miércoles, 8 de septiembre de 2010

MARTÍ Y EL ESPIRITISMO EXTRAÍDO DE: ESPIRITISMO EN MÉXICO DEL CENTRO DE ENSEÑANZA ESPÍRITA ALLAN KARDEC, DE MÉXICO.

MARTÍ Y EL ESPIRITISMO EXTRAÍDO DE: ESPIRITISMO EN MÉXICO DEL CENTRO DE ENSEÑANZA ESPÍRITA ALLAN KARDEC, DE MÉXICO.


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El presente texto no pretender ser una investigación exhaustiva, sino marcar un referente para aquellas personas que buscan establecer el origen del espiritismo kardeciano en México.

En estas líneas se constatará que el espiritismo no es una doctrina nueva en nuestro país y que, antes bien, desde la segunda mitad del siglo XIX existía ya un apego riguroso a las buenas prácticas espíritas, es decir, apegadas a la codificación, y alejándose del charlatanerismo y cuales quiera otras derivaciones contrarias a los dictados de los espíritus superiores.

Un Espiritismo en Efervescencia
Las primeras nociones que se pueden encontrar en la historia documentada de México sobre la práctica del espiritismo kardeciano (derivado de la codificación de las comunicaciones espíritas hechas por el francés Allan Kardec) datan del año de 1870.

Si se conoce que El Libro de los Espíritus fue publicado el 18 de abril de 1857 en París, Francia, podemos asegurar que, en realidad, la llegada del espiritismo a México no es tan reciente como pudiera pensarse, ni se trata de una doctrina joven en nuestro país.

La presencia del espiritismo en México ha sido conocida por la práctica que de éste tuvo Francisco I. Madero, sin embargo, para cuando este personaje histórico tuvo sus primeros contactos con la doctrina (1891), mucha historia se había escrito ya.

Sin demérito alguno de este héroe patrio, el Espiritismo no nace ni muere con Francisco I. Madero. La existencia de un gran movimiento espírita detrás de esta página de Internet es una muestra de ello.

Antes bien, para 1870 el espiritismo era un movimiento en efervescencia en muchas partes del país –ciertamente en unas más que en otras. No obstante, debe hacerse notar que fue en Guadalajara donde se registró inicialmente una fuerte presencia y gran actividad en la escena pública para, posteriormente, mudarse a la Ciudad de México.

En agosto de 1872 ya se había constituido la Sociedad Espírita Central de la República Mexicana y el general Refugio I. González había fundado, en 1868, en Guadalajara, Jalisco, el primer periódico espírita llamado La Ilustración Espírita.

Pero además, Refugio I. González había traducido en 1872 “El Evangelio Según el Espiritismo” y, en 1875, “El Libro de los Espíritus”, ambos textos correspondientes a las 5 obras que codificó Allan Kardec (además de estos dos, “El Libro de los Médiums”, “El Cielo y El Infierno” y “La Génesis”).

Otro dato de interés es que Ignacio Mariscal, entonces ministro de Relaciones Exteriores de Porfirio Díaz, tradujo de manera anónima en 1892 el libro de León Denis llamado “Después de la Muerte”.

Notoriamente, como un signo de la fuerza con que crecía el espiritismo, el obispado de Querétaro había emitido ya una carta pastoral en contra de éste en 1872. Representantes de ambos libraban intensos debates en las páginas del periódico La Ilustración Católica.

Existen diversas revisiones históricas que, dilucidando centralmente sobre la faceta espírita de Francisco I. Madero, permiten reconstruir parte de la historia del espiritismo en México.

Sin embargo, es necesario revelar que desde esa época, los precursores del espiritismo kardeciano manifestaban una gran preocupación porque la práctica de esta doctrina se apegara a los principios dictados por los espíritus superiores al codificador Allan Kardec, lo cual nos indica la existencia de prácticas distintas a éstos.

Regresando a la revisión de ese episodio histórico, destacan los exhaustivos trabajos de los historiadores Yolia Tortolero Cervantes, con su obra “El Espiritismo Seduce a Francisco I. Madero”, y José Mariano Leyva, con “El Ocaso de los Espíritus, El espiritismo en México en el siglo XIX”, entre otros más, en los cuales adicionalmente se hace una compilación de las cartas sicografiadas por Francisco I. Madero a través del ejercicio de su mediumnidad.

Derivado de estas investigaciones se puede establecer hoy que los movimientos espíritas en el país generaron un número diverso de publicaciones, que tenían como fin divulgar la doctrina.

Entre éstas destacan “La Luz en México” (1872), periódico en el que se dictaban las reglas para conservar los principios doctrinales codificados por Allan Kardec y que era editado por el Círculo Espírita Central, de la Sociedad Espírita Central de la República Mexicana.

Asimismo, existieron “La Sombra de Hidalgo” (1894-1895); “El Orto de la Verdad” (1878), en Xalapa, Veracruz; “Nueva Era” (1878), en el Puerto de Veracruz, y el “Boletín del Círculo Espírita Paz y Progreso” (1890), en Orizaba, Puebla, de acuerdo con el trabajo de investigación de Celia del Palacio Montiel, denominado “Inicios de la Prensa Especializada Durante el Siglo XIX en Veracruz”.

En los primero años del siglo XX surgieron otros periódicos espíritas como “Alma” (revista editada de 1904 a 1905 en Guadalajara por Juan Farías y que era el órgano de difusión del grupo espírita Viajeros de la Tierra), “Lumen”, “La Luz”, “El Cristiano Espírita” y “Nueva Era”. Destaca de igual manera “El Obrero Espírita”, periódico mensual y órgano de difusión del Círculo Espiritista Amor y Progreso del estado de Morelos que se editó de 1910 a 1911.

Asimismo, “La Cruz Astral”, “El Siglo Espírita” y “Helios”, en los que Madero realizó algunas colaboraciones sobre temas espíritas.

De igual manera se realizaron publicaciones formales de las comunicaciones recibidas a través de la práctica medianímica, como es el caso del libro “Reproches y Consejos”. Obra medianímica recibida por el médium psicógrafo Francisco Urgel, editado en 1889 por el Círculo Espírita La Luz.

Por otra parte, de acuerdo con La Ilustración Espírita, existían registrados y reconocidos por apegarse a la doctrina de Kardec, los siguientes centros o círculos:







La Sociedad Espírita Central de la República Mexicana y La Prensa Espírita
La Sociedad Espírita Central de la República Mexicana fue formalizada en agosto de 1872 y en su acta constitutiva quedaron registradas las firmas del general Refugio I. González (fundador del periódico “La Ilustración Espírita”), Manuel Powers y Santiago Sierra, este último hermano de Justo Sierra, Secretario de Instrucción Pública, diputado, ministro de la Suprema Corte de Justicia e impulsor de la Universidad Nacional, quien de igual manera colaborara en algunas ocasiones en la publicación.

Dicha sociedad representó la seriedad y fuerza con los que el espiritismo kardeciano se instaló en México. Y una prueba de su apego a los principios dictados por los espíritus superiores a Allan Kardec fueron sus objetivos, como lo relata la investigación de Tortolero:

“Luchar para que desaparecieran ciertas prácticas que desacreditan al espiritismo y que sólo tienen origen en la ignorancia supersticiosa o en el egoísmo de los que se sirven de él para negocios lucrativos”.

Asimismo, Antonio Saborit, citado en “El Espiritismo Seduce a Francisco I. Madero”, asegura que para esos años ya se habían constituido de manera formal diversos grupos espíritas, como el “Círculo Allan Kardec de la Ciudad de México”, representado por el escritor Ignacio Castera, así como diez más establecidos en el Distrito Federal y otros en Guadalajara, Jalisco; Guanajuato, San Luis Potosí, Monterrey y Tampico. Resalta adicionalmente otra fuente de información que ya existía la Sociedad Espírita de Baroyeca, Sonora –zona donde se generó el fenómeno de una adolescente con aparentes facultades mediúmnicas llamada Teresa Urrea.

La Sociedad Espírita Central de la República Mexicana publicaba contenidos de gran calidad y apego a la doctrina espírita a través de su órgano oficial de difusión, que era “La Ilustración Espírita”.

El primer número de la “Ilustración Espírita” que se puede encontrar está fechado el 15 de diciembre de 1868 y en él aparece como editor responsable Benigno Sánchez. En su encabezado destaca la máxima espírita esculpida por Kardec: “Fuera de la Caridad no Hay Salvación”.

Destaca igualmente la definición de su objetivo: “Periódico consagrado exclusivamente a la exposición y defensa del espiritismo”.

El mismo salía a la venta quincenalmente y la suscripción semestral, en Guadalajara, tenía un costo de 6 reales y un peso, para todo el país.

Este periódico tuvo dos épocas, de acuerdo con el historiador José Mariano Leyva.

Un año después de su fundación, su impresión debió mudarse a Guanajuato. Para 1872 se comenzó a editar en la Ciudad de México y circuló hasta 1879.

De julio de 1879 a octubre de 1888 se dejó de imprimir por falta de recursos y en gran medida porque los suscriptores no pagaban regularmente sus cuotas.

La segunda etapa de “La Ilustración Espírita” está marcada a partir de noviembre de 1888 y hasta diciembre de 1893. El último año y tres meses estuvo a cargo de Moisés González, hijo de Refugio I. González. Este último desencarnó en 1892. 

Entre algunos de los múltiples colaboradores que tuvo “La Ilustración Espírita” destacan las firmas de la médium española Amalia Domingo Soler, el escritor mexicano Manuel Gutiérrez Nájera –quien llegó a usar el seudónimo de Ignotus- y Laureana Wright González, precursora de la igualdad entre mujeres y hombres.

Volviendo a la Sociedad Espírita Central de la República Mexicana, todos sus agremiado estaban obligados a enviarle las comunicaciones mediúmnicas a fin de que fueran validadas (tal y como se recomienda en la codificación) y para lo cual estableció el Círculo Espírita Central, instancia que difundía sus conclusiones en el periódico “La Luz en México”, que comenzó a publicarse a partir de 1872.

Tortolero nos ilustra citando las reglas dictadas por este círculo:

“Todo aquel que se aparte de la común intención que hoy nos reúne, ya sea por pertenecer a otra escuela diferente de la del ilustre Allan Kardec, o bien por oponerse a ella con abierta hostilidad, ya sea de palabra o por escrito […] será primero invitado por el consejo a una o más conferencias privadas y si en éstas resultare probada su mala causa […] el consejo propondrá a la Sociedad su separación, expresando la causa”.
 Se Acercan Espiritismo y Catolicismo
De acuerdo con las referencias históricas, la llegada de la corriente positivista a México  -ciencia sin teología o metafísica, basada sólo en datos del mundo físico (material): los que adoptan el positivismo valoran el método y el empirismo científico-, propició un particular acercamiento de los espíritas y católicos.

La razón es que ambos cuestionaron con grandes similitudes los postulados del positivismo de Augusto Comte, apelando a la existencia del alma y su predomino sobre la materia.

Es de destacar que en ese periodo, “La Ilustración Espírita” definió con claridad que el espiritismo no era una religión de acuerdo con los principios de la doctrina, en razón de no tener cultos, ritos ni dirigentes.

Nuevamente Yolia Tortolero nos da luz sobre el tema y desvela la importancia que el espiritismo cobraba en 1875:

“La confrontación que hubo en la prensa de ideas espiritistas, positivistas, católicas y materialistas también estuvo presente en el Liceo Hidalgo, un foro público que abrió el debate sobre el espiritismo durante las sesiones realizadas en los meses de abril y marzo –de ese año- en las cuales se trató el tema del espiritismo y su relación con la ciencia, el materialismo y el positivismo”.

No obstante, esa precaria alianza coyuntural terminaría por romperse con el tiempo. Porfirio Díaz, buscando sumar aliados, acordaría años después con la Iglesia Católica una restricción a los cultos diversos, con lo que el movimiento espírita prácticamente salió de la escena pública, según las referencias históricas.

El Espiritismo Mexicano y sus Relaciones con el Exterior
A través de la recompilación histórica de la vida de Refugio I. González hecha por José Mariano Leyva es posible esbozar el grado de relaciones que existían entre los espíritas organizados mexicanos y otros grupos en el extranjero.

“En enero de 1875 – Refugio I. González- ingresó en la Sociedad Espírita de la capital de México; en noviembre de 1878 fue nombrado miembro de honor de la Société Scientifique d´Estudes Psychologiques de París; en 1881 la sociedad espírita de Guatemala, la Nueva Era, expidió a su favor el título de presidente honorario, por acuerdo de su junta directiva.

“En 1887 le nombró en asamblea general la Congregación Espiritista de Buenos Aires, Fraternidad, socio corresponsal de la misma; en 1884, la Unione Operaja Umberto I, sociedad de socorros mutuos de Nápoles, le envió el diploma de socio protector…”, cita en su libro.

Las relaciones de los espíritas mexicanos con el exterior no eran poco frecuentes, ya que existe constancia de comunicaciones epistolares con la Revista Espírita de Allan Kardec.

Está acreditado que con una gran regularidad se realizaban compras de libros y documentos con diversas agrupaciones europeas.

Existen constancias de un detallado seguimiento de actividades internacionales, como lo fueron el Congreso Internacional Espírita en Barcelona, el 3 de octubre de 1888; el Congreso Espírita de París, en octubre de 1889, y el Congreso Espírita Iberoamericano e Internacional de Madrid, en noviembre de 1892.

Grandes Debates Espíritas
En “El Espiritismo Seduce a Francisco I. Madero”, la investigadora que hemos citado reiteradamente, destaca que en el espacio público conocido como el Liceo Hidalgo –foro de discusión sobre la cultura y las letras-, en 1875, el espiritismo libró grandes batallas públicas que le llevaron a estar en primerísima escena en la esfera de la ciencia y la filosofía.

Los debates, iniciados el 5 de abril de 1875, se enfocaron hacia la relación del espiritismo con la ciencia, el materialismo y el espiritismo.

De entre los grandes personajes nacionales y extranjeros que presenciaron y participaron de esas reuniones destacan: José Martí, espiritista y prócer cubano; Justo y Santiago Sierra –este último literato y gran promotor del espiritismo y quien desencarnara tempranamente como consecuencia de un duelo de armas en 1880-, Gabino Barreda, positivista poblano que fuera nombrado Director General de la recién fundada Escuela Nacional Preparatoria, y el escritor, poeta y periodista, Ignacio Ramírez El Nigromante.

De la reunión de ese día destacan dos intervenciones citadas por  el historiador José Mariano Leyva. La Primera de ellas, la del diputado jaliscience Emeterio Robles Gil, quien defendió los principales preceptos espíritas.

La segunda, la de José Martí, quien dijo sentir “en sí mismo, la existencia de un espíritu imperecedero y enteramente ajeno a la materia”.

En esa reunión Martí enfrentó un debate con Gustavo Baz, quien defendía los postulados del materialismo.

Por su valor testimonial y por lo que representó Martí para el espiritismo en Cuba, se reproduce su exposición, citada en “El Ocaso de los Espíritus”:

“Yo vengo a esta discusión con el espíritu de conciliación que norma todos los actos de mi vida. Yo estoy entre el materialismo que es la exageración de la materia y el espiritismo que es la exageración del espíritu. ¿Qué es el espíritu? Nos pregunta el señor (Gustavo) Baz. El espíritu es lo que él piensa, lo que nos induce a actos independientes de nuestras necesidades corpóreas, es lo que nos fortalece, nos anima, nos agranda en la vida. ¿No recuerda el señor Baz cuando ha depositado un beso casto en la frente de su madre, cuando ha amado con la pasión del  poeta, cuando ha escrito con miserable tinta y en miserable papel  algo que no era miserable? Es algo que nos da la propia convicción de nuestra inmortalidad, nos revela nuestra preexistencia y nuestra sobreexistencia”.

Los debates subsecuentes atrajeron tal número de espectadores, que las sesiones debieron trasladarse al Teatro del Conservatorio.

Como sinónimo de la importancia que tenían estas discusiones, se señala la cobertura que dio a las mismas el periódico “El Federalista”, en donde se reprodujeron tales debates, así como también lo hizo “El Porvenir”.

Debe resaltarse el nivel de estudio y conocimiento que para esos años existían ya de la doctrina espírita, en razón de que en un artículo periodístico, Santiago Sierra se refiere ya al éter como fluido conductor de la vida espiritual.

Citamos parte de dicho artículo, publicado de igual manera en la obra de la historiadora Tortolero, en el que Santiago Sierra refuta argumentos en contra del espiritismo expresados por Francisco Pimentel, director del Liceo Hidalgo, en una ponencia denominada “Materialismo y Espiritismo”.

Expresa Sierra: “También me abstengo de rechazar el cargo, que nos hizo Ud. de contradecirnos al afirmar que el espíritu es incorpóreo y bicorpóreo. El espíritu es un agente cuya naturaleza nos es desconocida, pero que se vale para manifestarse físicamente, en el cuerpo y fuera del cuerpo, de una fuerza especial cuya esencia no es tan inaccesible.

“Esa fuerza, que es quizás el éther (sic) –anotación de la historiadora-  en cierto modo de vibración, y el ser que la posee, forman dos entes distintos, sin que esto quiera decir que el espíritu sea materia, ni que no lo sea, ni que sea dos cuerpos. Tal es nuestra creencia.”

Asimismo, por su valor histórico se reproduce un debate entre Gabino Barreda y Santiago Sierra, el cual, a su vez, es citado por Yolia Tortolero del artículo Espiritismo y Positivismo, de la autoría de Francisco G. Cosmes, en el periódico “El Federalista”, en su edición del 21 de abril de 1875.

En otra sesión del Liceo Hidalgo, el 22 de abril de 1875, cuando todas las localidades estaban agotadas, hablaron Telésforo García, Joaquín Calero y Gabino Barreda. Entre ellos, Barreda dividió su discurso en dos partes: la primera, para exponer su sistema positivista y la segunda, para atacar al espiritismo, negándole la influencia que en el estudio de las ciencias pudiera tener. Barreda dijo entre otras cosas que:

“Mientras la ciencia había logrado demostrar la existencia de los fenómenos físicos por medio de las leyes constantes e invariables, el espiritismo no había conseguido todavía presentar una sola ley”.

Gabino Barreda terminó su exposición y, de inmediato, Santiago Sierra se levantó en la sesión para impugnarlo porque el primero había dicho que: “los espíritas aseguran que debe haber habitantes en los planetas porque esto es muy bonito. No, contestó Sierra, porque la ciencia demuestra que en cualquier  punto del espacio, en donde quiera que existe un átomo organizado, hay existencia”.

En los días más intensos de ese debate, la Sociedad Espírita Central de la República Mexicana habría decidido fijar su postura de la manera más pública posible: publicando un desplegado en el periódico “El Federalista” el 28 de abril de 1875.

Se trataba de lo que denominaba El Credo Religioso y Filosófico de la Sociedad Espírita, documento firmado por Manuel Plowers, Refugio I. González y Santiago Sierra.

De acuerdo con la Yolia Tortolero, dicho documento señalaba que la doctrina practicada por la Sociedad se apegaba a los principios de Allan Kardec y sostenía la existencia del alma y espíritu, así como su inmortalidad e individualidad. Exponía como esencial la pluralidad de existencias o la reencarnación  en mundos adecuados a su estado de avance moral o campo vibratorio.

Remarcaba la creencia en Dios y citaba sus atributos con base en las preguntas 1 y 13 del “Libro de los Espíritus”.

Una de las críticas que las diversas corrientes del positivismo y catolicismo de la época esgrimían era la posibilidad de las comunicaciones con los espíritus de los que ya han desencarnado.

Y por ello, en dicha publicación establecía que la comunicación con los espíritus es de utilidad, en razón de las valiosas enseñanzas para la humanidad, así como se subrayaba  al espiritismo como El Consolador prometido por Jesús,

Así como el codificador expresa que el espiritismo y la ciencia no se contradicen, Santiago Sierra refrendó esos principios al publicar una serie de artículos en “El Federalista”.

“…si algún principio del espiritismo pugna con algún principio científico, que se nos indique; si se cree que las comunicaciones de ultratumba no pueden coexistir con la ciencia, demuéstrese: tenemos curiosidad de saber qué ley de astronomía, de mecánica, de física, de química, de fisiología o de anatomía viene por tierra con la intervención de los espíritus.”

Tras la experiencia del Liceo Hidalgo, existen indicios de que el espiritismo –quizás no de manera planeada- privilegió trabajar dentro del propio movimiento y de ahí en adelante comenzará a diluirse su presencia pública organizada hasta nuestros días.

En 1893 “La Ilustración Espirita” dejó de imprimirse y al parecer eso impactó en los recursos de comunicación y vinculación con los centros espíritas y no fue sino hasta 1906 y 1908 cuando se organizaron sendos Congresos Nacionales Espíritas, que se reanudaron las vinculaciones de manera momentánea.

Se Pierde la Cohesión
Sin poderse precisar de manera exacta la fecha, se estima que alrededor de 1889 la Sociedad Espírita Central de la República Mexicana comenzó a funcionar de manera irregular.

Tortolero plantea la hipótesis de que se debió a la desencarnación de algunos de sus miembros y por la falta de interés de otros más. Lo que se expresó en el cese del intercambio con otras agrupaciones de Europa.

La historiadora detalla:
“Lo más notorio fue que los distintos círculos de la República Mexicana quedaron sin un órgano que guiara sus actividades a escala nacional, y por ello cada uno trabajó por separado bajo sus propias orientaciones, limitaciones y recursos.

“Todavía alrededor de 1893, la cabeza que era la Sociedad Espírita Central trató de hacer llamados de atención a los agremiados del país para no cesar de sujetarse al reglamento de la Sociedad, pero también para no perder el rumbo de su doctrina a escala internacional. En este sentido, uno de los últimos anuncios que envió a los diversos círculos afiliados, fue en el sentido de certificar su apego a las conclusiones de los dos congresos espiritistas celebrados en Barcelona y París en 1888 y 1889, respectivamente”.

Adicionalmente, como consecuencia de la alianza estratégica de Porfirio Díaz con la alta jerarquía de la Iglesia Católica –continúa Tortolero- se generó una corriente de acción en contra de las diversas expresiones religiosas y espirituales. Se vieron afectados los masones, los protestantes y, por supuesto, los espiritistas.

“Puesto que el espiritismo fue también ardientemente anticatólico, no es de sorprender que las fuentes espiritistas revelen que en el decenio de 1880 muchos líderes protestantes también fueron adeptos a esa ideología. En efecto, a menudo la prensa protestante hizo frente común con el catolicismo exacerbado de los espiritistas, en particular en los momentos de persecución”, afirma Jean-Pierre Bastian en “Los Disidentes: Sociedades Protestantes y Revolución en México, 1872-1911”, citado por Yolia Tortolero.

Este clima de hostilidad hacia los movimientos espíritas quedó reflejado en una comunicación enviada a Francisco I. Madero –quien con el tiempo se convertiría en un ferviente promotor del espiritismo kardeciano y posteriormente Presidente de México- por el director de la revista espírita “Alma”, Antonio B. Castro, en 1904.

Según la investigación que hemos citado, B. Castro indicó a Madero que en su primer número de la revista debieron modificar la materia de la misma para evitar persecuciones, por lo que la denominaron “Revista Mensual de Estudios Psíquicos y Morales”.

“Como verá usted, creímos conveniente no estampar en el primer número con entera claridad nuestro objeto o, más bien dicho, no estampar la palabra espiritismo, que a muchos asusta”, expresa B. Castro a Madero.

No obstante, “Alma” dio un giro y comenzó a incluir contenidos notoria y abiertamente espiritistas. La consecuencia relatada por el propio director a Madero:

“No tiene usted una idea de cómo hemos luchado contra de la clase clerical y fanáticos que no desperdician la oportunidad para evitar la publicación y circulación del periódico, pues, según he sido informado, han recurrido hasta con los carteros repartidores del correo para que no hagan entrega de nuestra revista, y también sabemos que la guerra nos la
tienen jurada por debajo del agua, pues no han querido aceptar polémica ninguna por medio de la prensa; comprenden bien que el silencio es lo más elocuente”.

Un Presidente Espírita
Quien fuera presidente de México y masón, Francisco I. Madero, tuvo su primer acercamiento directo con el espiritismo durante sus estudios en París en 1892.

Ya en México había tenido la oportunidad de leer la Revista Espírita de Allan Kardec, en razón de que su padre estaba suscrito a la misma. Madero creció en una familia espírita.

Esta formación y experiencia lo llevó a constituir en 1900 el Círculo de Estudios Psicológicos de San Pedro, Coahuila, el cual presidió.

Francisco I. Madero, de acuerdo con diversos historiadores, desarrolló una facultad mediúmnica –sicografía. Existen a la fecha diversas compilaciones de sus sicografías.

Asimismo, de acuerdo con los archivos de la documentación de Madero, tuvo una intensa comunicación con espiritistas españoles, quienes habrían sido unos de sus principales proveedores de literatura espírita.

Con León Denis sostuvo un intercambio epistolar. Uno de los motivos fue el solicitar su anuencia para realizar una edición masiva de su libro “Después de la Muerte”, traducido por Ignacio Mariscal, con el fin de difundirlo en el ferrocarril, entonces transporte de grandes masas (1906).

La segunda circunstancia fue cuando Madero le indica a León Denis que buscaría la vía de la política para luchar por la causa espírita, de acuerdo con su misiva del 26 de junio de 1906.

De igual manera colaboró, en ocasiones con el seudónimo de Arjuna, en periódicos espíritas como “La Cruz Astral”, “El Siglo Espírita”, “Alma” y “Helios”, y envió trabajos a los primer y segundo Congreso Espírita de 1906 y 1908.

Francisco I. Madero, quien publicó en 1911 su “Manual Espírita” bajo el seudónimo de Bhima, no sólo fue promotor de la doctrina espírita sino que apoyó financieramente a publicaciones espíritas como “Alma”, “El Cristiano Espírita” y “La Cruz Astral” (editado en Monterrey por Manuel Vargas Ayala).

Es importante mencionar que al igual que los espíritas de la primera mitad del siglo XIX, existía un amplio conocimiento de la doctrina dictada por los espíritus.

Ello puede percibirse de algunas de las conclusiones que Madero expuso en uno de sus trabajos para el Segundo Congreso Espírita de 1908, y cuyo contenido se encuentra en las cartas del mismo.

Madero mencionaba que en su camino evolutivo, el espíritu debería de pasar por los reinos vegetal y animal, hasta alcanzar el cuerpo humano, y ahí iniciar el ciclo de las reencarnaciones.

Al final de su vida, Madero privilegió más lo que él consideró su misión política, que el trabajo en la doctrina espírita.

Por considerar que existe una gran variedad de obras sobre la vertiente espírita de Francisco I. Madero no se ahonda en el tema, y se citan algunas de ellas al final para utilidad de los interesados.

Los espíritas volvieron a organizarse para la realización de lo que sería el Primer Congreso Espírita de 1906, lo que será motivo de un material específico.

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Referencias bibliográficas
TORTOLERO, Cervantes Yolia, El Espiritismo Seduce a Francisco I. Madero, México, Conaculta/Fonca 2003.
LEYVA, José Mariano, El Ocaso de los Espíritus. El espiritismo en México en el siglo XIX, México, Ediciones Cal y Arena 2005.
KRAUZE, Enrique, Francisco I. Madero. Místico de la Libertad, México, Fondo de Cultura Económica, 1987.
ROSALES, José Natividad, Madero y el Espiritismo. Las  cartas y las sesiones espíritas del héroe, México, editorial Posada, 1973.
SOLARES, Ignacio, Madero, el otro, México, Joaquín Mortiz, 1989.
 
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lunes, 6 de septiembre de 2010

JOSÉ MARTÍ, JUNTO A RUBÉN DARÍO, LEOPOLDO LUGONES Y OTRAS FIGURAS IMPORTANTES DE LAS LETRAS Y DEL MODERNISMO ACEPTABAN LA TEOSOFÍA PROMULGADA POR HELENA P. BLAVATSKI, ESTE ARTÍCULO IN EXTENSO LO DEMUESTRA.

Contenido(s):
Introducción*
Las elites intelectuales de Centroamérica
en el paso de siglo: entre el positivismo
racialista y el espiritualismo nacionalista
 
*. Pags. 1-12. Del contenido.
La crisis, entre finales del siglo XIX y los albores del siglo XX, favoreció la emergencia de un nuevo grupo social hasta entonces no claramente identificado y reconocido como tal: el de los intelectuales.
Los antecedentes inmediatos de este grupo podemos encontrarlos en la Ilustración con los enciclopedistas, como aquel grupo homogéneo que jugó un papel relevante durante la Revolución Francesa; así como en la etapa utópica de Saint-Simon como en la del auge positivista con la confianza absoluta depositada en el progreso y en la ciencia y con la firme creencia de Comte en que en el futuro correspondería a “los sabios o científicos” la función de gobernantes, porque eran los más aptos y capaces de ejercerla. A su vez el marxismo hizo una importante contribución al papel de los intelectuales como clase privilegiada con su concepto de vanguardia, pero sobre todo en su vertiente gramsciana, con la función que le confería a éstos, como intelectuales orgánicos en su pugna por la hegemonía político-cultural de la sociedad.
La mayor parte de los historiadores y científicos sociales especialistas en el tema coinciden en afirmar que en Europa el affaire Dreyfus y el “Yo acuso” o manifiesto de Zola fueron el punto de partida para el surgimiento de una nueva posición del intelectual ante su sociedad.
La nueva función social crítica de los intelectuales estaba vinculada al ámbito de la cultura, el periodismo, la universidad y los ateneos, surgiendo a fines del siglo XIX como un grupo profesionalizado, que vivía de la escritura y de la prensa, realizaba proclamas públicas, denuncias colectivas y se identificaba como un grupo aparte con una nueva misión histórica que cumplir. El intelectual como grupo con una identidad propia surgió entonces como una opción contrapuesta al poder establecido, que pretendía encarnar la conciencia de determinados grupos subalternos frente al poder y adquirió el compromiso moral de denunciar públicamente la injusticia, la corrupción y las dictaduras y apoyaba la búsqueda de la verdad, la justicia, la belleza y los valores universales.
Este afán regeneracionista de los intelectuales en su sociedad, esta nueva función suya como agentes transformadores de la realidad social, como testigos oculares de la injusticia y como formadores de la opinión pública a través de la narrativa del discurso, se originó a raíz de la crisis finisecular.1
En el caso de España la emergencia de estos intelectuales ha sido ampliamente abordada por muchos autores y todos ellos hacen coincidir su aparición con la crisis del 98 y la pérdida de las colonias, el impacto de la I Guerra Mundial y durante la primera y la segunda repúblicas.2
Para nuestra investigación nos interesa resaltar la enorme influencia que la Generación del 98 –especialmente Unamuno, Azorín, Ganivet, Posada, Altamirano y Maeztu– tuvo en el ideal de intelectual de la época para América Latina. Este intelectual, en su vertiente de crítica contra el Estado y la sociedad –de analista y elaborador del diagnóstico sobre los males de la misma, de formador de opinión pública y creador de discurso hegemónico– constituyó uno de los modelos que iba a imitar gran parte de las elites intelectuales latinoamericanas. A ello había que añadir los estrechos vínculos entre muchos de ellos porque pertenecían a movimientos literarios, como el modernismo; o filosóficos como el vitalismo, el regeneracionismo o la teosofía; o políticos como el antiimperialismo o el nacionalismo. Todo ello contribuyó a crear densos y estrechos vínculos, a formar amplias redes sociales a través de las cuales hubo una gran circulación de las ideas que fueron configurando un imaginario común, una nueva forma de pensar y de repensar el papel de los intelectuales en Europa y América.
De igual forma influyeron algunos intelectuales franceses que, con un planteamiento espiritualista, se cuestionaban el quehacer intelectual: Henri Barbusse, Anatole France, Romain Rolland, entre otros, se opusieron a la política partidista, a las dictaduras, a la barbarie de la I Guerra Mundial, y abogaron por un discurso ético-moral que permitiera recuperar la esencia del ser humano y devolviera a los individuos “la claridad” de las ideas, a través de la búsqueda de la verdad, la belleza y la justicia.3 El discurso de todos ellos iba dirigido a los jóvenes de toda América Latina, para que recuperasen sus raíces hispanas y cumpliesen una misión: “Salvadora y regeneradora de la humanidad”.
Podemos afirmar que tanto la red de intelectuales europeos como la de latinoamericanos compartían una serie de rasgos de afinidad. Un rasgo común de los intelectuales de esta generación finisecular era, como opinaba Félix Ortega, su diletantismo intelectual, entendiéndolo como determinados individuos que opinaban de muchos temas sin reglas, método o teoría apropiada. Generalmente eran escritores polifacéticos, que escribían y opinaban sobre cualquier cosa, en muchas ocasiones sin conocimiento de causa y mezclando a menudo literatura y ensayo; ensayo, poesía y filosofía; y todas estas disciplinas con el periodismo daban como resultado unas opiniones en muchos casos bastante superficiales, cuando no banales.4 Casi todo ellos pertenecían a distintos movimientos culturales y filosóficos, a diferentes “ismos”: modernismo, expresionismo, hispanismo, vitalismo, espiritualismo, etc. En general compartían la pasión por la escritura, el arte, las ciencias y eran conscientes de que, a través del manejo de la prensa y el discurso nacional e internacional, estaban forjando una opinión pública y ejerciendo un enorme poder en la sociedad.5
Otro rasgo común era la plena conciencia de su identidad como intelectuales y el papel redentor y regenerador que les había tocado jugar en su sociedad. Ello hacía que adquirieran un enorme protagonismo y una gran resonancia sus discursos que, a través de la difusión de diferentes redes y espacios de influencia, hacían llegar a la “humanidad”, mediante manifiestos internacionales, sermones laicos, ligas unionistas, apristas, comiternistas o antiimperialistas. En todas ellas se entreveía su gran cosmopolitismo y su misión redentora.
Resulta menos conocido, pero no por ello menos importante, el enorme impacto que produjo en todos ellos el conocimiento de Oriente y de las grandes doctrinas y filosofías hinduistas y teosóficas. Estas corrientes, desde otra óptica, también tuvieron un fuerte componente vitalista, espiritualista, regeneracionista, anticolonialista y nacionalista y reforzaron los mecanismos de interacción entre Oriente y Occidente, a través del pensamiento filosófico de personajes como Krishnamurti, Vivekananda, Jinarajadasa y, curiosamente, provocaron una buena amalgama e hibridez con las teorías en boga en Europa y América Latina.
Otro rasgo menos conocido fue la participación de las mujeres en el campo de estas elites intelectuales, generalmente de la mano de la teosofía por medio del ejemplo de personajes connotados como Madame Blavatsky, Annie Besant, Colbert, Tingley, etc., quienes promovieron la participación activa de aquéllas en el ámbito de la cultura y de la religión universal, pero también en el campo de los derechos feministas a través de las batallas por el derecho al voto, a la educación y al trabajo; pero sobre todo estas elites intelectuales favorecieron la presencia de las mujeres en el espacio público.
Para el caso de América Latina, cabría preguntarse en qué momento los intelectuales se constituyeron y fueron reconocidos como grupo de poder e influencia con una identidad propia; en qué momento tomaron conciencia de sí mismos y de su función pública; qué acontecimientos regionales y nacionales provocaron esta emergencia y cuándo –como dice Charles Cristophe– adquirieron el derecho al escándalo, a la asociación, a la conciencia de su influencia y de la capacidad para crear redes y espacios de sociabilidad propios.6 Para el caso de Guatemala no nos cabe ninguna duda de que fue la Generación de 1910 la que preparó el camino, y la Generación de 1920 la que consiguió alcanzar esa conciencia propia y ese reconocimiento nacional e internacional. De ahí la importancia que reviste su estudio desde el punto de vista de la historia intelectual.
Retomando la región latinoamericana, qué duda cabe de que fue el Ariel de Rodó el que marcó un punto de inflexión en lo que iba a ser el papel de los intelectuales latinoamericanos en la nueva concepción de los valores culturales y morales de ese grupo, abriendo nuevos caminos para la recuperación de la identidad cultural de lo hispano-latinoamericano, frente a lo anglo-norteamericano; pero no menos importancia tuvo –a nuestro juicio– la influencia intelectual de Nuestra América de José Martí, Las fuerzas morales y El hombre mediocre de José Ingenieros, La raza cósmica de José Vasconcelos, la Misión de América y el Mínimum vital de Alberto Masferrer y Alrededor del problema unionista y La enfermedad de Centro América de Salvador Mendieta. A partir de Ariel (1900) y de Motivos de Proteo (1919) de José Enrique Rodó, en donde se expone la doctrina de la renovación espiritual, fue cuando emergió en la región una masa crítica de intelectuales que se reconocían a sí mismos y eran reconocidos como tales por su sociedad y cuando se establecieron entre ellos densos vínculos regionales, a través de organizaciones sociales y políticas, que entablaron relaciones mediante la publicación de manifiestos, periódicos y semanarios, libros conjuntos, en ateneos, encuentros nacionales e internacionales de jóvenes, universitarios o en congresos pedagógicos o ligas antiimperialistas, pacifistas, etc. Estas elites desempeñaron un papel relevante en la reformulación de los imaginarios nacionales, en la articulación de las identidades continentales, regionales y nacionales, en la creación de nuevos espacios públicos y culturales que les sirvieron de tribunas o foros para pugnar por la hegemonía de sus ideas sociales y políticas.7
A nuestro juicio, para el caso de Centroamérica cumplieron un papel decisivo en la formulación de un discurso estructurado y coherente acerca de la identidad nacional, la naturaleza y la esencia de la nación. Fueron sin duda estas generaciones de intelectuales las que contribuyeron a rescatar los valores culturales de “Nuestra América”, a recuperar el pasado histórico de las culturas prehispánicas y contribuyeron a formar un proyecto de nación étnico-cultural. Fueron autores como Rodó, Mistral, Martí, Sandino, Masferrer, Ingenieros, Mendieta y Wyld Ospina los que desde la literatura, el periodismo y el ensayo contribuyeron a forjar un nuevo imaginario nacional y regional, recuperaron el pasado histórico de nuestro pueblo y contribuyeron a redefinir las complejas relaciones entre la cultura, la sociedad, la política y el Estado. En resumidas cuentas adquirieron un nuevo compromiso frente a su sociedad y especialmente frente a los grupos subalternos haciéndose portavoces de sus demandas.
Algunos de ellos por su cosmopolitismo y por su afán redentor trascendieron los límites de las fronteras nacionales y se convirtieron en guías espirituales para toda la región como José Ingenieros y Juan B. Justo para Argentina, Mistral y Recabarren en Chile, Haya de la Torre y Mariátegui en el Perú, Vasconcelos y Flores Magón en México, Sandino y Mendieta en Nicaragua, García Monge y Brenes Mesén en Costa Rica, Masferrer y Salarrué en El Salvador o Gómez Carrillo y Arévalo Martínez en Guatemala. Otros sirvieron de enlace y mediación entre intelectuales europeos e hispanoamericanos como García Monge en Costa Rica con su revista Repertorio Americano o Gabriela Mistral con las asociaciones homónimas –“Sociedades Gabriela Mistral”– o los hermanos Henríquez Ureña, que aunaban un buen número de intelectuales de ambos continentes.
Esta amplia red de intelectuales, relacionados estrechamente entre sí, crearon un espacio cultural y político diferente del anterior en donde la circulación de las ideas y las influencias intelectuales de ida y vuelta entre Europa, Oriente y América fueron mucho mayores y fructíferas de lo que hasta el momento se ha subrayado, teniendo nuestra investigación como uno de los principales objetivos subsanar en parte esta laguna.
Para el caso de Guatemala los estudios realizados desde la perspectiva antes mencionada son muy escasos y ha sido muy poco perceptible la influencia del espiritualismo, vitalismo y teosofía en gran parte de estas elites intelectuales de las generaciones de 1910 y de 1920. Es más, nos atreveríamos a afirmar que buena parte de su obra, no sólo ha sido desconocida, sino también deliberadamente silenciada por las corrientes liberales y marxistas, porque o no interesaba políticamente su recuperación o no era “lo políticamente correcto” en determinados momentos. Parece bastante sorprendente que, a excepción de autores como Dante Liano y Arturo Arias, haya habido un pacto de silencio sobre estos temas o se haya debido tal vez a que, tras la fuerte eclosión de estos movimientos en la década de 1920 al 1930, hayan quedado soterrados posteriormente por las dos ideologías hegemónicas del momento el marxismo y el liberalismo.
Por ello nos inclinamos a recuperar estas corrientes subalternas que influyeron notablemente en la formación del espiritualismo nacionalista o en el socialismo espiritual de Juan José Arévalo, que tomaron muchas de las ideas precedentes de Masferrer, Mendieta, Juárez Muñoz y Wyld Ospina, así como de la enorme influencia del grupo de mujeres que lograron el voto femenino, cuyas madres o abuelas habían militado en las “Sociedades Gabriela Mistral”, de claro corte teosófico y espiritualista. En este libro pretendemos desentrañar parte de este pensamiento olvidado o soterrado, pero que sin duda marcó sensiblemente a autores posteriores como Carlos Gándara Durán, Muñoz Meany, Rölz Bennet y gran parte de los intelectuales que dieron forma y contenido a la Revolución de 1944.
De este modo, queremos poner de manifiesto en la presente investigación que “La Generación Cometa” de 1910 y sobre todo la Generación de 1920, constituyeron un prototipo de intelectuales a caballo entre ambos siglos, el XIX y el XX, propios de nuestra historia intelectual, con todas sus ambigüedades y paradojas, con un diletantismo intelectual y una hibridez cultural propias de la época y a su vez con vaivenes ideológicos muy marcados entre el positivismo y el espiritualismo, entre el catolicismo tradicional, la masonería y la teosofía, entre el individualismo y el colectivismo anarquista y entre el espiritismo y la ciencia. Toda esta mezcla o hibridación cultural en una misma generación y muchas veces en un mismo autor que va ir transitando por todos estos estadios, es lo que les hizo a su vez tan geniales como singulares y contradictorios.
Por todo lo expuesto consideramos necesaria la reconstrucción de esta etapa poco conocida y estudiada hasta el momento ya que, en primer lugar, desterraron la idea de la jerarquización racial del positivismo racialista, tratando de recuperar no sólo el pasado histórico de los mayas y de civilizaciones ancestrales, sino de replantear el lugar que debían de ocupar los indígenas en su calidad de ciudadanos, proponiendo medidas muy novedosas, como el respeto y valorización de sus culturas, la dotación de tierras y la incorporación plena de los indígenas a la ciudadanía. En segundo lugar, abogaron por sacar del espacio privado a las mujeres y dotarlas de nuevos derechos políticos y sociales. En tercer lugar, imaginaron un nuevo modelo de espiritualismo nacionalista basado en la recuperación de las identidades culturales de lo hispano y lo autóctono y en la remodelación de un proyecto de nación cultural. A la vez que intentaron crear una forma de gobierno regional de toda Centroamérica, retomando el pensamiento unionista de Valle y recreando la república federal como forma óptima de gobierno para nuestros pueblos. En última instancia, consideramos que hicieron un importante aporte al intentar elevar a la constitución de las repúblicas centroamericanas, leyes de carácter social que posibilitaran la formación de un Estado social de derecho, antecedente del Estado benefactor.
Si bien es verdad que el contexto internacional entre dos guerras mundiales, la gestación y desarrollo del fascismo, la crisis del 1929 y los ejemplos de la revolución mexicana y posteriormente de la guerra civil española no ayudaron, sino más bien provocaron un nuevo viraje de dictaduras en toda la región, sí sirvieron de revulsivo y de modelo para muchos de los intelectuales que militaron en todos estos movimientos y que sin duda contribuyeron notablemente a crear nuevos imaginarios nacionales más incluyentes y participativos en toda la región. Sobre todo, en lo que respecta al tema de la historia intelectual, contribuyeron notablemente a forjar un grupo de intelectuales comprometidos con su país y con su realidad y con plena conciencia de su identidad como grupo.
Plan de la obra
El presente libro está estructurado en cinco capítulos. En el primero “El debate sobre la nación y sus formas en el pensamiento político centroamericano del siglo XIX”, su autora, Teresa García Giráldez, reflexiona acerca de las imágenes de la nación que se plantearon en el periodo inmediatamente posterior a la Independencia colonial y a lo largo del siglo XIX, haciendo hincapié en la discusión acerca de la Federación en la prensa periódica del periodo federal. Resalta asimismo la función de los “sabios” que entre el siglo XVIII y XIX, constituyen los antecedentes inmediatos de los intelectuales decimonónicos y posteriores, analizando pormenorizadamente a un José Cecilio del Valle, liberal moderado según los esquemas entonces vigentes, pero un intelectual orgánico de enorme relieve para la teorización de la Patria Grande y poco estudiado bajo ese perfil. Resaltan las analogías y diferencias entre este autor y otros autores considerados indiscutiblemente liberales y coetáneos de aquél, como Pedro Molina, otro intelectual orgánico de relieve, que como Valle, cabalga los siglos XIX y el XX, pero defiende el proyecto liberal de patria chica.
En el segundo capítulo, “La creación de nuevos espacios públicos a principios del siglo XX: la influencia de redes intelectuales teosóficas en la opinión pública centroamericana (1920-1930)”, Marta Casaús Arzú trata de desentrañar las raíces del pensamiento espiritualista en Centroamérica y especialmente abordar la enorme importancia que la teosofía y el vitalismo tuvieron en la región y de aquellos pensadores y pensadoras que más influyeron en su difusión, como Annie Besant, Krishnamurti, Roso de Luna, Jinarajadasa, George, Tolstoi y Masferrer y que fueron corrientes filosóficas que influyeron notablemente en el pensamiento centroamericano de las décadas de 1920 y 1930. La autora pretende poner de manifiesto las redes teosóficas internacionales continentales y regionales y los estrechos vínculos que se crearon entre todos los intelectuales de la época a través de la utilización de foros, revistas, semanarios y congresos en donde casi todos ello concurrían y expresaban sus ideas contrarias al positivismo y al materialismo imperante.
En el tercer capítulo, “La patria grande centroamericana: la elaboración del proyecto nacional por las redes unionistas”, su autora, Teresa García Giráldez, siguiendo el hilo de la república federal reflexiona sobre el unionismo como movimiento social y político que, inspirándose en Valle, va más allá y se plantea como proyecto de nación hegemónica. La Patria Grande unionista aprende de los errores precedentes las enseñanzas que contribuirán a realizar una nación en términos modernos. Se analizarán algunos de los principales autores sociales y políticos unionistas, Salvador Mendieta Cascante como líder indiscutido del movimiento, y otros de menor proyección internacional, como Joaquín Rodas, ambos de trayectoria heliosófica, y se contrastará su itinerario con el de Clemente Marroquín Rojas, con un itinerario también unionista pero más funcional. Los espacios de sociabilidad, los fragmentos de red que construyen los unionistas quedan reflejados en numerosos proyectos comunes de construcción de la Patria Grande centroamericana, sobre las bases reformadas y regeneradas de Valle. La importancia de tolerar la diversidad frente a la pretensión homogeneizadora liberal, hizo del unionismo un proyecto de enorme atracción para los grupos tradicionalmente discriminados por etnia y género.
En el cuarto capítulo, “El debate del indio y la nación en la opinión pública guatemalteca y la propuesta del espiritualismo nacionalista en los debates de 1929”, Marta Casaús profundiza un poco más en la influencia que las corrientes espiritualistas tuvieron en los diarios, periódicos y semanarios de Centroamérica durante la década de 1920, analizando especialmente la figura de Alberto Masferrer y el enorme impacto de este autor en Guatemala y en los intelectuales de la generación de 1910 y 1920. Casaús se centra en un interesante concurso en Nuestro Diario (1929), en Guatemala, que plantea: “El problema del indio” y de cómo incorporar a los indígenas a la nación. Los dos autores que ganan el concurso, Miguel Angel Asturias Morales y José Samayoa, propugnan por un espiritualismo nacionalista muy influidos por el pensamiento de su maestro, Alberto Masferrer.
En el quinto capítulo, “La generación del 20 en Guatemala y sus imaginarios de nación”, Casaús analiza la red de intelectuales que se configuró con la Generación de 1920, tratando de analizar los estrechos vínculos existentes entre algunos de ellos y analizando aquellos autores que desde el positivismo racialista de corte spenceriano, abogaron por una solución eugenésica o de exterminio de los indígenas y elaboraron una propuesta de blanqueamiento de la nación y de mejora de la raza por la vía de la eugenesia. Esta corriente de pensamiento, muy poco estudiada hasta el momento, es muy perceptible en otro interesante debate en la prensa nacional, El Imparcial (1937), acerca de: “La naturaleza del indio”.
Lo interesante de estos dos debates que se producen con ocho años de diferencia, es el distinto abordaje teórico y filosófico de ambos discursos y la diferente manera de integrar, incorporar o excluir a los indígenas a la nación. En el primer caso, el del espiritualismo nacionalista, con una propuesta innovadora de incorporarlo plenamente a la ciudadanía con derecho al voto, dotación de tierras y respeto a su cultura; y el segundo con una propuesta de invisibilización, de mejora de la raza o incluso de exterminio de la población indígena.
Agradecimientos
El presente libro es el resultado del proyecto dirigido por Marta E. Casaús como investigadora principal y titulado “Las redes intelectuales y la proyección del hispanismo y el regeneracionismo en América Latina”, financiado por el Ministerio de Ciencia y Tecnología de España (Ref. BHA-2001-0683). Teresa García Giráldez figura en el mismo como uno de los miembros del equipo en calidad de investigadora-doctora. Agradecemos el apoyo del Ministerio de Ciencia y Tecnología y al conjunto de los miembros que componen el equipo de investigación, entre los que destacan los y las profesores/as e investigadores/as: Artemis Torres y Regina Fuentes de la Universidad de San Carlos Guatemala, Ricardo Melgar Bao, del Instituto de Historia y Antropología de México, y Patricia Arroyo Calderón como becaria de investigación de la UAM, que han hecho posibles los resultados que hoy presentamos.
Queremos agradecer de una forma muy especial a lo largo de esta investigación, el trabajo, la dedicación y el entusiasmo de Regina Fuentes; a Patricia Arroyo Calderón, la capacidad intelectual y sus aportaciones creativas en las numerosas sesiones de discusión del proyecto. A Eduardo Devés Valdés, que ha ampliado nuestro enfoque interdisciplinar al campo de la filosofía latinoamericana, para poder interpretar el análisis del discurso de las elites intelectuales centroamericanas; a Ricardo Melgar Bao por su gran sabiduría, generosidad y por lo mucho que hemos aprendido con él a lo largo de estos años; y a Mónica Quijada, Jesús Bustamante, Manuel Pérez Ledesma e Ignacio Atienza, por sus consejos, críticas y por una amistad que ha ido creciendo con los años.
 
1. Charles Christophe, Naissance des “intellectuels”: 1880-1900, Paris: Les editions de Minuit, 1990; Alvin Gouldner, La formación de los intelectuales y el ascenso de una nueva clase, Madrid: Alianza, 1980.
2. José Antonio González Alcantud y Antonio Robles Egea (ed.), Intelectuales y Ciencias sociales en la crisis de fin de siglo, Granada: Anthropos, Diputación de Granada, 2000. José Luis Abellán, “La hispanidad, España e Hispanoamérica”, en Ramón Menéndez Pidal, Historia de España, tomo XXXIX, La edad de plata de la cultura española, Madrid: Espasa Calpe, 1993. Del mismo autor, Historia crítica del pensamiento español. Tomo V (I) La crisis contemporánea (1875-1936), Madrid: Espasa Calpe, S.A., 1989. Juan Pablo Fusi, Un siglo de España, La cultura, Madrid: Marcial Pons, 1999.
3. Véase la importancia de los discursos de Anatole France y Henri Barbusse a los jóvenes intelectuales de América haciendo un llamado para que funden movimientos en pro de la paz y revistas como Clarté por todo el continente (“Mensaje a los estudiantes y a la juventud latinoamericana”, Studium, marzo–abril 1921).
4. Félix Ortega, Intelectuales y modernidad, en torno al 98, en José Antonio González Alcantud y Antonio Robles Egea, Intelectuales y ciencias sociales en la crisis de fin de siglo, Granada: Anthropos, Diputación de Granada, 2000, pp. 45-46.
5. José María de Labra en un editorial titulado: “La opinión Pública”, del Repertorio Salvadoreño, 1 de mayo de 1906, afirmaba: “La opinión pública es la disposición moral e intelectual de un pueblo y de sus intelectuales para juzgar a personas y cosas que afectan a la vida social [...] el valor de esa fuerza moral descansa en el compromiso que impone a los ciudadanos el considerar como asuntos de gran interés, lo que generalmente se llama ‘cosa pública’”.
6. Christophe, Naissance..., p. 45.
7. A pesar de que Miller considere que la influencia de estos intelectuales no fue tan importante en la formación de las naciones, véase Nicola Miller, In the Shadow of the State. Intellectuals and the Quest for National Identity in Twentieth- Century Spanish America, Londres: Verso, 1999. Nosotros coincidimos con Plotkin y González Leandri en el papel esencial que jugaron estos intelectuales en la construcción de los Estados Nacionales (Mariano Plotkin y Ricardo González Leandri, Localismo y globalización: Aportes para una historia de los intelectuales en Iberoamérica, Madrid: CSIC, 2000).
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MARTÍ Y LA TEOSOFÍA TOMADO DE WIKIPEDIA

Teosofía

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La teosofía (del griego θεός, dios, y σοφία, sabiduría) es una doctrina esotérica, cuyo movimiento es el teosofismo, que sostiene que todas las religiones constituyen intentos del hombre de acercarse a lo divino y que, en consecuencia, cada religión posee una porción de la verdad universal, es decir, que todas ellas abordan los mismos hechos, aunque cada una utilice un prisma cultural e histórico propio.
Para sus promotores, la teosofía es el estudio comparado de religiones, filosofías y ciencias, buscando lo que haya en ellas de Sabiduría Divina. El movimiento teosófico moderno fue impulsado por Helena Blavatsky que junto con Henry Steel Olcott, William Quan Judge, y otros, fundó la la Sociedad Teosófica en Nueva York en 1875. Constituye un movimiento de origen cristiano y esotérico, occidental, influido por el budismo y directamente relacionado con los movimientos espiritistas de finales del siglo XIX y las diversas sectas gnósticas y rosacruces. La influencia de la teosofía es claramente visible en buena parte de los movimientos englobados en la Nueva Era, como por ejemplo la metafísica cristiana de Conny Méndez y demás corrientes relacionadas con las doctrinas orientalistas sobre maestros ascendidos.
Una definición más formal del Concise Oxford Dictionary la describe como:
Una de las varias filosofías que profesan alcanzar el conocimiento de Dios a través del éxtasis espiritual, intuición directa, o relaciones individuales especiales, en particular un movimiento moderno que sigue las enseñanzas hindúes y budistas y que busca la fraternidad universal.

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[editar] Fundamentos

El cuerpo fundamental de la teosofía es la obra de H.P.Blavatsky La doctrina secreta, de extensión considerable. Consta de un texto presuntamente revelado: Las Estancias de Dzyan, y un comentario minucioso al mismo, en el que la autora va aportando material comparativo de fuentes religiosas varias (bíblicas, mesopotámicas, orientales, etc.).
En 1983 el tibetólogo David Reigle relacionó a las Estancias de Dzyan con los secretos libros de Kiu-Te que en la actualidad han sido "positivamente identificados" y que los estudiosos de fines del siglo XIX también atribuían a la imaginación de Helena Blavatsky. (The Books of Kiu-te, Wizards Bookshelf, 1983)
A diferencia de otros movimientos catalogados de forma similar, las obras de Blavatsky no tienen un corpus rígido, sino que se presentan como la síntesis final y evolución lógica de cuantos movimientos religiosos y ocultistas han existido a lo largo de la historia. Su pretensión es explicar la evolución cósmica, planetaria y humana, fundiendo en un todo armonioso la religión, ciencia y mitología.
Los seguidores de la teosofía mantienen que hay un cuerpo de verdad que constituye la base de todas las religiones. La teosofía, afirman, representa una visión moderna del Sanatana Dharma, "la Eterna Verdad", como la correcta religión del hombre. La Teosofía Cristiana es un término usado para designar el conocimiento de Dios y de Jesús obtenido a través de la intuición directa de la esencia Divina.

[editar] Simbología

Los cinco símbolos más destacados en el sello de la Sociedad Teosófica son:

[editar] La teosofía en España

La Teosofía apareció en España a fines del siglo XIX de la mano de Francisco Montoliú y José Xifré, quienes tradujeron varias de sus obras, difundiéndolas a través de las publicaciones Sophia y El Loto Blanco. El movimiento teosófico ibérico tuvo su centro operativo en la ciudad de Barcelona, con el apoyo de la editorial de Ramón Maynadé, teósofo convencido, que contaba con el apoyo del traductor Federico Climent Terrer.
Posteriormente, H.P. Blavatsky tuvo en España, un difusor infatigable, el "teósofo y ateneísta" Mario Roso de Luna. Hay referencias a la teosofía en varias obras de Valle-Inclán, como Claves líricas, La lámpara maravillosa y Luces de bohemia. En ellas se puede apreciar cómo la actitud del autor evoluciona de un interés inicial sincero a una descarada burla de sus ilusiones juveniles.

[editar] La teosofía en México

La Teosofía en México apareció en el año de 1906 y se conformó un centro de estudios, culminando con la fundación de la Logia Aura, siendo esta la Logia madre y veterana de la Sección Mexicana, se dependía de la Sección Cubana. Transcurrían los años de 1908 y 1909, años en los que vino a México un teosófo eminente cuya actitud y labor extraordinarias contribuyeron mucho al conocimiento y difusión de la teosofía en nuestro país; fue don Emilio Calvariac, francés de origen y acaudalado hombre de negocios que por tener importantes intereses en México, viajaba constantemente. Era una persona sumamente sencilla y culta que se había educado e instruido en las mejores escuelas y universidades de su patria, y era además muy versado en teosofía. Le distinguía un marcado espíritu de servicio; cada vez que llegaba procedente de su país traía consigo un voluminoso bagaje de libros sobre literatura teosófica que distribuía gratuitamente a las personas que entraban en contacto con él, fueran conocidas o extrañas.
La llamada Decena Trágica iniciada el 9 de febrero de 1913, hizo que muchos de los habitantes de la Ciudad de México permanecieran dentro de sus hogares hasta principios de 1914. Al no poderse seguir reuniendo, algunos de los teósofos, se trasladaron al puerto de Veracruz en 1915, encontrándose ahí con personas que se reunían a estudiar y comentar sobre teosófia, por tal motivo la Logia Aura fue trasladada a dicho puerto con el beneplácito de las personas que ahí se reunían; contando con numerosos miembros se procedió a formar otra logia, llevando el nombre de Apolonio de Tiana. Una vez cumplidos los requisitos correpondientes se procedió a remitir toda la documentación a la Secretaría General de la Sección Cubana de la cual dependían las ramas de nuestro país. Así quedó constituida dicha rama en el año de 1915.
Habiéndose restaurado la calma en la Ciudad de México, los miembros que habían emigrado al puerto de Veracruz, regresan a su ciudad natal y a reintegrarse a la rama Aura. Con el tiempo se fundan las ramas Mercurio y Teocitlali. En ese periódo se constituyeron en Mérida (Yucatán) las ramas Mayab y Zamná. En la ciudad de México siendo muy numerosa la concurrencia a conferencias que disertaban personas cultas y talentosas, se forma la rama Sirio. Contando ya con siete ramas, que es el número requerido para solicitar patente constitutiva de la Sección, miembros relevantes y arduos trabajadores, procedieron a realizar las gestiones respectivas para cumplir con todas las formalidades y trámites reglamentarios; todo esto por conducto de la Sección Cubana, y una vez obtenida la venia de la Sede Mundial de la Sociedad Teosófica en Adyar, India (ahora Chennai), el 12 de noviembre de 1919 se declaró constituida la “Sección Mexicana de la Sociedad Teosófica”, siendo su primer Secretario General el licenciado Agustín Garza Galindo, respaldado por un grupo entusista y desinteresado de servidores. Así continuaron surgiendo ramas en diferentes partes del país. Se establecieron relaciones cordiales y fraternas tanto con la sede internacional como con las ramas del país. Más tarde el señor Adolfo de la Peña Gil, se hace cargo de la Secretaría General, efectuando una ardua labor no menor que los anteriores miembros habían llevado a cabo. En el lapso de 1920 a 1950, se contó con las honrosas visitas de personalidades prominentes como los señores C. Jinarajadasa, Jiddu Krishnamurti, Sri Ram, John Coats y la actual presidenta Inernacional, señora Radha Burnier.
El 22 de mayo del año de 1953 queda constituida en la ciudad de Puebla la rama Alfa, siendo sus fundadores el general Rafael Cancino Palacios, Refugio Zamora de Cancino, Antonieta Fortul de García, Domingo García, Aurelio Samaniego, Ramón Pujol, Jorge Murad, doctor Felipe Murad y Murad, siendo éste último, la única persona que actualmente vive y que funge como miembro vitalicio. Aunados a la rama Alfa, ha surgido la rama Helena Petrovna Blavatsky. Se ha contado con el apoyo de los dirigentes de la Casa de Cultura en Puebla a través de 20 años para la exposición de temas relacionados tanto en el aspecto científico, filosófico y religioso.
La sede nacional de la Sociedad Teosófica en México se encuentra en la ciudad de México y recientemente acaban de abrir su portal oficial. (2009)

[editar] La Teosofía en Latinoamérica

En Centroamérica y Sudamérica, el movimiento teosófico vivió una época de esplendor en la primera mitad del siglo XX, donde diversos intelectuales y artistas se identificaron con las enseñanzas de Helena Blavatsky. Las principales personalidades influidas por las doctrina de la Teosofía en América fueron: Leopoldo Lugones, Augusto Sandino, Joaquín Torres García, Rubén Darío, Gabriela Mistral, José Ingenieros, José Martí, Amado Nervo, Alberto Masferrer, Salarrué, entre otros.

[editar] Detractores

El movimiento de Blavatsky tuvo un firme detractor en el tradicionalista René Guénon, quien dedicó al mismo una obra monográfica: El Teosofismo, historia de una pseudoreligión (1921).
A finales del siglo pasado, Peter Washington abordó el teosofismo desde una óptica desmitificadora en su libro El mandril de Madame Blavatsky (1995).
No obstante, algunas de las fuentes acusatorias de Washington como el informe Hodgson de la SPR (1885) fueron refutadas por la misma institución que las formuló a fines del siglo XIX, la Sociedad para las Investigaciones Psíquicas (SPR). En 1986 el investigador de la SPR Vernon Harrison publicó una investigación titulada "H.P. Blavatsky y la SPR: Un examen del informe de Hodgson de 1885", donde analizaba las incongruencias y la falta de seriedad del estudio de Hodgson publicado un siglo antes. A raíz de esto, la SPR se retractó publicamente del informe de 1885.
Por otra parte, a la teosofía frecuentemente se la acusa con la falacia del punto medio. Es más, se podría decir que el hecho de que "todas las religiones" persiguen ideales místicos puede deberse simplemete a que la naturaleza del hombre es de darle una explicación mágica a lo que no conoce.

[editar] Bibliografía

La obra de Blavatsky puede consultarse on-line, en la Biblioteca Upasika (castellano) o bien en el idioma original en la Sociedad Teosófica de Pasadena.

[editar] Enlaces externos

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