universalidad del amor en Martí es la prueba de lo genuino del sentimiento mismo. En lo moral, al contrario de lo puramente biológico, sólo el amor que no distingue ni exige es amor verdadero. Scheler ha demostrado que la razón de esto se halla en la propia naturaleza amorosa del amor, que consiste en ser un "portador de valores morales", es decir, en tornar precioso todo lo que toca. El candor de Martí, su optimismo, su fe proceden de esa misma raíz. De ella le vino el ser un gran carácter, un gran escritor y un gran político.

3

El poeta en él estaba, en efecto, regido por ese mismo imperativo amoroso de su espíritu. Cuando digo el poeta no me refiero solamente al hombre de versos: me refiero también al escritor, al orador y, por consiguiente, al hombre de pensamiento.

Casi todos los investigadores de lo martiano, ávidos de tomarle a nuestro gran hombre todas sus dimensiones, hemos caído alguna vez en la tentación de aislar un filósofo en él. La verdad es que no pasamos nunca de descubrir, junto a una evidente unidad y hondura de visión, cierto amorfismo vagaroso. Y es que Martí no era propiamente un pensador, cuanto menos un filósofo. Como lo dejó ya entender Unamuno, alma gemela, su organización mental y espiritual era esencialmente poética. El poeta siente la verdad como cosa dada: por consiguiente, no la busca: no es hombre de preguntas, sino de afirmaciones: no razona, sino intuye. La esfera de esta intuición es su propia intimidad. Esto supone una identificación entre el ser del poeta y el ser del mundo, y de ahí que en todo poeta haya un fondo monista, panteísta y místico. El pensamiento de Martí, lo que en él hay de pensamiento, es, como veremos, lo bastante preciso e insistente para acusar ese núcleo de tendencias mentales. Pero antes quiero considerar brevemente al poeta que escribió prosa y que hizo versos y discursos.

Decía que el amor presidió íntimamente esa obra. El amor es la emoción poética por excelencia, por lo mismo que tiende a unificar toda la experiencia, a vincular intimidades. La actitud espiritual de Martí es, en ese sentido y en otros menores, esencialmente amorosa. No quisiera dar la impresión de que estoy forzando pedantemente una tesis si digo que, en general, los escritores se clasifican primariamente según tiendan a la concentración o a la efusión. Hay escritores centrípetos y escritores centrífugos; ecónomos y generosos.

El escritor del primer tino escribe para su propio deleite, sin importársele mucho la servicialidad de lo que escribe; tiende al regodea intelectual y contemplativo: al celo de su originalidad, al rigor crítico frente a la obra ajena. Necesita autorizarse de mucho discurrir: es frío, ceñido, vigilado. En cambio, el escritor generoso escribe por una necesidad de simpatía y de servicio, apela a la comunidad de ideas y de sentimientos; es intuitivo, ardiente, caudaloso y benigno. Entre esos tinos extremos, más o menos cerca de uno de otro, se sitúa toda la fauna.

Pues bien: Martí es el tipo mismo del escritor generoso. El amor se le traduce en una intensa irradiación de simpatía que alcanza, no sólo el fondo de su obra, sino hasta el estilo. Todo el universo resuena en él, le solicita con sus novedades, le hace admirar o padecer. En lo moral, que es también para él lo cultural y lo histórico, le anima un ardiente espíritu redentor. Sufre por el atraso, por los obstáculos, por la apatía del mundo. Quisiera educarlo y alentarlo incesantemente. Su humildad está cuajada de admoniciones. Exalta sin tasa la virtud. La benignidad es su norma: no sabe de más crítica que el silencio. Una curiosidad inagotable, que es también un modo de querer todas las cosas, le da un vasto radio a su interés, permitiéndole describir a maravilla hasta lo nimio del humano o natural espectáculo. Su género es la literatura de animar y servir: por consiguiente, el ensayo edificante, la semblanza plutárquica, la carta que agita y gana, la crónica que echa la imaginación a visitar mundos, el gran periodismo generoso, destinado a agotarse en la dádiva inmediata a todos, y no a vivir para pocos en lo tasado del libro.

La técnica misma del escribir, en Martí, es sabia en los recursos del amor. Hombre de pasión, piensa por intuiciones. La intuición -ha dicho finísimamente Madariaga- es "la pasión de la inteligencia-; y como su naturaleza consiste precisamente en una "arribada instantánea al momento vital de la certidumbre", el pensamiento intuitivo excluye los procesos pausados de la lógica. De aquí que Martí raras veces razona, si no es para señalar cómo las cosas nacen unas de otras y se enlazan en una fraternidad universal. Como observa él mismo de Emerson, con quien tiene tan profunda afinidad, "escribía como veedor, y no como meditador". El estilo, sanguíneo y palpitante, casa lo viejo con lo nuevo: la dignidad conceptuosa nutrida en el "tuétano de buey de los clásicos", que dijo Gabriela Mistral, con el centelleo cromado del modernismo que asoma por el horizonte. Derrocha la imagen, porque la imagen es el símbolo de que se vale el poeta para mostrar el secreto parentesco de todo; pero al mismo tiempo, ciñe la realidad jugosa con el adjetivo- exacto y virginal, y como quiere meter tanto del mundo en su palabra, le resulta a su estilo esa prisa elíptica y esa preñez que él mismo le ponderó a Cecilio Acosta y que no es oscuridad, sino como una especie de angustia poética.

Donde más se la echa de ver es en sus cartas. "Es mal mío -le confesaba en una de ellas a Mitre- no poder concebir nada en retazos, y querer cargar de esencia los pequeños moldes, y hacer los artículos de diario como si fueran libros, por lo cual no escribo con sosiego, ni con mi verdadero modo de escribir, sino cuando siento que escribo para gentes que han de amarme—... Las cartas, por consiguiente, nos lo dan como 'más verdadero: aquellas cartas de ávida ternura, de conciencia en vilo o de lacerada vigilancia, donde cada palabra, cada frase, va cargada de pasión y hasta de acción, donde una prisa dramática pide que se le adivinen mundos de tiempo y de sentido. Unamuno escribió que las palabras en esas cartas de Martí parecen creaciones, actos. ¿No lo era, en rigor, toda su literatura? ¿No era una gran impaciencia de la palabra? Lo importante siempre para él fue la acción: "el acto -dijo- es la dignidad de la grandeza". Toda su obra escrita -cuando no fue pasión sofocada- fue agonía verbal.

Al orador, según dicen algunas personas sinceras que le escucharon no le entendía fácilmente. No podía ser. El caudal desbordaba las represas de la atención. Varona mismo dejó escrito que, oyendo una vez a Martí, "cautivado por la melodía, poca atención había podido prestar a la trama lógica de las ideas". Aquella oratoria -que sólo se aclara en la página impresa- arrebataba, en efecto, a las gentes en la armonía del gesto, del lujo verbal, de la fuga lírica y la alusión fulgurante. No era, en suma, oratoria clásica y suasoria, sino la buena poesía oral de la resaca romántica y también ella se producía como una especie de acción, encaminada a suscitar una emoción épica de presencia: una emoción no de recuerdo, sino de esperanza.

La otra poesía, la lírica pura, la no destinada a la comunicación, es la de sus versos. "Versos de cabeza hecha a dormir en almohada de piedra como dijo él mismo: poesía de suspiro y desvelo. Por más que, en algún momento de política literaria, celebrara la pseudopoesía de edificación y mensaje que solía perpetrar su época, él se sabía muy bien -como acaso no lo supo antes que el nadie de su siglo y de su lengua, si no Bécquer- que no hay poesía verdadera sin intimidad y misterio. Dijo hondamente: "Tal vez la poesía no es más que la distancia". Separarse, en efecto, de la presencia concreta de las cosas y contemplar sus imágenes en el agua profunda del espíritu. En la medida en que así lo hizo, él que no tuvo mucho tiempo para ensimismarse, captó la gracia poética verdadera. Sus "endecasílabos hirsutos' tenían aún demasiado ardor comunicativo. Sin poesía genuina es la de los "versos sencillos", donde se cumple tan bien aquel saber suyo: "no se ha de decir lo raro, sino el instante raro de la emoción noble o graciosa". Esta emoción era casi siempre de amor. Apenas tocó Martí el amor como tema; pero fue esencialmente un poeta amoroso.

4

Hay en el, finalmente, una acción amorosa de las ideas.

El origen de lo que -con las reservas que ya dije- podernos llamar su pensamiento es, principalmente, el mismo: su propia hechura temperamental. Todo su ideario es revelación de alma, despliegue de intuiciones. Influencia de época, sin embargo, reforzaron por una parte ese subjetivismo; por la otra lo sometieron a contrarias solicitaciones. En lo romántico se confirmó su vocación íntima; pero la corriente naturalista que venía del fondo del siglo y que tuvo en el positivismo su estuario, fecundó también aquella mente unidora y totalizadora de Martí. Ambos aportes intentaron resolverse en una síntesis, más poética que filosófica, de espiritualismo y naturalismo. Era esta, subrayo, una necesidad radical del espíritu martiano. La condición amorosa de su temperamento se traducía en una avidez de solidaridad universal. "El amor -escribió Hegel- es la sensación del Todo-; y un epígono moderno del romanticismo, von Hartmann, añade que el amor "es, desde el punto de vista teórico y universal, la intuición de la identidad esencial de los individuos". Esta identidad esencial es precisamente la idea más insistente en Martí. "La vida es universal -escribió-, y todo lo que existe mero grado y forma de ella, y cada ser vivo su agente, que luego de adelantar la vida general y la suya propia en su camino por la tierra, a la Naturaleza inmensa vuelve, y se pierde y esparce en su grandeza y hermosura". De todo esto se deduce una conclusión espiritualista. Como en la naturaleza "no puede haber contradicción" y como en el hombre, que es parte de ella, no se puede negar lo espiritual soberano, esa marcha del mundo tiende a la realización plena del espíritu en el universo. La realidad tiene, así, un sentido y un destino moral.

Estas ideas no eran nada nuevas, por supuesto. La gran tradición neoplatónica, que reverbera en la mística española, les tenía abonado de atrás el terreno en la península. En su formulación moderna eran del patrimonio romántico y, como es sabido, habían hallado en la filosofía idealista del romanticismo alemán su formulación sistemática. Ese idealismo impregnaba el ambiente español en los años de formación intelectual de Martí. No es dudoso que, como los españoles del 70, recibiera Martí su influencia por la vía del krausismo, que a la sazón hacía furor en España. Krause es el filósofo del armonismo masónico. Más tarde, en los Estados Unidos, las mismas ideas afluyeron al caudal de Martí en la doctrina de Emerson y los demás trascendentalistas de la Nueva Inglaterra. Con un poco menos de misticismo, medio Martí está ya en el poético meditador de Concord. El magnífico ensayo que sobre el escribe es un testimonio de afinidad profunda. Finalmente, hay que señalar que ese panteísmo espiritualista no deja de estar matizado en Martí por ciertos reflejos del misticismo oriental, recibidos probablemente durante sus años de México.

A esos caudales místico-románticos se mezcla, como decía, el aluvión naturalista que trae del siglo XVIII su exaltación de la razón humana y de la naturaleza, y que, nutrido por evolucionismo de Darwin a mediados del XIX, asume su disciplina escéptica y cientificista en el positivismo de las últimas décadas. Martí, que había nacido en "la cuna liberal del siglo", recibe en los Estados Unidos las oleadas del mar spenceriano. De todo este repertorio de influencias se equipa aquel culto reverencial de la naturaleza, y por tanto, de lo primario y espontáneo; su concepción evolucionista del mundo y de la historia; sus actitudes antidogmáticas y de practicismo intelectual; en una palabra: su positivismo.

Lo genial es como Martí absorbe y funde en coherencia poética esos elementos desacordes. Todas las ideas que recibe han sido repensadas y fraguadas en su propio molde. De esa amalgama entre "el conocimiento racional y amoroso de la naturaleza" y el de "la perdurabilidad y trascendencia de la vida", deriva sus mensajes más personales y positivos: su pensamiento ético, histórico, político.

Se ha hablado mucho, en cuanto al primero, de la filiación estoica de Martí. No estoy seguro de que no se haya exagerado un poco. Martí es afín, desde luego, por temperamento y por cultura a la tradición senequista española. Pero, sobre que ésta, como tradición intelectual, me parece haber sido en exceso abultada, no hay duda de que en Martí se da en forma muy poco castiza. Su austero sentido del deber, su aceptación del dolor y su aprecio de la dignidad humana son actitudes estoicas; pero enriquecidas, humedecidas, si se me permite la palabra, por otras más delicadas esencias. Lo que sobre todo aparta la ética de Martí de la ética estoica es el lugar predominante que en ella tiene el amor. Nada más distante de la apasionada idea moral martiana que aquel desideratum de apatía, de serenidad a todo trance, de repugnancia a todos los afectos, incluso la compasión, que caracteriza la moral de los estoicos, principalmente de los romanos. Es también cierto de Martí (quien no creía que, por española, se debiera malquerer a Santa Teresa) lo que dice Rousselot del estoicismo de los místicos españoles. Cristo ha pasado por aquel desierto de entusiasmos que tenía su fórmula en el sustine et abstine clásico. Martí sufre y soporta; pero no se abstiene: 'ama. Y así nos ha dejado una ética del deber que llega hasta la fruición del dolor, "sal de la gloria", y una didáctica del desinterés como "ley general de la naturaleza humana".

Su concepción de la dignidad, capital para su pensamiento político, representa una fusión de la idea estoica de la dignidad del hombre como partícipe en la razón universal, y la idea naturalista y revolucionaria del hombre como sujeto de derechos naturales y principalmente del derecho al respeto de los demás hombres.

Su pensamiento histórico-cultural es asimismo una proyección armónica de la síntesis central de su filosofía. Evolucionismo y espiritualismo se dan la mano. Todo acontecer es episodio de la vasta evolución en que el Espíritu se va volviendo a encontrar a sí mismo en la naturaleza. En definitiva, pues, las fuerzas morales gobiernan al mundo, y la calidad de cada civilización se mide por el grado de esa presencia espiritual en ella, por el estilo de hombre y de mujer que produce. La tarea esencial es, por tanto, mejorar este estilo humano: educar al hombre para el ejercicio de la plena dignidad espiritual.

5

No menos que el ideario pedagógico, nace de esos postulados el ideario político. Tiene en ese sentido el pensamiento de Martí dos direcciones fundamentales: una dirección ética y práctica, cuyo eje fue el amor, y otra doctrinal y política, cuyo fin es la libertad. Pero estas dos direcciones en rigor coinciden en una sola. Vale decir que para Martí lo ético es de la esencia de lo político y viceversa. Como el hombre, los pueblos han de ser dignos, han de ser responsables. No pueden serlo, si no tiene la libertad para crear y para regir sus propios destinos. La pura libertad formal, sin embargo, no basta: "¡Qué infeliz Jamaica -exclama Martí-, y que caída, con sus libertades inútiles, sin el dominio ni el concepto de sí propia!" El coeficiente de la libertad es, pues, ese concepto de sí, la dignidad; y la condición de la dignidad histórica es la independencia.

Por eso Martí dedicó su vida entera a la independencia de la porción de humanidad en que le tocó nacer. Ese fondo espiritualista explica lo que de visionario y ardiente hay en la prédica martiana por la independencia. Acaso sea un alivio decir que Martí no fue propiamente un político, sino un revolucionario: es decir, un poeta de la acción histórica. Político en el sentido grande, o sea, hombre de razón y de cálculo, prosador de la empresa pública, fue, por ejemplo, Montoro. Martí, poeta "en versos y obras", como él mismo le escribía a Varona, se inclina a esa suerte de metáfora o salto histórico que es toda revolución, y se inspira en una imagen hiperbólica de la patria. Acaso no hubiera pedido servir para el menester de continuidad y detalle que vino después. Pero sólo un poeta como él pudo haber creado la patria: sólo un poeta pudo habernos dado su imagen ideal con suficiente dramatismo y hermosura para inducir a morir en la tarea de ganarla. Dije antes que Martí casi había inventado su propia empresa; el "casi" era un tributo a la veteranía separatista del siglo. Pero ya Lanuza, valientemente, dejó escrito que "el pueblo cubano, en aquel tiempo,... no quedaría, en su mayoría al menos, la revolución". A pura voluntad histórica hizo Martí quererla: a pura visión poética logro que creyeran en ella. Pocos casos más ciertos se han dado en la historia de esa fuerza de creación que Unamuno lo reconocía a la fe.

No es acaso excesivo afirmar que fue esta también una manifestación de su capacidad de amor. El amor es ciego en cuanto que no pone condiciones para entregarse; pero suele ser a la vez sumamente perspicaz para descubrir las posibilidades de exaltación de la cosa amada. Acaso la previsión política misma, más que una decantación de experiencia, sea, en ciertos visionarios ardientes del linaje de Martí, como una forma misteriosa de conocimiento por amor. Esa simpatía profunda sería la que le permitió a Martí percibir el latido del subsuelo cubano, que era el alma contenida de su pueblo, cuando los demás solo le veían la impávida superficie. Ella explicaría también su optimismo patrio: su estimación generosa de nuestro carácter y su confianza en la capacidad política de la república futura.

Todo lo cual no obsta para que Martí -hombre de ala y de raiz- fuese además en lo político un percibidor muy fino de todas las realidades. Concibió la independencia en función continental. En una época en que todavía los países hispánicos andaban como distraídos del amago potente de fuera, el vio con justeza lo que luego otros han sobrevisto con histeria: la urgencia de cerrar el ciclo bolivarino, para que no pudiera dejar brecha a ninguna expansión imperial. Maestro de conspiradores, supo aprovechar sagazmente la necesidad de importar la acción revolucionaria y capitalizo nostalgias, concertó autoridades y recursos, construyo, en fin con sigilo y eficacia insuperables, un mecanismo invasor de hombres, de armas y de ideas. Predico la revolución hasta el último instante sobre un tema de amor, para que no se quebrantase aquella solidaridad de lo heterogéneo en que había que fundar la patria "con todos y para todos". Muy de atrás se cuido de que la patria futura tuviese sana raíz democrática, y riño con Gómez por ello. Más tarde escribía: "Si no se hace la guerra según el plan de las emigraciones (es decir, según su plan), los del' 68 se la llevan, y tenemos lo de las primeras repúblicas americanas'. No, no era una orgía de caudillos, ni una oligarquía letrada más lo que el quería para Cuba. Quería -ustedes recuerdan la famosa sentencia- la república "una sagaz y cordial" que "tuviese por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio íntegro de los demás; la pasión en fin, por el decoro del hombre". La democracia no se ha definido nunca con más hondura.

Y no es que Martí se hiciese demasiadas ilusiones. La norma evolucionista de su pensamiento le inducía a percatarse de que todas las cosas, cuanto más las realizaciones humanas, tienen su curso y sazón. Sabía que a Cuba le aguardaba su inevitable proceso de integración interna y que, en tanto, tenía que sudar su calentura. Pero confiaba en una buena voluntad rectora del cubano futuro. "A ver si me falla -escribió en los días fundadores.- Esa sí que sería puñalada mortal".

Felizmente, no tuvo ocasión de recibirla. Cuando escribió en la manigua, dos o tres días antes de su muerte: "Para mí ya es hora", acaso tuvo su última adivinación. Acaso sentía ya agotados los días de grandeza, loa días de creación y desinterés, que habían sido su destino. Su agonía había terminado. Sin quererlo, se dejó matar, por una vocación recóndita de su alma, más poderosa que todo raciocinio.

"Sé desaparecer. Pero no desaparecerá mi pensamiento".

Su pensamiento no ha desaparecido. Le ha faltado vigencia oficial, eso sí, porque todavía no se ha logrado en Cuba poner la autoridad al servicio de la nación. Pero su pensamiento está ahí, esperando su hora de plenitud. Terminemos como sólo se ha de terminar siempre: con unas palabras suyas. Estas parecen escritas para hoy:

"El cubano ahora ha de llevar la gloria por la rienda; ha de ajustar a la realidad conocida el entusiasmo; ha de reducir el sueño divino a lo posible; ha de preparar lo venidero con todo el bien y el mal de lo presente; ha de evitar la recaída en los errores que lo privaron de la libertad; ha de poner la naturaleza sobre el libro. Ferviente ha de ser como un apóstol, y como un indio sagaz... Alma trágica es lo que los cubanos han de tener por el tiempo que corre".




José Martí
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